UKKO.
La sensación que recorría mi cuerpo en ese instante era peor de lo que hubiese imaginado y solo reafirmaba el hecho de que jamás hubiera podido hacer lo mismo con mi madre.
Era consciente de que el infectado había sido quien provocó la muerte de Julia, pero también de que parte de la culpa recaía en mí. Incluso si nadie lo pensaba o lo decía, era algo con lo que cargaría por el resto de mis días.
Quería tirarme al suelo y encogerme hasta desaparecer. Solo podía pensar en mi madre y hermana y en lo mucho que necesitaba que me abrazaran. Antes bastaba con escuchar la risa de Cora para sentirme mejor, pero en ese momento solo podía permanecer quieto en el sillón mientras me esforzaba por sostener la taza de té a la que ni siquiera le había dado un sorbo y que seguramente ya se encontraba fría.
Tenía hambre, pero no de una forma normal, sino más bien como si necesitara que algo llenara el agujero en mi pecho que solo parecía hacerse más hondo con cada segundo que transcurría. Estaba asustado. No podía dejar de sentir la daga en mis manos incluso cuando ya no la sostenía y de escuchar el quejido de Julia en sus últimos momentos.
Me miré las manos; ya no tenían sangre, pero aún quería pararme y lavármelas hasta que el recuerdo del líquido caliente deslizándose por mis dedos desapareciera. Quería salir de mi propio cuerpo, porque ser yo en ese momento me estaba pareciendo demasiado insoportable.
Era cruel que, incluso habiendo perdido con anterioridad a mi familia, la muerte de Julia me causara el mismo dolor. Había pensado que de alguna forma sería más fuerte para asumir otro suceso así, pero me había equivocado. Nadie nunca podría acostumbrarse a ver morir a las personas que amaba.
Julia había sido mi amiga por menos de dos meses, pero la apreciaba, porque al igual que Iván, Reno y hasta Hori, me había incluido en su grupo, incluso después de todo por lo que habíamos pasado. Y al estar con ellos no me sentía forzado o anormal. De verdad creía que nos entendíamos, pero ya había perdido a uno de ellos y sabía que jamás podría recuperarme por completo de eso.
Desvié la mirada al notar que los hermanos de Reno comenzaban a despertarse. Cuando los veía, no podía evitar pensar en Cora y me asustaba mucho que ellos pudieran tener un destino como el de ella, así que entendía por qué Julia había preferido anteponer su vida para salvar la de Riley.
Apenas se incorporó, la menor comenzó a llorar nuevamente. Solo pude desear hacer lo mismo. Expresar abiertamente todo lo que sentía en mi interior.
Reno caminó hasta ellos e intentó consolarlos. Les dijo un par de cosas, pero no fui capaz de prestar atención, pues mi cabeza parecía querer enfocarse solo en las cosas más tristes y traumáticas que me habían pasado en la vida.
Reno era tan fuerte. Era la más fuerte de todos nosotros, pero sabía que por dentro también estaba desmoronándose. Sufriendo tanto como los demás. Aunque ni siquiera así dejaba de poner primero los sentimientos del resto.
Después de un rato, los niños ya se encontraban más tranquilos, comiendo un sándwich y bebiendo leche. Miré a mi alrededor, pero Reno ya no estaba en la sala.
—Creo que fue a bañarse —dijo Renly observándome.
—Entiendo —asentí.
—Ella está muy triste. —Riley se unió a la conversación y no pudo evitar hacer un puchero.
—Lo sé —respondí. —¿Puedo pedirles algo? —cuestioné y ambos chicos me miraron con atención—. ¿Podrían dormir con ella esta noche? —pedí—, quizás así se sienta un poco mejor.
No queria que Reno estuviera sola en un momento como ese. Ella necesitaba que alguien la consolara, pero yo no era el más indicado. Ni siquiera sabía lidiar con mis propias emociones.
—Sí —dijo Renly únicamente y desvió la mirada para continuar comiendo.
—Sí, no quiero que ella esté triste —añadió Riley y asentí mientras me ponía de pie.
—Gracias —dije y salí nuevamente al patio trasero para fumar un cigarrillo.
Dudaba mucho poder conciliar el sueño esa noche y estaba seguro de que, donde fuese que estuviera, los recuerdos conseguirían atormentarme.
No supe cuánto tiempo pasó, pero el frío de esa noche se intensificó más de lo normal y, al final, la cajetilla de mis cigarrillos quedó vacía.
La puerta trasera volvió a abrirse y la madre de Hori se acercó a mí. Ni siquiera pude controlarme. De repente, el Ukko débil y pequeño que necesitaba de otros resurgió y dejé que me abrazara.
Lloré hasta que mis ojos estuvieron secos y después entramos nuevamente a la sala. Los padres de Reno también estaban ahí y me hicieron compañía hasta que finalmente me quedé dormido en el sillón. Lo último que vi fue que el sol estaba a punto de salir.