El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CINCUENTA. EL TERROR DE LA VERDAD.

UKKO.

De nuevo estaba sucediendo. Otra vez el destino se empeñaba en arrebatarme a todos los que me importaban. Ver a Hori convertirse e intentar morder a Iván me hacía pensar que el infierno era real y que acababa de teletransportarme ahí en ese momento. Era una tortura tener que presenciar algo así, pues sabía lo mucho que los dos querían y, de alguna forma, perder a Hori solo podía significar el final de todos los demás. Desde que me había integrado al grupo, pude darme cuenta de que él era la pieza que hacía funcionar al resto.

—Hori —soltó Iván con esfuerzo, intentando alejar el rostro enfermizo del más bajo, quien parecía empeñado en morderlo.

—Voy a matarte —soltó Reno de repente, levantando la mano donde sostenía una navaja. Era la primera vez que su tono sonaba despiadado. —Voy a matarlos a ambos —dijo y llevó el arma hasta el cuello de la chica a la que sujetábamos.

—¡Espera, espera! —gritó el otro sujeto, cuando Reno acercó el filo a la garganta de la rubia y una línea de sangre quedó a la vista—. No lo hagas, por favor —soltó desesperado.

—Acabas de arrebatarme a mi mejor amigo, no hay manera de que les tenga piedad —respondió Reno con los ojos llorosos y apretó con más fuerza la empuñadura de su arma.

—¿Piedad? —cuestionó la otra sin moverse—. No seas ridícula; si vas a matarme, hazlo ahora. No sabes lo irritante que es escuchar tu parloteo.

—Lo voy a arreglar —insistió el sujeto al que Iván le había disparado—. Solo no la mates, por favor. Nosotros no planeábamos meternos con ustedes.

—Tommy, ni se te ocurra —soltó su hermana con advertencia.

Al principio creí que el tipo solo decía aquello ante la desesperación de la situación, pero cuando sacó una jeringa con un extraño líquido amarillo, casi fosforescente, me sobresalté.

—¿Qué demonios es eso? —cuestioné alterado.

—¡Carajo, Tommy! —soltó la rubia, desesperada, pero su hermano se levantó con gran velocidad y se acercó a Hori, quien estaba encima de Iván, para clavarle la inyección en la parte trasera del cuello.

El de cabello plateado se quedó inmóvil y casi al instante se desplomó.

—¿Qué hiciste? —soltó Reno dejando con brusquedad a la mujer y avanzando amenazadoramente hacia el hermano, mientras se descolgaba el arco en su espalda y alistaba una de sus flechas para dispararle. El del cubrebocas se encogió en su lugar, pero no dijo nada. —¿Qué acabas de inyectarle? —insistió Reno y lanzó la primera flecha, la cual quedó incrustada justo al lado de la cabeza del chico.

—Tommy, cierra tu estúpida boca —le advirtió la rubia.

Nadie logró emitir otra palabra, pues de repente el cuerpo de Hori comenzó a moverse. Estiró sus brazos y piernas de forma extraña.

—¿Qué era ese líquido? —preguntó Reno y disparó nuevamente. Esta vez el proyectil cayó entre las piernas del rubio. —La tercera flecha es la que perforará tu cabeza, así que más te vale responder —le avisó la del arco.

El chico volvió a quedarse en silencio y Reno llevó su brazo hacia atrás para tomar otra de las flechas y acomodarla. Se veía tan decidida que incluso daba miedo. Apuntó directo a la cabeza del chico y comenzó a jalar la cuerda.

—¡Alto! —pidió Tommy. —¡No dispares, por favor! —insistió, pero a Reno no pareció importarle, pues estaba por soltar el proyectil. Sin embargo, en ese momento Hori exhaló con desesperación y abrió los ojos de manera exagerada.

Comenzó a toser descontroladamente mientras intentaba incorporarse. Las venas negras en su rostro empezaron a desaparecer con lentitud. A excepción de los desconocidos, ninguno daba crédito a lo que veíamos. Los ojos de Hori volvieron a ser cafés y poco a poco su piel fue tomando más color.

Iván veía la escena con desconcierto. Tenía la boca ligeramente abierta, el ceño fruncido y sus ojos parecían llorosos. Por primera vez su expresión era clara.

Cuando Hori finalmente logró sentarse y respirar con normalidad, miró al del cubrebocas con una mezcla de miedo y enojo y le lanzó un fuerte puñetazo en el rostro, lo que provocó que la cabeza de este azotara con fuerza en el casillero y quedara inconsciente.

—¿Hori? —cuestionó Iván, esperanzado, y el más bajo se giró hacia él.

—Perdóname —habló Hori, acercándose para poder abrazarlo.

—Pensé que te había perdido —respondió el mayor cerrando los ojos y escondiendo su rostro en el cuello del más bajo.

Suspiré aliviado al ver que Hori había regresado a la normalidad, pero volví a enfocar mi atención en la chica a mi lado.

—¿Qué era eso? —Esta vez yo fui el que cuestionó, aunque ya tenía la sospecha de cuál sería su respuesta.

—No intenten amenazarme, prefiero morir antes que seguir escuchándolos —soltó la rubia, pero Reno apuntó hacia la cabeza del chico inconsciente.

—Ya lo sé —respondió la más alta con frialdad—. ¿Pero estás dispuesta a dejar que él muera?

—Haz lo que quieras —dijo la desconocida intentando sonar despreocupada. Sin embargo, cuando vio que Reno estaba por soltar la flecha, habló con rapidez: —¡Es la maldita cura! —exclamó con enojo y sentí un terrible frío recorrerme.

—La... la cura —repitió Iván, sin evitar tartamudear.

Sabía lo que todos suponían en ese momento y que, al igual que yo, temerían escuchar la respuesta a mi siguiente pregunta.

—¿Desde cuándo hay una cura? —cuestioné con enojo, sin poder evitar pensar en Julia y mi familia, y el terrible destino que, al igual que mucha otra gente, habían tenido.

La rubia me observó con detenimiento por unos instantes y después sonrió con cinismo.

—Desde hace casi dos años —admitió y sentí como si cada parte de mi cuerpo se congelara.

Lo que decía no tenía sentido. Los infectados habían caído del cielo hacía apenas 4 meses.

Miré el rostro de Reno y luego el de Iván. Todos pensábamos lo mismo.

"Julia pudo haberse salvado."

Yo la había asesinado.




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