Las vacaciones de Navidad tenían un efecto curioso. Durante dos semanas te acostumbrabas a despertarte sin alarma, desayunar cuando te apetecía y convencerte de que aquella iba a ser tu nueva personalidad para siempre. Luego llegaba enero y te recordaba, sin ninguna delicadeza, que seguías teniendo horarios.
Mi despertador sonó a las siete y media.
Lo apagué.
Cinco minutos no podían hacer daño.
Cuando volvió a sonar negocié otros cinco y, a la tercera vez, lo miré con tanto odio que, si los móviles tuvieran sentimientos, el mío habría pedido un cambio de dueña.
Aun así conseguí llegar a la facultad vestida, con el pelo medio seco y sin el café que me había preparado porque lo había dejado encima de la encimera. No sabía exactamente cómo, pero me parecía un resumen bastante preciso de mi vuelta a clase.
Mientras buscaba el aula intenté sacar la libreta de apuntes de la mochila. En cuanto abrí la cremallera, el estuche, dos subrayadores, una botella de agua y una libreta pequeña decidieron que ya habían tenido suficiente de mí.
—No, no…
Me agaché antes de que alguien pisara mis apuntes de Biología Marina. Un chico que pasaba se inclinó para recoger un bolígrafo que había llegado casi hasta la pared.
—Creo que esto también es tuyo.
—Sí, gracias. Mi mochila tiene problemas para gestionar el estrés.
Sonrió y siguió andando mientras yo volvía a meterlo todo como podía.
Siempre he pensado que una mochila dice mucho de una persona. La mía decía claramente que allí dentro había ocurrido una explosión y nadie se había molestado en investigar las causas.
Cuando por fin conseguí cerrarla, el móvil vibró.
PATRI: He conseguido mesa. Ven rápido o voy a tener que defenderla con violencia.
Sonreí.
YO: Ya voy.
Antes de guardar el teléfono abrí notas y escribí:
Mi mochila intenta abandonarme en público.
No era importante. Solo me había hecho gracia.
Lo hacía bastante. Apuntar frases, imágenes, cosas que escuchaba o pensamientos que aparecían sin avisar para que no se me olvidaran, aunque luego casi nunca volviera a leerlos. Guardé el móvil, me colgué otra vez la mochila y continué hacia la cafetería.
Al cruzar el campus vi salir del laboratorio a un grupo con batas blancas cargando neveras pequeñas y cajas de muestras. Reduje el paso sin darme cuenta.
Todavía me gustaba mirar todo aquello.
Los laboratorios. El mar. Saber qué estaban estudiando, imaginar de dónde habían salido las muestras.
Lo extraño era que cada vez me resultaba más fácil sentir curiosidad por lo que hacían otros que imaginarme a mí haciéndolo dentro de unos años.
No era una crisis.
Todavía.
Simplemente una idea que aparecía de vez en cuando y que yo tenía una extraordinaria habilidad para aplazar.
Seguí caminando.
Ese día bastante tenía con sobrevivir a enero y encontrar a Patri antes de que expulsara físicamente a alguien de una mesa.
La cafetería estaba como siempre: llena, ruidosa y oliendo demasiado a café para alguien que se había dejado el suyo en casa.
La encontré al fondo, junto a una ventana, defendiendo una mesa de cuatro plazas con un sistema bastante simple. Su mochila ocupaba una silla, el abrigo otra y ella tenía los brazos cruzados con expresión de estar dispuesta a iniciar un conflicto diplomático si alguien preguntaba por la última.
La vi antes de que ella me viera a mí y sonreí.
Había personas que conseguían que el ruido molestara un poco menos en cuanto las encontrabas.
Patri era una de ellas.
Cuando levantó la cabeza, señaló la silla vacía.
—Corre.
Aceleré los últimos pasos.
—¿Tan grave está?
—Hace un minuto una pareja ha intentado sentarse.
Me dejé caer frente a ella.
—¿Y qué has hecho?
—Mirarlos.
—¿Solo eso?
—Ha funcionado.
Me reí mientras dejaba la mochila en el suelo. El golpe fue suficiente para que la cremallera, que claramente no había aprendido nada del incidente anterior, volviera a abrirse. Un subrayador salió rodando hasta debajo de la mesa de al lado.
Cerré los ojos.
—No puede ser.
Patri ni siquiera preguntó. Se agachó, recuperó el subrayador y lo dejó delante de mí.
—Tu mochila está intentando escapar.
—Lo hace bastante.
—¿Has pensado en jubilarla?
—Le tengo cariño.
Patri la miró.
—No deberías cogerle cariño a cosas que quieren destruirte.
—Eso ha sonado un poco personal.
Se quedó pensando.
—Puede.
Después empujó hacia mí un vaso de cartón.
El olor me llegó antes de que pudiera preguntarle qué era.
—¿Me has comprado café?
—Te lo has dejado en casa.
La miré.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque tienes cara de persona que ha perdido algo importante y todavía no ha aceptado el duelo.
—Eso es muy específico.
—Y porque hace veinte minutos me has escrito «me he dejado el café en casa, enero me odia».
Me quedé un segundo intentando recordar haberlo hecho.
Ah.
Sí.
—Vale. Eso ayuda.
—Un poco.
Di un sorbo demasiado grande.
El café estaba ardiendo.
Intenté que mi cara no reaccionara, pero los ojos empezaron a llenárseme de lágrimas.
Patri me observó.
—Te has quemado.
Negué con la cabeza mientras tragaba.
—No.
—Marina.
—Estoy bien.
—Estás llorando.
Respiré por la nariz.
—Es que el reencuentro ha sido muy emocionante.
Patri se echó a reír.
—Cinco minutos de universidad y ya estás peleándote con una bebida.
—Ha empezado ella.
La risa se me contagió y, cuando pude volver a beber sin peligro, Patri ya estaba abriendo su bocadillo.
—¿Qué tal la vuelta?
Me encogí de hombros.
—Solo llevo una clase y ya me han recordado que este cuatrimestre va a intentar matarme.
—¿Qué tienes?
—Oceanografía, Ecología Marina y laboratorio esta tarde.
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Editado: 14.09.2026