Me di cuenta de que algo iba mal cuando tuve que leer tres veces la misma frase de Biología y seguía sin saber qué demonios acababa de leer. Y eso que el examen era el lunes. Tenía el libro abierto delante. Los subrayadores. La libreta.
Hasta había puesto una playlist tranquila de fondo para «concentrarme», que era algo que decía mucho de mi optimismo y muy poco de mi conocimiento real sobre mí misma. Duré exactamente siete minutos. Siete.
Porque mi cerebro decidió que era mucho más interesante recordar cómo Hugo se había reído el otro día cuando casi me caí bajando una acera. Ni siquiera se había reído mal. Ese era el problema. Si alguien se ríe mal, te enfadas y ya está. Fácil.
Pero si alguien se ríe como si le hicieras gracia de verdad, entonces tu cabeza empieza con tonterías. Muchas. Demasiadas. Solté el bolígrafo sobre la mesa y miré la página. Algas. Células. Estructuras. Palabras que, en teoría, deberían importarme muchísimo porque yo estudiaba Biología Marina y eso había sido idea mía. Mía.
Nadie me había obligado. Yo había dicho: «Me gusta el mar». Y mi cerebro había entendido: «Perfecto, estudiemos cada cosa viva que existe dentro de él hasta que deje de parecer mágico». Muy buen plan. De verdad. Diez de diez. Cogí el móvil. Nada. Lo dejé boca abajo sobre la mesa, como una persona estable.
Cinco segundos después lo giré otra vez. Nada. Vale. Perfecto. Me daba igual. Muchísimo. Abrí notas para fingir que hacía algo útil. Tenía una frase escrita de esa mañana: Hay personas que molestan incluso cuando no están. La miré. Hice una mueca. Demasiado evidente. La borré. Luego la volví a escribir.
Luego la borré otra vez. Al final escribí: Estudiar con alguien en la cabeza debería contar como deporte de riesgo. Mejor. Menos humillante. Bueno. Un poco humillante igual.
—¿Estás estudiando o ensayando para volverte loca? —preguntó Patri desde la videollamada.
Levanté la mirada hacia el portátil. Patri estaba tumbada en su cama comiendo galletas como si los exámenes no existieran. Qué paz daba la gente irresponsable.
—Estoy estudiando.
—Mentira. Llevas diez minutos mirando el móvil con cara de esperar una señal divina.
—No estoy mirando el móvil.
Patri se quedó callada.
—Marina.
—Vale, sí, pero porque estoy esperando que me responda mi madre.
—Claro.
Odiaba ese tono.
El tono de «sé que estás mintiendo y encima te estás esforzando poco». Me levanté para coger el café. Estaba frío. Me lo bebí igualmente porque mi dignidad ese día ya estaba bastante baja y no venía de ahí. Sabía horrible.
—Te gusta —dijo Patri de pronto.
Casi me atraganté.
—¿Perdón?
—Hugo.
—No me gusta.
La respuesta salió demasiado rápido. Muy profesional todo. Patri sonrió con esa cara insoportable de amiga que acaba de confirmar exactamente lo que quería confirmar.
—Ajá.
—Solo… no sé. Me hace gracia.
—Eso es peor.
—No es peor.
—Sí. Porque cuando alguien te hace gracia empiezas a perdonarle cosas.
Me quedé callada. Qué manía tenía Patri de decir cosas útiles sin pedir permiso.
—Me tiene que devolver la pulsera —dije.
—Claro.
—Es por eso.
—Por supuesto.
—La necesito.
—Muchísimo.
—Patri.
—No he dicho nada.
—Lo estás diciendo con la cara.
Patri se metió una galleta en la boca para no reírse. Muy madura. Miré otra vez el libro abierto. Una página entera sobre células. Mi futuro académico pendiendo de un hilo. Yo pensando en un chico que llevaba mi goma azul en la muñeca igual que si fuera una joya familiar. Todo correcto.
—Voy a estudiar —dije.
—Vas a mirar el móvil.
—También.
Patri sonrió.
—Progreso. Ya no mientes tan mal.
Le enseñé el dedo. Con cariño. Más o menos.
El viernes llegué al cine demasiado pronto. Según Patri. Yo prefería llamarlo «ser puntual». Aunque quizá llegar veinte minutos antes para luego fingir que no estás buscando a alguien concreto entre la gente no era exactamente ser puntual. Era otra cosa. Una bastante triste.
—Relájate un poco —me dijo Patri mientras sacaba las entradas del bolso—. Pareces una madre esperando a su hijo en la salida de una excursión.
—No estoy nerviosa.
—Marina.
—Vale. Un poco.
La tarde estaba fría. La gente entraba y salía del centro comercial cargada de bolsas, bufandas enormes y prisa. Olía a palomitas y a lluvia reciente. Yo fingía mirar los carteles de las películas. En realidad estaba mirando el reflejo de la puerta de cristal. Muchísimo más discreto. Y entonces aparecieron.
Janna fue la primera en vernos y levantó la mano enseguida. Hugo iba a su lado. Sudadera gris. Manos en los bolsillos. Pelo un poco despeinado. Y mi pulsera en la muñeca. Mi pulsera. La muy traidora. Porque parecía hasta cómoda allí. Como si no tuviera ningún interés en volver conmigo.
Hugo me miró apenas un segundo.
—Borde.
Así. Sin hola. Sin nada.
Y siguió caminando hacia dentro.
Me quedé quieta mirándole la espalda.
—Qué tío más raro —murmuré.
Patri sonrió de lado.
—Pero te hace gracia.
—Cállate.
Entramos al cine entre gente buscando salas como si aquello fuera una evacuación de emergencia.
Janna empezó a hablarle a Hugo de algo que había pasado en clase y él se rio enseguida. Demasiado fácil. Ese fue el primer momento raro. Con ella parecía cómodo. Natural. Como si no tuviera que pensar antes de hablar. Yo sí. Yo pensaba hasta dónde poner las manos mientras caminaba.
Nos sentamos en las últimas filas. Patri discutió con un chico porque le había quitado «su asiento espiritual». Janna no podía parar de reírse. Carol repartió chicles igual que si fuera una madre de excursión.
Álex llegó con dos cubos de palomitas y se sentó en el extremo, tranquilo, como si el ruido del cine no fuera con él. Hugo quedó dos asientos más allá de mí. No lejos. No cerca. Una distancia completamente absurda, porque no significaba nada y mi cabeza decidió analizarla igual.
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Editado: 22.08.2026