La pantalla empezó a oscurecerse y la toqué antes de que se bloqueara.El chat de Patri seguía abierto en el mismo sitio desde hacía cuatro días.
PATRI: Hugo no me termina de convencer.
Un poco más abajo:
PATRI: ¿Te has enfadado?
Seguía sin contestar.
Había pensado en hacerlo varias veces. Bueno, había abierto el chat varias veces, que no era exactamente lo mismo. Una noche escribí un «te equivocas» y lo borré. Al día siguiente probé con «no lo conoces», que duró todavía menos. La tercera vez redacté un mensaje larguísimo explicándole por qué Hugo no era como ella pensaba, hasta que me di cuenta de que estaba intentando explicar cosas que ni siquiera sabía explicar para mí.
Ese mensaje duró aproximadamente veinte segundos.
Ahora estaba sentada en la cama, con el móvil a un lado y media habitación alrededor de mí porque un pendiente había decidido independizarse justo cuando tenía que arreglarme.
Levanté un jersey. Nada. Miré debajo de la almohada, aunque no había ningún motivo lógico para que estuviera allí. Tampoco.
Abrí un cajón.Error.
Seguía sin tener pendiente y, además, acababa de recordar que guardaba demasiadas cosas inútiles: entradas viejas, pulseras rotas, un boli que no escribía y una libreta pequeña que llevaba meses sin ver.
La abrí por una página al azar.
Hay personas que hacen ruido incluso cuando no están.
Me quedé mirando mi propia letra durante unos segundos.
Qué intensa era.
Bueno.
Qué intensa.
Cerré la libreta antes de encontrar alguna otra prueba contra mí y la devolví al cajón justo cuando el móvil empezó a vibrar sobre la cama.
Antes de mirar la pantalla ya sabía quién era.
No porque tuviera poderes. Porque llevaba diez minutos esperando que llamara.
—Hola.—Hola, pequeña.
Sonreí sin querer.
Automático. Como cuando reconoces una canción antes de saber cuál es.
Me levanté con el teléfono pegado a la oreja y continué buscando el pendiente entre la ropa.
—¿Qué haces?
—Buscando un pendiente.
Me agaché junto al escritorio y metí una mano por debajo. Encontré polvo, una goma del pelo y algo que preferí no identificar.
—¿Lo has perdido?
—Estamos atravesando una crisis de pareja.
La risa de Hugo llegó mezclada con voces de fondo.
—¿Necesitáis mediación?
—No descarto denunciarlo.
—Me parece razonable.
Alguien dijo algo cerca de él y Hugo respondió sin apartarse del teléfono. No entendí qué decía, pero parecía estar rodeado de gente.
—¿Y tú?
—Intentando sobrevivir a mi familia.
—¿Muy grave?
—Mi primo pequeño me ha preguntado si tengo novia.
Mi mano se detuvo debajo del escritorio.
—Ah.
—Le he dicho que sí.
El pendiente apareció justo entonces, junto a una pata.
Muy oportuno
Muy poco considerado con mi estabilidad emocional.
Lo recogí y me incorporé.
—¿Y qué ha dicho?
—Que pobre chica.
Me eché a reír mientras iba hacia el espejo.
—Me cae bien.
—A mí no tanto.
Intenté ponerme el pendiente sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro. La maniobra duró exactamente hasta que me pinché.
—Ay.
—¿Qué ha pasado?
La voz de Hugo cambió enseguida.
Me miré el lóbulo.
—Nada.
—No me gusta cuando dices nada.
—Me he clavado el pendiente.
—¿Estás bien?
—Hugo, es un pendiente.
—No estoy ahí para comprobarlo.
Me descubrí sonriendo frente al espejo con una expresión bastante difícil de defender.
—Esta noche lo compruebas.
Hubo una pausa pequeña al otro lado. No duró ni dos segundos, pero fue suficiente para que dejara de pelearme con el cierre.
—Tengo ganas de verte.
Lo dijo sin preparar la frase, como si fuera una cosa perfectamente normal que podía aparecer en mitad de una conversación sobre pendientes.
Quizá ya lo era.
A mí todavía me costaba un poco.
—Yo también.
—¿Mucho?
Conseguí por fin cerrar el pendiente.
—Una cantidad razonable.
—Qué suerte tengo.
—No te acostumbres.
—Creo que ya es tarde.
Volvieron a llamarlo. Esta vez oí claramente su nombre.
Hugo suspiró.
—Me tengo que ir.
—Vale.
Ninguno colgó.
Me senté en el borde de la cama, mirando la ropa que todavía tenía que decidir si quería ponerse sola o necesitaba mi intervención.
—Luego nos vemos.
—Luego nos vemos.
Otra pausa.
—Ponte guapa.
Miré la montaña de prendas.
—¿Más?
Su risa me llegó justo antes de la respuesta.
—Esa es mi Marina.
—Adiós, tonto.
—Adiós, pequeña
La pantalla se apagó.
Durante unos segundos me quedé con el móvil en la mano, sonriendo todavía. Cuando lo desbloqueé apareció otra vez el chat de Patri.
¿Te has enfadado?
La sonrisa se redujo un poco.
No
O sí.
Ni siquiera estaba segura.
Lo único que sabía era que esa noche volvería a ver a Hugo. Patri también. Quizá viéndolo conmigo entendiera lo que yo veía cuando estaba con él.
O quizá no.
Aquella segunda posibilidad me molestaba bastante más.
Encontré a Patri abajo unos veinte minutos después. Esperaba junto al portal con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el peso apoyado sobre una pierna. Al verme salir levantó la cabeza, pero su expresión no prometía precisamente una conversación ligera.
—Hola.
—Hola.
Cerré la puerta.
Patri miró la hora.
—Tardas mucho.
Ahí estaba.
Mi Patri habitual.
—Qué alegría verte también.
—Llevo seis minutos congelándome.
—Una eternidad.
Empezamos a caminar hacia la avenida. El aire era más frío de lo que había calculado y me subí la cremallera hasta casi rozarme la barbilla.
Patri no dijo nada.
Eso sí era preocupante.
Patri podía enfadarse, protestar, burlarse de mí o decir exactamente lo que pensaba aunque nadie hubiera pedido su opinión. El silencio no era su método habitual.
#497 en Joven Adulto
#5560 en Novela romántica
segundas oportunidades, slow burn • friends to lovers, universidad • música • amistad
Editado: 14.09.2026