No sé qué hora era cuando abrí los ojos. Todavía estaba oscuro y, durante unos segundos, no supe exactamente dónde estaba.
Me quedé quieta, escuchando.
Las olas llegaban amortiguadas desde fuera. El viento hacía rozar algo contra la fachada y, mucho más cerca, Hugo respiraba despacio a mi lado. Fue esa respiración la que terminó de colocarme en el sitio.
La casita.
El mar.
La noche anterior.
Giré un poco la cabeza.
Seguía dormido, con un brazo alrededor de mi cintura, el pelo completamente despeinado y una expresión tan tranquila que daba hasta envidia. Me quedé mirándolo un momento, sin ninguna razón especial, y acabé sonriendo.
Porque sí.
Porque me apetecía.
Levanté con cuidado su brazo y lo aparté apenas lo suficiente para poder escabullirme. Apoyé los pies en el suelo despacio, intentando no hacer ruido.
Hasta ahí, todo perfecto.
Después casi me tropiezo con mi propia mochila.
Me agarré al borde de la cama antes de caer y miré inmediatamente hacia Hugo. Ni se movió.
Bien.
Mi coordinación seguía siendo la de siempre.
Encontré una camiseta suya sobre una silla y me la puse. Me quedaba enorme; las mangas me tapaban media mano y el bajo casi parecía un vestido. Me observé un segundo y decidí que parecía una niña pequeña jugando a disfrazarse de adulto.
Perfecto.
Abrí la puerta del porche procurando que no hiciera ruido y salí.
El aire frío me golpeó la cara de inmediato. Muchísimo frío. De ese que te hace preguntarte durante un segundo si realmente necesitabas tanto ver un amanecer.
Sí.
Lo necesitaba.
El cielo empezaba a aclararse sobre el horizonte. El mar todavía conservaba ese color oscuro de antes de la mañana, pero entre las nubes empezaba a aparecer una línea naranja que parecía ensancharse un poco cada vez que apartaba la vista.
Me senté en uno de los escalones del porche y encogí las piernas contra el pecho.
No hice nada más.
Solo mirar.
Respirar.
Estar.
El mar siempre conseguía eso conmigo. Durante un rato dejaba de preguntarme qué venía después, qué significaban las cosas o qué se suponía que tenía que hacer con ellas.
Escuché la puerta abrirse detrás de mí.
No necesité girarme.
—Voy a asumir que sigues teniendo una relación bastante tóxica con el frío.
Sonreí sin apartar la vista del horizonte.
—Buenos días para ti también.
Oí sus pasos sobre la madera. Un segundo después una manta cayó sobre mis hombros y, antes de que pudiera sujetarla, algo suave me rodeó el cuello.
Bajé la mirada.
Su bufanda.
Otra vez.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía.
Me giré un poco.
Hugo seguía medio dormido. Tenía el pelo todavía peor que la noche anterior y otra manta enrollada alrededor de los hombros, como si hubiera salido de la cama directamente convertido en fantasma.
—¿Qué pasa?
Se dejó caer a mi lado con un pequeño suspiro.
—Que dentro hay una cama.
—Lo sé.
—Y una novia desaparecida.
La palabra volvió a pillarme desprevenida.
Novia.
Seguía sonando extraña. Bonita, pero extraña. Como una palabra que sabes perfectamente qué significa hasta que alguien decide utilizarla contigo.
Ajusté la manta alrededor de mis piernas.
—He salido cinco minutos.
Hugo giró la muñeca para mirar la hora.
—Llevas veinte.
—¿Veinte?
Levantó las cejas.
—Veinte.
Miré otra vez el cielo. Había cambiado bastante más de lo que recordaba.
—Eso ha sido un ataque personal.
—Eso ha sido un dato.
Probablemente tenía razón.
No pensaba reconocérselo.
Hugo apoyó el hombro contra el mío y los dos volvimos la vista hacia el mar. Durante un rato no dijimos nada, y lo curioso era que tampoco ocurrió nada malo por no hacerlo.
Nadie tuvo que rescatar la conversación.
Las olas llenaron perfectamente el hueco.
—Es bonito —murmuré.
—Sí.
Giré la cabeza.
Hugo no estaba mirando el amanecer.
Me estaba mirando a mí.
Puse los ojos en blanco.
—No otra vez.
La sonrisa le apareció despacio.
—¿Qué?
Señalé el horizonte.
—El amanecer está ahí.
—Lo sé.
—Pues míralo.
—Estoy bien.
—Hugo.
—Marina.
Acabé escondiendo media cara dentro de la bufanda para que no viera que estaba sonriendo.
Él se rio por lo bajo y volvió a mirar hacia delante.
Nos quedamos allí unos minutos más, hasta que el frío empezó a atravesar incluso la manta. Moví los dedos de los pies.
Error.
Seguían ahí, pero apenas.
Hugo lo notó.
—Dentro.
—Estoy bien.
Ni siquiera respondió.
Se limitó a levantarse.
Lo miré desde el escalón.
—Qué desagradable es la gente que tiene razón.
—No sabes cuánto me alegra que por fin lo reconozcas.
Me tendió una mano.
La cogí.
Dentro de la casa el cambio de temperatura fue inmediato. Cerré la puerta detrás de nosotros y me quedé unos segundos apoyada contra ella recuperando sensibilidad en la nariz.
La casita olía a madera, a café y todavía un poco al tomate de la noche anterior.
También un poco a nosotros.
No iba a pensar demasiado en eso.
Hugo dejó la manta sobre una silla y entró en la cocina.
—Voy a hacer desayuno.
Lo seguí.
—¿Otra vez?
Se giró mientras sacaba dos tazas del armario.
—¿Otra vez qué?
—Cocinar.
—Alguien tiene que mantener este hogar en funcionamiento.
Me atraganté con mi propia risa.
Hogar.
Otra palabra peligrosa.
Demasiado grande para una casita frente al mar en la que llevábamos menos de un día.
Hugo debió de notar mi cara porque arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara nunca es nada.
Abrí el paquete de pan para tener algo que hacer con las manos.
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Editado: 22.08.2026