—Próxima parada: Sants Estació.
La voz del tren consiguió sacarme de un sitio al que llevaba media hora intentando convencerme de que no había ido. Uno bastante concreto, además. Uno en el que imaginaba cómo sería volver a ver a Hugo después de una semana.
Miré por la ventana. El túnel me devolvió mi propio reflejo, con el pelo algo aplastado de un lado, los auriculares colgando del cuello y una cara demasiado parecida a la de alguien que llevaba todo el trayecto manteniendo conversaciones imaginarias.
Consulté el reloj.
Después volví a mirar por la ventana.
Nada había cambiado.
Nunca cambia nada cuando haces eso y, aun así, seguimos haciéndolo.
El tren empezó a frenar y a mi alrededor se produjo ese movimiento colectivo de antes de llegar a una estación: cremalleras cerrándose, mochilas saliendo de debajo de los asientos, gente levantándose demasiado pronto para terminar esperando de pie exactamente el mismo tiempo que habría esperado sentada.
Yo fui una de ellas.
Las puertas se abrieron y avancé dos pasos antes de notar que algo no pesaba sobre mi hombro.
La mochila.
Seguía en el asiento.
Claro.
Volví a por ella intentando fingir que aquello formaba parte de algún plan perfectamente razonable. La mujer que había viajado delante de mí me observó cogerla por una correa.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Habíamos construido una bonita relación basada en el respeto mutuo.
Salí con el resto de pasajeros.
La estación era igual que siempre: demasiada gente, demasiado ruido y demasiadas direcciones posibles. Las ruedas de las maletas golpeaban las juntas del suelo, la megafonía anunciaba trenes que no eran el mío y una mujer hablaba por teléfono a un volumen que hacía innecesaria cualquier cobertura.
El móvil vibró dentro del bolsillo.
HUGO: ¿Has llegado?
Sonreí.
Llevaba exactamente dos minutos dentro de la estación.
YO: Estoy viva.
HUGO: Eso es una buena noticia.
YO: Depende del día.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
HUGO: ¿Te has perdido?
Me detuve y levanté la cabeza como si pudiera estar observándome mediante alguna cámara de seguridad.
Ofendidísima.
YO: Todavía no.
HUGO: Entonces te quedan unos tres minutos.
Resoplé y guardé el móvil.
Muy bien.
Podía encontrar a una persona dentro de una estación.
Era adulta.
Más o menos.
Caminé intentando aparentar que sabía exactamente adónde iba. Conseguí mantener aquella ficción durante unos veinte segundos antes de empezar a buscarlo entre la gente.
Vi primero una pareja abrazándose junto a las máquinas de billetes. Después un grupo con mochilas enormes. Dos turistas sujetando el mismo mapa y señalando direcciones completamente opuestas.
Y entonces lo encontré.
Estaba apoyado contra una columna, con la mochila a sus pies y las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta oscura. Miraba hacia una de las salidas hasta que levantó la cabeza.
Me vio.
Y todo lo que había imaginado durante el viaje dejó de servirme.
No había pensado en esa sonrisa.
En cómo aparecía poco a poco al reconocerme.
Ni en lo rápido que la mía iba a responderle.
Hugo sacó las manos de los bolsillos y se separó de la columna. Yo seguí andando hacia él intentando mantener la misma velocidad, aunque la sonrisa que se le ensanchó debió de significar que no lo conseguí demasiado bien.
Cuando llegué a su altura nos quedamos frente a frente.
—Hola.
Mi voz salió bastante normal.
Pequeña victoria.
—Hola.
Durante un instante ninguno se movió y me acordé de Carpa. Del intento absurdo de dos besos. De su abrazo empezado a destiempo. De los dos retrocediendo como si acabáramos de descubrir que existían reglas sociales que nadie se había molestado en explicarnos.
Esta vez Hugo abrió los brazos.
Solo un poco.
No hizo falta más.
Fui hacia él.
Me rodeó con un brazo por la espalda y el otro quedó alrededor de mi cintura. Yo terminé apoyando la frente contra su hombro sin haber decidido hacerlo. Simplemente ocurrió, como si mi cuerpo hubiera resuelto por su cuenta algo que mi cabeza llevaba toda la mañana complicando.
Olía a jabón, al frío de la calle y a algo que ya empezaba a identificar simplemente como él.
Noté su barbilla rozándome el pelo.
—Ahora sí —murmuró.
Levanté la cara sin apartarme completamente.
—¿Ahora sí qué?
Hugo bajó la mirada hacia mí.
—Ahora sí has llegado.
Lo había dicho con tanta seriedad que sonreí.
—Llevo aquí cinco minutos.
—Cinco minutos sin ti.
—Drama.
—Muchísimo.
Me aparté lo justo para verle bien la cara.
—¿Cuánto llevas esperando?
Consultó el reloj de la estación.
—Media hora.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Aguantó aproximadamente dos segundos antes de echarse a reír.
—Mentira.
Le di un golpe en el pecho.
—Imbécil.
Me atrapó la muñeca.
—Han sido siete minutos.
—Eso tampoco era necesario.
—Quería asegurarme de que no desaparecías por el camino.
Intenté recuperar la mano.
—He estado a punto.
—Lo sé.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que lo sabes?
Hugo se encogió de hombros.
—Porque te conozco.
Cuatro palabras.
Y lo peor era que empezaba a ser verdad.
Sabía que podía olvidarme la mochila. Que comprobaba demasiadas veces los billetes. Que era perfectamente capaz de perderme siguiendo una línea recta. Que cuando estaba nerviosa hablaba más de la cuenta.
Un mechón de pelo se me había quedado pegado a los labios. Hugo lo apartó con dos dedos y sus ojos bajaron hacia mi boca.
Esta vez no hubo dudas sobre cómo se suponía que debíamos saludarnos.
Me besó.
Fue un beso corto, tranquilo, casi cotidiano.
Y quizá por eso me gustó tanto.
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Editado: 22.08.2026