IVÁN.
Cuando tenía 17 años, mi abuela paterna murió por una enfermedad en el hígado. Aunque era casi igual de estricta y exigente que mi padre, a ella no le importaba su imagen o lo que otros opinaran de su personalidad.
Amaba los eventos excéntricos. Casi siempre asistía a fiestas, le gustaba cualquier clase de bebida alcohólica y fumaba puros de forma constante. (cosa que mi padre encontraba aberrante)
Llevaba todo el tiempo un llamativo abrigo negro de plumas y el cabello teñido de rubio platinado y atado en un chongo.
Antes de mi padre, mi abuela Anne era la directora del grupo Velasco. Ella había sido la mente maestra detrás de toda la fortuna de la familia.
Pocas veces mis padres me permitían pasar tiempo con ella, pero yo atesoraba cada una de esas ocasiones, incluso cuando mi padre me repetía que su madre era un terrible ejemplo para mí.
Mi abuela Anne siempre solía preguntarme por mi estado de ánimo. A veces incluso bromeaba conmigo como si supiera que en mi casa tenía prohibido reír.
En una ocasión me llevó al cine y me compró las palomitas más grandes que había. Aunque al final solo pude comer un par, pues estaba demasiado absorto en la pantalla frente a mí como para reparar en la comida. La película estaba en francés y para entonces aún había bastantes palabras que no entendía. La historia era sobre dos chicos que mantenían un romance en secreto, pues sabían que la sociedad se escandalizaría de hacerlo público. Realmente no había muchos adolescentes en la sala; la mayoría eran mujeres adultas, pero era mi primera vez en un lugar como ese, así que para mí fue una experiencia inolvidable.
Ese día mi padre discutió demasiado con la abuela, pues dijo que solo conseguiría llenar mi cabeza de tonterías. Sin embargo, a ella le dio igual y en el fondo yo me sentí feliz por eso.
Aunque mis padres me habían inscrito a cientos de clases. Solo mi abuela y Sam iban a los eventos en los que solía participar y esa era otra de las razones por las cuales la queria demasiado.
Solo un par de semanas antes de que ella muriera me invitó a su estudio, donde aún solía diseñar varias prendas. Aunque tenía a gente importante trabajando para ella, hacer ropa siempre había sido su pasión. Esa tarde tomó mis medidas y unos días después me entregó un largo abrigo negro. Era elegante y cálido, y sabía que había sido diseñado exclusivamente para mí, así que se volvió mi favorito. Sobre todo después de que ella se fuera, porque era una manera de sentir que aún estaba conmigo.
En el momento en que nos dieron la noticia de su fallecimiento, me encontraba con mi padre en uno de nuestros repasos.
—Entiendo —dijo únicamente cuando Sam terminó de informarle lo de mi abuela. Le hizo un gesto con la mano para que se retirara y nos quedamos en silencio.
Yo volteé a mirarlo y después intenté acercarme a él para abrazarlo.
—¿Qué estás haciendo? —cuestionó con seriedad, completamente rígido ante mi tacto.
—Lo siento, papá —dije con voz temblorosa. Sentía como las lágrimas se acumulaban en mis ojos y pensaba que si yo tenía el corazón roto, él debía sentirse mucho peor. —Lamento mucho lo de la abuela.
—No hay nada más que podamos hacer, es parte de la vida —dijo y se separó de mí, mirándome como si le hubiese hecho una gran ofensa.
Mi madre entró en ese momento. Aunque su expresión parecía angustiada, mantuvo su distancia y enfocó su atención en mi padre.
—Piero —dijo mi madre mirando el rostro serio de mi padre. A simple vista no había señal alguna de que aquello estuviera afectándolo, pero al estudiarlo con más detenimiento pude notar lo rojo que sus ojos se estaban poniendo.
—Tenemos mucho que hacer —respondió mi padre y finalmente se acercó a mi madre—. Ve a tu cuarto, Iván —ordenó—. Te quiero listo para el funeral. Habrá mucha gente, así que no quiero verte por ahí llorando. Eres un Velasco, somos firmes y sabemos lidiar con situaciones como estas —añadió y abandonaron la habitación.
Aquel día tuve que aguantar las ganas de dejar al descubierto todo lo que sentía o pensaba. La gente se acercaba a mí para decirme lo mucho que lo lamentaban y yo solo podía agradecerles. Para cuando todos se fueron y Julia finalmente logró aproximarse y tomarme la mano, solo pude sonreírle, intentando reprimir mi dolor. Tenía una bola de sentimientos atorados en la garganta, pero mi cabeza se había repetido tantas veces que no debía llorar, que al final realmente no pude hacerlo.
(...)
Sabía que si mi padre me viese en ese momento, su mirada estaría cargada de decepción y enojo. No estaba siendo firme ni tampoco estaba sabiendo lidiar con la situación, y probablemente me diría lo que yo ya estaba pensando.
“Que había sido mi culpa” y “que eran mis consecuencias por haberlo desafiado”.
Yo no había detenido a Julia. No la había convencido de quedarse en el refugio junto a su familia, donde estaría a salvo.
No la había protegido. Tardé demasiado en reaccionar, incluso cuando solo estaba a unos metros de ella.
Mi padre tenía razón. Todo estaba mal conmigo, y no solo él. Alex dijo que si seguía aferrado a mis pensamientos, no lograría proteger a Julia y eso había sucedido.
Todos lo sabían. En el fondo yo lo sabía, y solo podía odiarme por eso. Solo podía pensar en por qué había sido ella y no yo. ¿Por qué Julia, quien tenía tantos deseos? Quien amaba tanto y quería tanto, que solo bastaba con que sonriera para hacer sentir bien a otros.
Ya jamás la vería. Nunca escucharía de nuevo su voz.
Lo peor era que su familia ni siquiera se enteraría. Al menos no con rapidez. Quizás había hombres buscándonos, pero conocía a sus padres y sabía que ellos pensarían que, mientras estuviera conmigo, se encontraría a salvo. Confiaban demasiado en mí, así que para ellos su hija aún seguiría con vida. Aún seguiría sonriendo y dibujando.