El día que no te buscaba

Capítulo 5. Lo fácil

Capítulo 5

El primer mensaje llegó a las diez y diecisiete.

PATRI: Tengo una pregunta.

Yo ya sabía que esa frase nunca traía nada bueno.

Tenía el libro de Biología Marina abierto delante, una libreta al lado, dos subrayadores sin tapa y una taza de café tan fría que casi podía matricularse conmigo. El examen era el lunes. Ecosistemas costeros. Mareas. Salinidad.

Organismos capaces de vivir justo en el lugar donde el mar aparecía y desaparecía cuando le daba la gana.

Todo muy interesante.

En teoría.

En la práctica, llevaba quince minutos leyendo el mismo párrafo y lo único que había conseguido retener era que la palabra «intermareal» existía.

Y sinceramente, con eso ya me parecía bastante.

El móvil volvió a iluminarse junto a la libreta.

PATRI: ¿Te has enrollado con alguien?

Dejé de mover el subrayador.

Muy despacio.

Me quedé mirando la pantalla con una marca de boli azul en el dedo índice y la desagradable sensación de que Patri había instalado cámaras en mi habitación sin avisar.

¿Cómo demonios lo hacía?

YO: ¿Por qué preguntas eso?

Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.

Después desaparecieron.

Volvieron.

Y Patri respondió con una cantidad absurda de «JAJAJA».

PATRI: HE ACERTADO.

Fruncí el ceño.

YO: No he dicho nada.

PATRI: No hacía falta.
PATRI: Te noto rara por escrito.

Aparté el móvil unos centímetros para mirarlo con indignación, como si la culpable fuera la pantalla.

YO: Eso no existe.

PATRI: En ti sí.

Me dejé caer contra el respaldo de la silla.

La muy traidora tenía razón.

Llevaba desde aquella noche haciendo cosas que probablemente podían clasificarse como raras. Mirar el móvil demasiado. Recordar conversaciones que ya habían terminado. Sonreír sin motivo aparente.

Nada grave.

Nada preocupante.

Seguro.

El teléfono vibró otra vez.

PATRI: ¿Hugo?

Bloqueé la pantalla.

Dejé el móvil boca abajo.

Miré los apuntes.

Los ecosistemas costeros me devolvieron la mirada con toda su decepción universitaria.

Intenté leer.

«La variación periódica del nivel del agua…»

El móvil vibró.

No lo toqué.

Volvió a vibrar.

Seguí mirando el mismo renglón.

Una tercera vez.

Cerré los ojos.

—Cinco segundos —murmuré.

Lo cogí.

PATRI: ES HUGO.
PATRI: LO SABÍA.
PATRI: MARINA CONTESTA.

YO: No grites por escrito.

PATRI: CUÉNTAMELO TODO.

YO: No hay tanto que contar.

Los tres puntos aparecieron antes incluso de que pudiera dejar el teléfono.

PATRI: Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene mucho que contar.

Sonreí.

Solo un poco.

El problema fue que la sonrisa se quedó ahí más tiempo del necesario.

Estaba escribiéndole una respuesta que no confirmaba absolutamente nada cuando el teléfono vibró de nuevo.

Esta vez el nombre de la pantalla cambió.

Hugo.

El dedo se me quedó suspendido sobre el teclado.

HUGO: Esta noche estaré en Carpa.
HUGO: ¿Te vienes?

Dos mensajes.

Una pregunta sencilla.

Nada dramático.

Nada complicado.

Dejé el móvil sobre la mesa.

Volví a cogerlo.

Lo dejé otra vez.

El libro seguía abierto por la misma página.

—No voy a ir —dije.

Mi habitación no respondió.

Cada vez me caía mejor.

El móvil vibró.

PATRI: ¿Por qué has dejado de escribir?
PATRI: Te ha escrito él.

Miré hacia la puerta, como si Patri pudiera aparecer en cualquier momento detrás de ella.

YO: Me ha dicho que estará en Carpa.

La respuesta tardó cuatro segundos.

Un montón de aes.

Y después:

PATRI: VAS.

YO: Tengo examen el lunes.

PATRI: Tienes toda la mañana de mañana para fingir que estudias.

YO: Eso ha sido ofensivo.

PATRI: Eso ha sido realista.

Bajé el móvil.

El libro.

Los apuntes.

El café frío.

La libreta llena de frases que no tenían absolutamente nada que ver con salinidad, costas ni organismos adaptados.

Luego volví al mensaje de Hugo.

Esta noche estaré en Carpa. ¿Te vienes?

No era una cita.

No había escrito quiero verte.

Ni tenemos que hablar.

Ni nada que justificara que yo estuviera analizando ocho palabras como si fueran un texto antiguo recién descubierto.

Solo había preguntado si iba.

Una cosa normal.

Sencilla.

Sin importancia.

El pulgar rozó la pantalla.

YO: Iré un rato.

Patri respondió inmediatamente.

Me negué a abrirlo.

Fui directamente al chat de Hugo.

Escribí sí.

Lo borré.

Escribí creo que sí.

También lo borré.

Al final:

YO: Puede.

Tardó menos de un minuto.

HUGO: Qué concreta.

YO: Es parte de mi encanto.

HUGO: Pensaba que tu encanto era ser borde.

YO: Tengo varias cualidades horribles.

HUGO: Me estoy dando cuenta.

Me mordí la sonrisa antes de que terminara de aparecer.

Mal.

Muy mal.

Otro mensaje.

HUGO: Entonces te veo esta noche.

Esta vez no contesté enseguida.

Leí la frase una vez.

Luego otra.

Te veo.

No nos vemos.

No ya dirás.

Te veo.

Como si él ya hubiera decidido que, si yo aparecía, acabaría encontrándome.

Apoyé el codo sobre la mesa.

YO: Supongo.

HUGO: Qué entusiasmo.

YO: No te acostumbres.

Hubo unos segundos de silencio en la pantalla.

Después:

HUGO: Demasiado tarde.

Bloqueé el móvil.

Lo dejé boca abajo.

Miré el libro.

La palabra intermareal seguía subrayada en amarillo.

—Mañana —le prometí.

No pareció creerme.

Yo tampoco.

Carpa siempre estaba llena.

Música.

Risas.

Grupos entrando y saliendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.