Me senté en el suelo junto al sofá con un vaso de agua. Hugo se sentó en el sofá, justo detrás de mí. No pegado. No lejos. Otra vez esas distancias absurdas que mi cabeza quería medir como si fueran importantes. Álex pasó por mi lado y dejó una bolsa de patatas abierta cerca.
—Por si necesitas fingir que haces algo —murmuró.
Lo miré. Él ni siquiera esperó respuesta. Solo volvió a la cocina. Me quedé con la bolsa en las manos. Vale. Álex veía demasiado. Eso era un problema para otro día. Janna cambió de canal.
—Gran Hermano ya aburre. Voy a poner algo donde nadie llore ni tenga traumas.
—Entonces quita Telecinco directamente —dijo Hugo.
Janna le lanzó un cojín. Él lo esquivó riéndose. Yo miré la bolsa de patatas. No estaba celosa. Bueno. No mucho. Solo un poco incómoda. Como cuando no sabes si tienes derecho a que algo te moleste y aun así te molesta. Una sensación muy práctica. La película que pusieron era de miedo. Porque claro.
La gente en las películas de miedo siempre toma decisiones horribles: baja al sótano, se separa del grupo, abre puertas que claramente no debería abrir. Y aun así yo estaba allí, sentada en el suelo, con Hugo detrás, igual que si mis decisiones fueran muchísimo mejores.
No juzguemos.
Durante un rato intenté mirar la pantalla.
De verdad. Pero notaba a Hugo detrás. Su rodilla rozó mi hombro una vez. Muy poco.
Aparté el cuerpo. Luego me arrepentí. Luego volví a ponerme igual. Un desastre.
Patri, que estaba medio dormida a mi lado, abrió un ojo.
—Estás haciendo movimientos raros.
—Estoy cómoda.
—Nadie cómodo se mueve como un cangrejo herido.
—Duérmete.
—Mañana quiero informe.
—Mañana no existo.
—Existirás para mí.
Volvió a cerrar los ojos.
Muy tranquilizadora, como siempre.
La película siguió. La chica de la pantalla abrió una puerta. Mala idea.
Dentro de mí, mi cabeza abrió unas cuantas más. Peor idea.
Me levanté despacio.
—Voy al baño —murmuré.
No era verdad. Pero sonaba normal. Más o menos.
Terminé en el pequeño balcón de Álex.
Tenía dos sillas, una planta medio muerta y una manta doblada que olía un poco a cerrado.
Me senté y respiré. El aire frío me despejó la cara. Dentro seguían oyéndose las voces amortiguadas. Janna quejándose de la película. Cristian diciendo que él sobreviviría. Patri llamándolo mentiroso con voz de sueño. La vida normal.
Me quedé mirando la calle interior. No estaba triste. Tampoco estaba bien del todo.
Solo tenía la cabeza llena. De Biología. Del examen. De Janna. De Hugo. De mi pulsera en su muñeca. De todo.
Saqué el móvil y abrí notas. Escribí: Hay cosas que no pesan hasta que intentas no mirarlas. La miré. No. La borré. Escribí: Necesito dejar de mirar. Mejor. Más sencillo. Más verdad.
La puerta del balcón se abrió despacio. No me hizo falta girarme para saber quién era. Aun así, giré. Hugo cerró detrás de él y se quedó de pie un segundo.
—El baño está en dirección contraria.
—Me he perdido.
—En una casa de un pasillo.
—Tengo talento.
Sonrió apenas y se sentó en la otra silla. No demasiado cerca.
Eso me gustó. O lo noté. No tengo claro.
—¿Estás bien?
Miré mis manos. Luego la calle. Luego a él.
—Sí.
Hugo inclinó un poco la cabeza.
—Mientes fatal.
—Eso me estáis diciendo mucho últimamente.
—Será por algo.
Me reí por la nariz. El silencio cayó entre nosotros. Pero no fue incómodo. Era de esos silencios que no empujan. Solo están. Hugo miró mi móvil.
—¿Apuntabas algo?
Lo bloqueé demasiado rápido.
—No.
—Ajá.
—No era nada.
—Siempre dices eso.
—Porque casi siempre es nada.
—No te creo.
Me encogí de hombros.
—Da igual.
Hugo no insistió. Gracias. Miró hacia dentro, donde se veía a Janna moviendo el mando como si estuviera dirigiendo una operación militar.
—Creo que han puesto una película horrible.
—Mejor. Así si me duermo no pierdo nada.
—¿Te duermes en las películas?
—Solo si son malas. O si son buenas. O si estoy cómoda.
—Criterio sólido.
—Gracias.
Se rio bajito. Yo también. Y por un momento aquello fue fácil otra vez. Demasiado fácil. Una corriente de aire me movió el pelo delante de la cara. Fui a apartarlo, pero Hugo llegó antes. Sus dedos rozaron mi sien. Despacio. Con cuidado. Me quedé quieta. No porque no supiera qué hacer. Bueno, sí.
Un poco por eso. Pero también porque no quería moverme. Él dejó el mechón detrás de mi oreja y apartó la mano enseguida. No alargó el gesto. No lo convirtió en nada. Y aun así fue demasiado.
—Siempre haces eso —dijo.
—¿Qué?
—Te apartas el pelo cuando estás nerviosa.
Abrí la boca. La cerré. Iba a decir que no estaba nerviosa. Pero ya era una mentira con muy poco presupuesto.
—Puede que sea porque tengo pelo —dije.
—Claro.
Sonrió.
No la sonrisa chula. Otra. Más pequeña. Más cerca. Miró mi boca. Solo un segundo. Pero lo vi.
Y entonces todo el ruido de dentro pareció quedarse detrás del cristal. Seguía ahí. Pero más lejos.
—Marina —murmuró.
No dijo nada más. Tampoco hacía falta.
Me incliné apenas. Muy poco. Lo suficiente para que la decisión no fuera solo suya. Hugo terminó de acercarse. El beso fue suave. Más suave de lo que esperaba. No hubo fuegos artificiales. Ni música. Ni mundo explotando. Dentro alguien gritó algo sobre palomitas. Probablemente Patri.
Y aun así, durante un momento, el beso fue lo único que importó. Hugo tenía una mano cerca de mi cara, sin agarrarme del todo, como si estuviera esperando a que me apartara. Yo no me aparté. No sabía muy bien qué hacer con las manos, así que acabé agarrando la manga de su sudadera.
Muy elegante. Muy romántico. Muy yo. Se separó apenas. Lo justo para respirar. No para irse. Yo miré un punto absurdo de su sudadera porque mirarle directamente parecía demasiado. Demasiado todo.
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Editado: 22.08.2026