El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO. DESEOS DE INFECTADOS / DESEOS DE HUMANOS.

HORI.

Aún podía sentir una fuerza extraña recorriendo mi cuerpo. Las ansias de sangre y el apetito insaciable. Había deseado de manera descontrolada probar la carne de Iván. Había querido devorarlo.

Antes creía que los infectados perdían la conciencia de alguna manera, pero estaba equivocado. Al ser mordido, el mundo cambiaba por completo. Todo se intensificaba. El olor de la sangre humana se volvía apetecible y el único pensamiento que rodaba por mi mente era el de saciar el hambre. Incluso sin siquiera probar un bocado, de alguna forma podía sentir la carne entre mis dientes. Podía percibir el calor de los cuerpos y escuchar el latido de sus corazones, y al mirar a las personas los colores desaparecían, todo se volvía de un rojo resplandeciente, y sentía que iba a enloquecer cada vez que se movían porque era como si mi único objetivo fuese cazarlas. Además, jamás me había sentido tan fuerte como en ese momento. Me daba la impresión de que podía destrozar cualquier cosa y de que era invencible.

Estaba asustado y lo único que me tranquilizaba en ese momento era estar entre los brazos de Iván. Todo en él era reconfortante y me hacía sentir especial. Sin embargo, al escuchar a aquella mujer decir no solo que la cura existía (lo que era obvio porque había regresado a la normalidad), sino que también había sido creada mucho antes de que la infección empezara, sentí que mi cuerpo se deshacía y la impresión hizo que mi corazón se acelerara.

—Mientes —solté esperando que aquello fuese una broma, pero ni siquiera tenía sentido pensarlo después de lo que había sucedido.

—Nunca me ha hecho falta mentir —respondió la rubia con la misma actitud burlona.

—¿Quién demonios son? —¿Por qué tenían algo así? —cuestionó Ukko mirando la jeringa vacía en el suelo.

—¿Qué les hace creer que voy a responder sus preguntas? —dijo la chica observando a Ukko como si fuese estúpido.

—Mira en qué posición estás —habló Reno—. Más te vale explicarnos por qué saben sobre la cura y cuál es la razón por la que lo han ocultado todo este tiempo.

—¿El oxígeno es menor aquí? O ¿por qué no parece llegar a tu cerebro? —respondió la rubia sin cambiar su expresión altanera—. Les dije que no les daré explicaciones, así que cierren su estúpida boca de una vez y atraviesen mi cabeza con una de las flechas antes de que muera de irritación.

Reno no pudo ocultar su molestia. Lo que era extraño, pues ella solía ser muy tolerante, pero la desconocida se mostraba desagradable.

—Somos parte de un grupo llamado OPCM —dijo el chico al que había noqueado, mientras intentaba incorporarse.

Uno de sus ojos comenzaba a hincharse, por lo que estaba casi cerrado. Soltó un quejido cuando volvió a recargarse contra el casillero y apretó con fuerza su brazo.

—Maldición, Tommy, sigo preguntándome por qué aún tienes lengua —soltó con enojo su hermana.

—¿OPCM? —cuestionó Iván—. ¿Qué significan las siglas?

—Sinceramente, preferiría que cada uno de ustedes muriera —habló la rubia—, pero les evitaré el sufrimiento y les advertiré que les conviene no seguir indagando sobre el tema —dijo y nos miró a todos mientras sonreía de forma aterradora—. Váyanse ya y continúen con su vida —añadió y me observó fijamente—; sobre todo tú, lo que ahora corre por tus venas no debía ser tuyo.

—¿Y de quién fue la culpa? —reclamé—. En primer lugar, ¿quién va por ahí atacando a cualquier persona que se cruza en su camino?

—Pensábamos que eran peligrosos —respondió Tommy—. Provocaron una explosión y luego se acercaron al lugar donde nos ocultábamos. Además, todos veían armados.

—¿Ves?, te dije que la maldita explosión nos traería problemas —me reclamó Ukko y, antes de que pudiera contestar, Iván habló.

—¿La OPCM es la causante de los infectados? —indagó, aunque ya parecía saber la respuesta.

—Sí —respondió el rubio—. Pero Zarina tiene razón, no deberíamos hablar de estas cosas en un lugar como este.

—Tommy, no me importa que seas mi hermano, voy a romperte el maldito cuello si sigues diciéndole todas esas cosas a unos desconocidos.

Zarina le lanzó una mirada aterradora y este se encogió.

—Zarina, estoy cansado y quizás ellos puedan ayudarnos...

—¡Con un demonio, Tommy! —gritó la rubia mientras se ponía de pie.

Su rapidez y su fuerza nos tomaron por sorpresa. Parecía estar por abalanzarse sobre su hermano, pero Ukko la golpeó en la nuca con su codo y esta vez fue ella quien quedó inconsciente.

—Eso fue lo mejor —soltó Tommy, quien más que molesto o asustado parecía aliviado—. Pero no bastará —añadió y llevó sus manos hasta el interior de su chamarra, de donde sacó otra jeringa con un líquido blanco.

—Carajo, ¿cuántas tienes? —cuestionó Ukko, pero nadie pudo intervenir y terminó por pincharle el brazo a su hermana.

—Solo es un sedante —explicó el del cubrebocas—. Zarina no es para nada cooperativa, y ese golpe tan débil solo la hubiese dejado tirada uno o dos minutos —dijo y le puso la tapa a la jeringa—. Ahora bien, necesito mucha comida, analgésicos para el dolor de mis heridas, un baño y un lugar cálido para dormir, que esté al menos a 3 kilómetros de aquí y entonces les diré todo lo que necesitan saber.

—¿Por qué te sientes con derecho de poner condiciones? —pregunté con enojo.

—¿Por qué tan a la defensiva? —cuestionó frunciendo el ceño.

—¡Porque me lanzaste un maldito zombie! —exclamé con obviedad.

—Pero lo arregle —respondió casi con inocencia y me reí con una mezcla de enojo e ironía.

Sabía que si no fuera porque comenzaba a sentirme muy cansado, me botaría sobre él para romperle la cara. Además, cuando desvié la mirada hacia Iván y vi su rostro, no pude evitar sorprenderme. Por primera vez observaba a alguien con enojo. Desde que lo conocía nunca lo había visto perder los estribos (a excepción de la primera vez que me besó), aunque eran situaciones muy diferentes.




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