El día que no te buscaba

Capítulo 12. La libreta pequeña

El problema de escribir frases sueltas es que luego empiezan a aparecer por todas partes.

La del día anterior seguía doblada dentro del bolsillo de mi abrigo. La encontré por la mañana cuando buscaba un bolígrafo y la dejé encima del escritorio, junto al portátil, mientras intentaba convencerme de que aquello que tenía delante era una práctica universitaria y no una forma especialmente sofisticada de tortura.

Ecosistemas marinos mediterráneos.

Mi nombre.

La fecha.

Y debajo, un espacio en blanco que llevaba demasiado rato juzgándome.

Cogí la servilleta.

Hay conversaciones que terminan y otras que se quedan haciendo ruido.

La había escrito en la cafetería con Patri y Janna. Ahora, fuera de allí, parecía un poco más dramática de lo que recordaba.

No la tiré.

Abrí la libreta pequeña que tenía junto a los apuntes y la metí entre las últimas páginas. Supuestamente no utilizaba aquella libreta para nada importante, aunque eso empezaba a ser bastante difícil de defender. Había frases sin fecha, pensamientos que había apuntado en el metro, cosas que había escuchado y alguna idea que ya no recordaba por qué me había parecido imprescindible conservar.

Pasé un par de páginas.

Echar de menos a alguien debería contar como actividad física.

El mar nunca parece tener prisa.

Me quedé leyendo unos segundos. Nunca borraba nada. Ni siquiera cuando me daba vergüenza. Supongo que me preocupaba que, si eliminaba la frase, desapareciera también la versión de mí que había necesitado escribirla.

Bastante dramático.

Vale.

Mucho.

Cerré la libreta y volví a los apuntes.

Corrientes. Salinidad. Organismos. Nombres en latín inventados probablemente por alguien con una relación complicada con las vocales.

No odiaba la carrera. Ese era precisamente el problema.

Odiar algo habría sido muchísimo más cómodo. Podías señalarlo, decir esto no es para mí y continuar con tu vida. A mí me gustaba el mar. Me seguía interesando cuando hablaban de ecosistemas, comportamiento, corrientes o cualquier cosa que consiguiera hacerlo parecer vivo.

Luego llegaban las tablas.

Los informes.

Las horas de laboratorio.

Y aquella sensación cada vez más frecuente de estar estudiando algo que quería tanto que, a fuerza de diseccionarlo, empezaba a dejar de parecerme mío.

Abrí otra vez la libreta y escribí debajo de las demás:

Estudiar el mar no siempre se parece a quererlo.

La leí.

Tampoco la borré.

—Qué bien va todo —murmuré.

El móvil vibró debajo de unos apuntes.

Sonreí antes de sacarlo.

Error.

Era un correo de la universidad recordándome la entrega pendiente, como si el documento vacío no estuviera ejerciendo ya suficiente presión psicológica.

Cerré el correo y, sin pensarlo demasiado, abrí el chat de Hugo.

Antes del último mensaje había un audio de diecisiete segundos que había escuchado demasiadas veces, un te echo de menos, varios intentos fallidos de quedar y el mensaje que llevaba dos días mirando más de lo recomendable:

HUGO: Esta semana imposible, pequeña. Voy hasta arriba.

Una semana sin vernos no era tanto.

La gente sobrevivía a cosas bastante peores. Mudanzas. Exámenes finales. Grupos familiares de WhatsApp.

Aun así, cada vez que me ocurría algo durante esos días, mi primera reacción había sido pensar que quería contárselo.

La puerta se abrió unos centímetros.

—¿Has comido algo?

Mi madre asomó la cabeza con un montón de ropa doblada entre los brazos.

—Estoy estudiando.

Entró y dejó las camisetas sobre la cama.

—No te he preguntado eso.

—Pero quería que constara.

Su mirada pasó del portátil a los apuntes y terminó en mi manga.

La seguí.

Tenía una mancha azul en el codo. A mi lado había un rotulador fluorescente abierto.

—Ah.

—¿Qué has hecho?

—Creo que he absorbido tinta.

Mi madre cerró los ojos un segundo. Solo uno, pero suficiente para sospechar que estaba solicitando paciencia a alguna autoridad superior.

Cogió el rotulador y le puso el tapón antes de dejarlo lejos de mí.

—¿Has avanzado?

Miré la pantalla.

Título.

Nombre.

Fecha.

—Técnicamente sí.

—Marina.

—Poco.

No se enfadó. Se quedó ordenando las camisetas que acababa de traer, recolocando una que ya estaba perfectamente doblada.

—Hoy habías dicho que terminarías la práctica.

—Y la terminaré.

—También que recogerías un poco esto.

Miré alrededor.

Mi habitación conservaba el aspecto general de una tienda de ropa después de un saqueo.

—También.

—Y esta noche has quedado con Patri.

—Lo sé.

Mi madre dejó de tocar la ropa.

—Y cenamos a las ocho.

—Mamá, lo sé.

—Eso intento comprobar.

El tono seguía siendo tranquilo, pero algo en mí se puso a la defensiva antes de saber por qué.

—Voy a hacerlo.

—Vale.

Esperé.

Ella continuó mirando la habitación.

—¿Qué?

—Nada.

—Mamá.

Suspiró.

—Desde que estás con Hugo tienes la cabeza en demasiados sitios a la vez.

Ahí estaba.

—Eso no es verdad.

—No he dicho que sea culpa suya.

—Pero lo has metido en la frase.

Mi madre se sentó un momento en el borde de la cama.

—Porque cuando alguien te importa mucho tienes tendencia a reorganizar todo lo demás alrededor.

Quise responder inmediatamente.

No pude.

Me molestaba porque sonaba injusto.

Y me molestaba todavía más porque una parte de mí sabía que quizá no lo era del todo.

—Estoy intentando llegar a todo.

—Ya lo sé.

No había reproche en aquello.

Solo cansancio.

—Por eso te lo digo. Universidad, Patri, casa… y tú también, Marina. No puedes dejarte siempre para el final.

Aparté los ojos hacia el portátil.

—Estoy bien.




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