El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO. CORAZONES ROTOS.

HORI.

Nunca olvidaría esa tarde. La calidez del viento. El rojo y el naranja mezclándose en el cielo e iluminando el rostro pálido de Julia. La forma en que su cabello caía sobre una de sus mejillas y la tranquilidad que emanaba, como si solo estuviese tomando una siesta en compañía de todos nosotros.

Mi llanto era lo único que se escuchaba. Todos los demás sufrían en silencio.

No podía dejar de preguntarme una y otra vez la razón por la que aquello había pasado y, aunque sabía la respuesta, seguía pensando que era injusto. Sentía como si de alguna forma el universo me estuviera recordando que no tenía derecho a estar cómodo. Que había hecho mal en creer que estaríamos a salvo ahí y que todos seríamos felices para siempre como si de un estúpido cuento de hadas se tratara.

Solo podía sentirme responsable por no haber previsto algo así, incluso cuando sabía que no había forma. Siempre solía culparme por todo, y esa vez no fue diferente.

Mi cabeza repetía de forma constante los últimos momentos que había pasado con Julia, como esperando que, cambiando algo en mis pensamientos, reviviera, pero eran solo ilusiones. A partir de ese momento, todo lo relacionado con ella sería así.

Después de un rato, el padre de Reno finalmente salió. Probablemente pensó que ya nos habían dado el espacio suficiente y que era momento de enfrentar la realidad.

El rostro del señor Lars parecía cansado e igual de triste que el de todos los demás. Nos dijo que era mejor que entráramos, aunque al final Reno y Ukko se terminaron quedando para poder ayudarlo. Sepultarían a Julia y todos éramos conscientes de que Iván no quería ser parte de eso. Incluso si su rostro era tan inexpresivo como siempre, era evidente que estaba destrozado. Él no era la clase de persona que gritara o llorara de forma alterada, pero aun así verlo en ese estado era igual a que alguien me enterrara un cuchillo desde la garganta y lentamente lo bajara hasta llegar a mi estómago. Mi pecho ardía al ser testigo de su sufrimiento y me sentía tan furioso conmigo mismo por no tener palabras de consuelo. Por llorar y querer que fuese quien me abrazara porque yo era tan débil incluso cuando él era quien me necesitaba.

Me sentía patético y egoísta, como si al final todo tuviera que tratarse de mí.

Cuando entramos a la casa, los mellizos dormían en los sillones, la señora Beca estaba sentada a su lado y mi madre le acercaba una taza de té.

—Les traeré un poco —dijo al vernos, dirigiéndose nuevamente hacia la cocina y tomando dos tazas más. Sin embargo, Iván comenzó a subir las escaleras. Su cuerpo parecía rígido y su mirada no dejaba de estar vacía.

—Lo siento, iré a bañarme —soltó únicamente y siguió caminando.

Volteé hacia mi madre con la mirada llena de pánico.

—¿Qué se supone que debo hacer o decirle? —cuestioné acercándome a ella—. Soy tan estúpido e inmaduro que no tengo idea de cómo hacer esto... Yo debería consolarlo, hacerle saber que estoy ahí, pero mírame, solo puedo llorar —dije mientras la abrazaba y ella acarició mi espalda.

—No eres estúpido, hijo —respondió mi madre con rapidez—. Lo que está ocurriendo es algo tan difícil que a veces no hay palabras para aliviar un dolor así.—tras unos segundos se separó de mí—. Tal vez solo debas ser honesto y decirle justo eso, que estás ahí para él y escucharlo cuando esté listo para hablar.

Asentí y me limpié el rostro con la mano. Los ojos y las mejillas me ardían, y tenía la sensación de que algo muy pesado se aferraba a mis hombros como si intentara hundirme en el suelo.

—Yo no quería que nada de esto pasara —dije con tristeza.

—Lo sé, hijo —respondió y me acarició el hombro.—Nadie lo quería.

—Subiré, no quiero dejarlo solo —dije y comencé a caminar hacia las escaleras.

—Eso sería lo mejor —respondió mi madre, sin ocultar su propio malestar.

Cuando llegué al segundo piso, el ruido del agua ya se escuchaba desde el baño. No sabía si debía tocar y preguntarle si estaba bien o solo esperar.

Me sentía asustado. Además, aunque intentaba ahuyentar con todas mis fuerzas el hecho de que ya no vería nunca más a Julia, su rostro y todos nuestros momentos juntos aparecían en mi mente. Aquella sería la primera noche sin ella y me atemorizaba que ese día se acabara porque, cuando el sol saliera nuevamente y ya no la viera sonreír desde la cocina y saludarme con alegría o dibujar en el refugio, sería dar por hecho su muerte y yo no queria aceptarlo.

Desvié la mirada cuando escuché a alguien subir. Reno caminó en mi dirección y, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, nos dimos un fuerte abrazo.

Aquel gesto significaba muchas cosas. No solo una forma de intentar consolarnos, sino también de reafirmar lo mucho que nos seguíamos necesitando. Reno siempre lograba darme fuerzas cuando más me hacía falta y se encargaba de llenar todos esos huecos en mi interior.

—¿Iván está en el baño? —cuestionó y asentí.

Miré el rostro de Reno. Ella siempre lucía tan fuerte y feliz que ver su expresión de desánimo me hizo sentir aún peor.

Por primera vez desde que llegamos, Reno dormiría sin Julia. Se habían hecho tan cercanas siendo compañeras de habitación que ni siquiera quería imaginar lo que mi amiga sentiría cuando cayera en cuenta de que sus largas noches de conversaciones y risas se habían esfumado.

—Puedo dormir contigo si quieres —sugerí, esperando de alguna forma ser capaz de dividirme para poder estar con todas las personas que me importaban. No obstante, Reno negó.

—Tienes que estar con Iván, él te necesita —respondió—. Tú sabes que pienso que en realidad no importa el tiempo de conocer a alguien para decidir quién sufre más cuando algo así sucede, pero sé que en esta ocasión en verdad es él quien necesita más tu apoyo... Julia y él estuvieron juntos desde bebés, y ni siquiera quiero pensar en lo que está sintiendo. —Reno guardó silencio unos segundos y después me miró—. Si algo así te ocurriera a ti, mi vida simplemente terminaría ese día.




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