HORI.
A partir de entonces, los días transcurrieron con una rapidez aterradora, como si el universo intentara hacer que olvidáramos nuestro dolor, pero eso solo suponía que Julia pasara a convertirse en un recuerdo, y yo no quería que alguien tan importante en nuestras vidas fuera solo historias.
Era difícil hablar de ella en pasado. Se sentía ofensivo decir su nombre sabiendo que ya no escucharíamos su voz. Sin embargo, en el fondo poco a poco comenzaba a ser consciente de que ya nada la traería de vuelta.
Las primeras semanas, Iván se volvió incluso aún más reservado. Seguía siendo tan formal y respetuoso como siempre, pero conversaba mucho menos. A diferencia de los demás, él ya no había vuelto a llorar. Aunque por momentos aún desviaba la mirada hacia los sitios donde la de cabello naranja solía estar, y le había pedido a Reno que guardara su abrigo negro y los lentes de Julia en un lugar que considerara seguro. Al igual que algunos de los dibujos que pudimos rescatar del refugio.
Sin embargo, tras más de un mes, todos tuvimos que esforzarnos por volver a nuestra rutina anterior, pues de alguna u otra forma, si queríamos sobrevivir, debíamos enfocarnos en conseguir provisiones. Aun así, nos habíamos vuelto más cautelosos y por esa razón los mellizos rara vez tenían permitido salir al patio, a menos que fuera para visitar la cruz que el señor Lars había hecho en honor a Julia. Aunque su cuerpo había sido enterrado cerca de la casa, en una zona con pasto verde y flores, suponía un peligro que los niños estuvieran en el exterior. También éramos más precavidos con las ventanas y puertas, y debíamos cargar en todo momento algún objeto para poder defendernos en caso de que fuera necesario.
La electricidad y la señal se convirtieron en cosas del pasado. Sabíamos que ya no regresarían. Al menos hasta que la infestación se acabara (si es que alguna vez lo hacía). Tampoco hubo noticia alguna de la situación por parte del gobierno o algún tipo de apoyo del ejército u otra institución. Lo más probable era que también estuvieran huyendo o que hubieran terminado como Barto, sucumbiendo ante su poder.
El mundo ya era otro. Las leyes ya no parecían aplicar y solo podíamos pensar en sobrevivir a toda costa.
Iván y yo pasábamos más tiempo juntos. A diferencia de lo que esperaba, era mucho más atento conmigo. Lo que no me molestaba, aunque seguía preocupándome que no hablara con nadie respecto a lo que sentía con todo lo que había sucedido.
(...)
Aquella tarde Iván y yo nos encontrábamos en la barra de la cocina, haciendo una lista de todo lo que hacía falta, pues al día siguiente iríamos a las bodegas y supermercados ubicados en la zona este del pueblo.
Habíamos tenido un gran debate sobre quiénes participaríamos en aquella expedición y, tras innumerables protestas por parte de todos, llegamos a la conclusión de que iríamos Reno, Ukko, Iván y yo. Claramente, los mayores se habían opuesto, sobre todo mi madre, pero al final cayeron en cuenta de que para ese punto, incluso estando en casa, podíamos terminar infectados. Además, Reno y Ukko habían estado practicando las últimas semanas con el señor Lars e Iván le había prometido a mi madre que me protegería en todo momento.
—Debemos agregar baterías —me recordó y asentí para después escribirlo en la pequeña libreta que tenía en mis manos.
—Tienes razón, las velas no son muy prácticas y las series consumen demasiadas —respondí, repasando nuevamente todo lo que llevaba anotado. No pude evitar encogerme y reírme al sentir cómo Iván pasaba dos de sus largos dedos sobre mi cabello.—¿Qué?—pregunté con curiosidad, mirando su rostro.
—Comienza a verse lo café —dijo aún observando mi cabeza.
—Pues claro, ¿no creías que tenía el cabello plateado, o sí? —cuestioné con diversión.
—Claro que no —respondió desviando sus ojos hasta mi rostro—, solo me preguntaba cómo era tu apariencia antes de teñirte el cabello.
—Como la de alguien aburrido y al que no verías dos veces —respondí sin pensar.
—No hay forma —negó él.
—¿De qué? —cuestioné jugando con el lapicero en mis manos.
—De que seas aburrido —explicó—. Estoy seguro de que yo te hubiera visto muchas veces, incluso si tuvieras el cabello verde —respondió y sonreí mientras levantaba ambas cejas.
—No, no es cierto —debatí—. Si los zombies no hubieran caído del cielo ese día y no nos hubiésemos cruzado en la heladería, dudo que nos conociéramos y, aunque ese fuere el caso, tú solo te escandalizarías al verme. Odiarías mi cabello verde —me reí, imaginando la situación.
—Claro que no —intentó defenderse, aunque en el fondo sabía que era cierto.
—Claro que sí —insistí—. Seguramente me hubieras mirado de arriba abajo con desaprobación.
—De acuerdo, puede que me escandalizara un poco por tu cabello verde y tus lindas orejas perforadas, pero también hubiese pensado "Qué chico tan atractivo" —dijo y no pude evitar reírme, pues el que siempre fuera tan serio al hablar por algún motivo me parecía tierno y gracioso.
—¿Al ver mis qué? —cuestioné divertido, ya que rara vez Iván usaba palabras como "lindo". El mayor solo entrecerró los ojos y desvió la mirada. Sabía que cuando hacía eso era porque se sentía avergonzado. Poco a poco aprendía a identificar sus gestos. —Además, no hubieses pensado que era atractivo.
—Lo pensé cuando te vi —respondió con rapidez—. Aquella vez en la heladería, sentí ganas de tocarte.
—Pervertido —lo interrumpí y volví a reírme.
—No de esa forma —se defendió con rapidez—. Quiero decir... no en ese momento.
—¿Pero ahora sí? —cuestioné para molestarlo y volvió a entrecerrar los ojos.
—Qué sinvergüenza eres, Hori —respondió, pero su expresión era relajada y sus ojos de repente reflejaron diversión—. Me refería a que quería tocarte porque me parecías irreal, incluso cuando me observabas como si quisieras golpearme.