El día que no te buscaba

Capítulo 10. Cosas pequeñas

La bolsa llevaba media hora encima de mi cama y yo ya había rehecho la cinta tres veces.

No era culpa de la cinta, seguramente. Era una bolsa azul oscuro bastante normal, con una cinta plateada también bastante normal y una sudadera negra dentro que, objetivamente, tampoco justificaba aquella crisis. El problema era que cada vez que terminaba el lazo me alejaba un poco para mirarlo y empezaba a preguntarme si parecía demasiado trabajado. Demasiado regalo. Demasiado he estado pensando en ti.

A la tercera decidí dejarlo como estaba antes de acabar haciendo un nudo que Hugo necesitara cortar con tijeras.

Dentro había una sudadera con el logo pequeño de un grupo que había mencionado una noche en la casita. Estábamos tumbados, hablando de música, y él había dicho que llevaba tiempo queriendo una. Yo había hecho algún comentario estúpido y la conversación había seguido por otro lado, pero aparentemente mi cerebro había decidido guardar aquello sin consultarme.

También había una nota.

Un mes soportándote. No está mal.

La primera versión había sido bastante peor. Se acercaba peligrosamente a me gusta estar contigo más de lo que sé explicar, así que había hecho lo sensato: destruir las pruebas y sustituir sentimientos por una broma.

Mucho más seguro.

Me levanté de la cama y fui hasta el espejo. Llevaba el collar de la luna, como casi todos los días desde Navidad, y me aparté el pelo para comprobar que estuviera bien colocado sobre la camiseta. Era pequeño, plateado y bonito. Un objeto que apenas pesaba y que, desde hacía unos días, conseguía ocupar bastante más espacio en mi cabeza del que le correspondía.

La puerta se abrió detrás de mí.

—¿Se puede?

Marc ya tenía medio cuerpo dentro, así que lo miré a través del espejo.

—No.

—Perfecto.

Entró mordiendo una manzana y se quedó junto a la puerta. No tardó ni dos segundos en localizar la bolsa sobre la cama. Su mirada fue de ella a mí, después al collar y otra vez a la bolsa, en un recorrido tan evidente que supe lo que venía antes de que abriera la boca.

—Uy.

Me giré.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Has dicho «uy».

Marc dio otro mordisco a la manzana mientras se acercaba a la cama.

—«Uy» no es una palabra. Es un estado emocional.

Cogió la bolsa por las asas y yo avancé inmediatamente hacia él.

—Marc.

La levantó fuera de mi alcance con esa ventaja injusta que le daba ser más alto que yo.

—¿Para quién es?

—Para nadie.

Miró el lazo con atención fingida.

—Nadie tiene muy buen envoltorio.

—Dámela.

—¿Es para el novio?

No sé qué hizo exactamente con la voz, pero consiguió que aquellas tres palabras sonaran como si fuera mi padre en una película de los años noventa.

—No digas «el novio» así.

Marc ladeó la cabeza.

—¿Así cómo?

—Sabes perfectamente cómo.

La sonrisa empezó a aparecerle.

—Entonces sí es para el novio.

Me tapé la cara un instante y comprendí demasiado tarde que acababa de confirmárselo. Cuando volví a mirarlo, ya tenía esa expresión satisfecha que ponía cada vez que conseguía molestarme con un esfuerzo mínimo.

—Marina tiene novio.

—Tengo diecinueve años. No es un acontecimiento histórico.

—Para esta casa, un poco sí.

Cogí un cojín y se lo lancé. Marc lo esquivó sin dejar caer la manzana y, para empeorar las cosas, ni siquiera pareció esforzarse.

—¿Y hay nota?

Mi reacción debió de ser demasiado evidente porque él dejó de masticar y me miró.

—Hay nota.

—No hay nota.

—Tu cara acaba de decir que hay nota.

—Mi cara no tiene valor legal.

—Tu cara confiesa delitos antes de que ocurran.

Por suerte dejó la bolsa sobre la cama antes de que tuviera que arrebatársela. Se apoyó contra el escritorio y siguió comiendo mientras yo volvía al espejo para colocarme un mechón que no necesitaba ninguna colocación.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—No.

—Vale.

—No estoy nerviosa.

Marc levantó una ceja.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Muchísimo.

Resoplé. Había comprobado el collar tres veces, cambiado de camiseta dos y dedicado media hora a una cinta. Admitía que mi defensa tenía algunos problemas.

Marc siguió mi mirada hasta la luna.

—¿Ese te lo regaló él?

Asentí esperando alguna estupidez. No llegó.

—Es bonito.

Giré ligeramente la cabeza. Lo había dicho sin tonito, simplemente porque lo pensaba.

—Sí.

Durante unos segundos hizo rodar la manzana entre los dedos. Su expresión cambió lo justo para que supiera que la conversación también iba a cambiar.

—¿Estás bien con él?

La pregunta llegó con tanta normalidad que tardé un instante en responder.

—Sí.

—Vale.

Esperé, pero Marc volvió a morder la manzana como si aquello fuera todo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga?

—No sé. Has puesto voz de hermano mayor.

—Tengo una sola voz.

—Mentira.

Sonrió.

—Solo preguntaba.

—Pues estoy bien.

—Perfecto.

Parecía dispuesto a dejarlo ahí. Incluso miró hacia la puerta, pero yo seguí observándolo y Marc, que tenía demasiados años de entrenamiento conmigo, lo notó enseguida.

—¿Qué?

—Nada.

—Tú también haces la cara.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cara?

—La de que quieres que siga hablando, pero luego te vas a enfadar si digo algo que no te gusta.

Abrí la boca para protestar y no encontré una defensa suficientemente buena.

—No existe esa cara.

—Llevo años viéndola.

Se separó del escritorio y dejó el corazón de la manzana sobre un pañuelo que había en mi mesa.

—Solo digo una cosa.

—Ya empezamos.

—Si algún día algo te molesta, no tienes que decidir primero si tienes derecho a que te moleste.

La frase me quitó la respuesta de la boca.




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