El día que no te buscaba

Capítulo 6. Lo que se queda

Algo estaba cambiando cuando empecé a mirar el móvil sin darme cuenta.

No para revisar Instagram. Ni para ver la hora. Ni siquiera porque estuviera esperando nada importante.

Mentira.

Sí estaba esperando algo importante.

A Hugo.

Que eso era peor, porque antes de Hugo yo era una persona relativamente funcional.

Relativamente. Tampoco nos emocionemos.

Estaba sentada en uno de los bancos de la entrada de la facultad, con la mochila entre los pies y los apuntes de Biología Marina abiertos sobre las piernas. A mi alrededor, la gente iba saliendo de clase en pequeños grupos, hablando de trabajos que yo había olvidado que existían y haciendo planes para estudiar como si eso fuera algo que la gente hiciera voluntariamente.

Nosotros habíamos tenido una clase sobre ecosistemas litorales y yo había copiado cosas con cara de persona aplicada.

Cara. No realidad.

En el margen de la hoja había escrito:

Hoy viene a buscarme. No hacer el ridículo.

Muy útil. Muy académico. Muy probable.

El móvil vibró.

HUGO: Salgo ya. Llego en cinco.

Sonreí.

Luego dejé de sonreír porque una nunca sabe quién puede estar mirando.

Después volví a sonreír porque, sinceramente, me daba bastante igual.

YO: ¿Cinco tuyos o cinco reales?

HUGO: Qué poca fe.

YO: Experiencia.

Bloqueé la pantalla.

Una chica de mi clase, Laia, pasó delante de mí con dos compañeros y frenó al verme.

—¿Te vienes a la biblioteca luego?

—No puedo.

—¿Tienes plan?

Plan.

Qué palabra tan grande para mi casi algo viene a buscarme y todavía no sé saludarlo sin parecer un robot recién actualizado.

—He quedado.

Laia miró el móvil que todavía tenía en la mano.

Y sonrió.

—Uy.

—No uy.

—Eso ha sonado a uy.

—No existe sonar a uy.

—En ti sí.

—Vete a la biblioteca.

Se alejó riéndose.

El móvil volvió a vibrar.

HUGO: Estoy llegando.

Miré hacia la calle.

Nada.

Guardé el móvil.

Lo saqué otra vez.

Cara. No realidad.

En el margen de la hoja había escrito:

Hoy viene a buscarme. No hacer el ridículo.

Muy útil. Muy académico. Muy probable.

Repasé la frase como si pudiera mejorar mis posibilidades de éxito y cerré la libreta justo cuando una chica pasó cerca del banco.

El móvil vibró sobre mi muslo.

HUGO: Salgo ya. Llego en cinco.

Sonreí.

Luego dejé de sonreír porque una nunca sabe quién puede estar mirando.

Después volví a sonreír porque, sinceramente, me daba bastante igual.

YO: ¿Cinco tuyos o cinco reales?

La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el móvil.

HUGO: Qué poca fe.

YO: Experiencia.

Bloqueé la pantalla y apoyé el teléfono encima de los apuntes.

No duró mucho ahí.

Una chica de mi clase, Laia, pasó delante de mí con dos compañeros y frenó al verme.

—¿Te vienes a la biblioteca luego?

—No puedo.

Uno de los chicos siguió caminando y Laia tuvo que dar un paso hacia atrás para no perderlo de vista.

—¿Tienes plan?

Plan.

Qué palabra tan grande para mi casi algo viene a buscarme y todavía no sé saludarlo sin parecer un robot recién actualizado.

—He quedado.

Laia me miró.

Después miró el móvil que yo tenía otra vez en la mano.

Y sonrió.

—Uy.

—No uy.

—Eso ha sonado a uy.

—No existe sonar a uy.

—En ti sí.

—Vete a la biblioteca.

—Eso haré.

Se alejó riéndose y tuve que soportar cómo se giraba una vez antes de reunirse con los otros.

Perfecto.

El móvil volvió a vibrar.

HUGO: Estoy llegando.

Levanté la cabeza hacia la calle.

Nada.

Guardé el móvil en el bolsillo delantero de la mochila.

Lo saqué.

Miré la pantalla aunque acababa de bloquearla.

Lo volví a guardar.

Esto era exactamente lo que hacían las personas equilibradas.

Entonces lo vi.

Hugo cruzaba la plaza con las manos en los bolsillos, el pelo algo despeinado por el viento y esa manera suya de caminar como si el mundo no le diera ninguna prisa. Tuvo que apartarse para dejar pasar a dos chicos en patinete y ni siquiera pareció molestarse.

A mí, en cambio, me dio toda la prisa del mundo de golpe.

El corazón. La cara. Las manos.

Todo quiso hacer algo distinto.

Él me vio.

Sonrió.

Y yo, que llevaba diez minutos intentando imaginar una expresión natural para aquel momento, hice algo con la cara que espero que no quedara registrado por ninguna cámara de seguridad.

Metí la libreta en la mochila mientras él se acercaba y conseguí enganchar una esquina con la cremallera.

Perfecto momento para perder cualquier coordinación motora.

Hugo llegó hasta mí.

—Hola.

—Hola.

Solté la cremallera.

Él miró la mochila medio abierta. Después a mí.

Por suerte decidió no preguntar.

Nos quedamos quietos un segundo.

El tipo de segundo que aparece cuando la última vez que viste a alguien lo besaste y ahora estás en la puerta de tu facultad, a plena luz del día, rodeada de gente con carpetas y cafés.

Hugo bajó la vista hacia mis zapatillas.

—Veo que hoy vienes preparada para no perderlas.

Seguí su mirada.

Los dos cordones estaban perfectamente atados.

—Estoy madurando.

—Me alegro.

—Ha sido un camino duro.

La comisura de su boca se levantó.

Y entonces me cogió de la mano.

Fue tan sencillo que tardé un segundo en entender qué estaba haciendo. Tiró suavemente de mí para acercarme y me besó.

Un beso corto.

De hola.

Como si aquello ya fuera normal.

Como si besarme delante de mi facultad no necesitara ninguna reunión previa, ningún formulario ni al menos tres días para que mi cerebro pudiera prepararse.

Cuando se separó, seguía sonriendo.

—Hola de verdad.




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