El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS. VENDAS Y ROSA.

RENO.

—¿Y bien? —cuestionó mi padre una vez que mi madre y mis hermanos se alejaron.

—Este tipo dice que hay una organización tras la propagación de los zombies, y que él y su hermana eran miembros —expliqué y mi padre levantó las cejas con asombro—. Además, hay una cura —añadí.

—¿Quieres decir que alguien logró crear la cura en solo un par de meses? —cuestionó mi padre.

—En realidad —dudé por unos segundos—, en realidad la cura fue creada mucho antes de que todo esto empezara.

—¿Qué? —preguntó mi padre con incredulidad. —¿Cómo sabes que no lo están inventando? —dijo mirando a Tommy—. Pueden solo decir esas cosas para beneficiarse.

—No lo están inventando, al menos no la parte de la cura —respondí, recordando lo terrible que había sido ver a Hori convertido en un zombie y la forma en que aquella inyección lo había revertido.

—¿Cómo? —indagó mi padre con preocupación, pero mi atención se desvió hacia Zarina, quien comenzó a moverse.

Tommy se acercó al sillón donde su hermana estaba recostada y se hincó junto a ella para observarla de cerca.

La rubia se incorporó con brusquedad y después estiró uno de sus brazos para sujetar a Tommy por el cuello, haciendo que todos nos sobresaltáramos.

—Zarina, soy yo —habló el de cubrebocas con dificultad.

—Lo sé —respondió Zarina con seriedad, sin aligerar su agarre—. ¿Dónde estamos? —cuestionó, observando el lugar.

—En mi casa —respondí mirándola a los ojos.

Tommy seguía quejándose. Sin embargo, no parecía tener intenciones de defenderse.

—Asumo que él es tu padre —dijo Zarina desviando la atención hacia él. No me sorprendía que se hubiera dado cuenta, pues la mayoría siempre decía que era muy parecida a mi padre. —¿Usted es soldado o policía? —indagó.

—En realidad era maestro de física y daba algunas clases de arquería —aclaró mi padre.

—Eso explica algunas cosas —dijo la rubia y finalmente soltó a Tommy de manera brusca.

No pude evitar desviar la mirada hacia mi arco y tensarme, pues era consciente de que si Zarina decidía atacarnos, todos correríamos peligro y sería mi culpa por haber accedido a que ella y Tommy entraran a mi casa.

—Descuida —habló Zarina, parecía satisfecha ante mi reacción—. Ustedes firmaron su sentencia de muerte al relacionarse con nosotros, así que no le veo el caso a gastar mi energía en algo que eventualmente alguien más hará.

—¿Qué quieres decir con eso? —cuestionó mi padre con preocupación.

—Bueno, ya que insisten en saberlo, les explicaré todo, pero aprovecharé que ya accedieron a las peticiones de Tommy, así que comeré y tomaré un baño primero —respondió la chica y llevó una de sus manos hacia los bolsillos de su chamarra.

—Alto—dijo Ukko descolgándose la pistola que llevaba en la cadera y apuntándole a Zarina.

—Uno creería que los cerebros de avestruces solo los tienen las avestruces, pero tal parece que no —dijo ignorando la indicación de Ukko y sacando un objeto circular rosado—. No voy a matar a nadie, al menos no si bajas esa arma en los próximos 20 malditos segundos.

Me acerqué a Ukko y cuidadosamente bajé la pistola con la mano.

—Les dije que mi hermana no lastimaría a nadie una vez que estuviéramos en su casa —intervino Tommy.

—Eso no te incluye a ti —contestó la chica abriendo el objeto en sus manos. Que en realidad era el empaque de goma de mascar.

—Por cierto, no nos hemos presentado con usted. —Tommy ignoró la amenaza de Zarina y miró a mi padre—. Ella es mi hermana Zarina y yo soy Tommy.

—Lars Adkins —respondió mi padre con una mezcla de incomodidad y confusión.

—Aun así —intervine—, si quieren que confiemos en ustedes, tendrán que dejar todas las armas que traen encima —exigí.

Tommy se llevó la mano hacia uno de sus tobillos y sacó una daga de debajo de su pantalón y me la extendió.

—Ustedes se deshicieron de mi pistola y el francotirador se quedó en la tienda. Además, ya no tenía balas —explicó y después miró a su hermana.

—Su confianza no me interesa —dijo esta mientras hacía una bomba con su goma de mascar y después la tronaba de manera ruidosa—, pero estoy segura de que me harán un drama si me niego y sus voces solo me darán jaqueca —añadió y se abrió la chamarra para quitársela y aventarla sobre la mesa. En el interior había al menos 5 cuchillos de diferentes tamaños, dos dagas y una granada.

—Ten cuidado —me apresuré a decir.

—No hace falta el drama, es solo una aturdidora —respondió de forma burlona, mirando la granada. —Y por ahora no traigo armas de fuego —explicó.

Por extraño que fuera, sabía que ninguno mentía. Ambos eran demasiado peligrosos como para tener que recurrir a algo así.

La madre de Hori llegó hasta nosotros y comenzó a limpiar y curar las heridas de Tommy.

(...)

Cuando Hori e Iván finalmente bajaron, todos nos movimos hacia el comedor. Estábamos al tanto de que los hermanos no hablarían si no cumplíamos con sus condiciones.

Necesitaba que nos dijeran la verdad cuanto antes, pues la incertidumbre no me dejaba estar tranquila y tenía la impresión de que algo terrible se avecinaba.

Las sillas cada vez parecían ser más necesarias y el espacio en la mesa más reducido. En cuanto todos los platos estuvieron servidos, tomamos asiento. Sin embargo, antes de que alguien pudiera comer, Tommy se levantó de su silla.

—Lo pensé mejor y la verdad no quiero quitarme el cubrebocas frente a ustedes —habló, volteándose hacia la barra—. ¿Puedo comer aquí? —cuestionó y, por un momento, todo se quedó en silencio.

No le había dado demasiada importancia al hecho de que llevara cubierta la mitad de su rostro. En un principio había asumido que era porque intentaba ocultar su identidad, pero al pensarlo con más detenimiento, Tommy en ningún momento dudó en decirnos quién era y además su hermana mostraba su rostro sin reparo.




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