El día que no te buscaba

Capítulo 13. La distancia exacta

Me desperté tarde para ser domingo y, antes incluso de abrir del todo los ojos, supe que había dormido peor de lo que creía.

No porque estuviera cansada. Más bien porque mi cabeza empezó a funcionar demasiado rápido en cuanto recordé la noche anterior.

Carpa.

Hugo.

Su mejilla en lugar de su boca.

Hablamos, ¿vale?

Alargué una mano hacia la mesita y encontré el móvil sin necesidad de mirar.

Una notificación de Patri. Varias del grupo.

Nada de Hugo.

Me quedé unos segundos con la pantalla encendida, esperando no sé muy bien qué. Como si pudiera aparecer un mensaje simplemente porque yo lo necesitaba lo suficiente.

No apareció.

Bloqueé el teléfono y lo devolví a la mesita.

Cinco segundos después lo cogí otra vez para comprobar la hora.

Solo la hora.

Por supuesto.

Eran casi las doce.

—Genial.

Me incorporé y apoyé los pies en el suelo. El izquierdo aterrizó directamente encima de un rotulador, que salió rodando y perdió el tapón debajo de la cama.

Me quedé mirándolo.

Mi habitación tenía un talento especial para representar físicamente mi estado mental.

Los apuntes de Biología Marina seguían abiertos sobre el escritorio. Había folios, bolígrafos, dos sudaderas encima de la silla y la mochila abandonada en mitad del suelo. La taza del día anterior continuaba junto al portátil.

La práctica tampoco se había terminado sola durante la noche.

Muy poco colaboradora.

Me recogí el pelo y bajé a la cocina antes de que mi madre decidiera subir a comprobar si seguía viva.

Estaba sentada a la mesa con una taza entre las manos. Levantó la vista cuando entré.

—Buenos días.

—Buenos días.

Miró el reloj de la pared.

—Más o menos.

Abrí la nevera y me quedé delante sin saber qué quería. Después de unos segundos cogí la leche, la dejé otra vez y cerré.

Mi madre no dijo nada.

Eso era raro.

Después de la discusión del día anterior esperaba alguna continuación. Un «tenemos que hablar», un recordatorio sobre la práctica o, como mínimo, la versión maternal de una mirada que significara ya te lo dije.

En lugar de eso siguió tomando café.

Metí dos tostadas en la tostadora.

—Luego recogeré la habitación.

—Me parece bien.

Esperé.

Nada más.

Me giré hacia ella.

—¿Ya está?

Mi madre levantó una ceja.

—¿Qué quieres que añada?

—No sé.

—Yo tampoco.

La respuesta no fue borde. Solo cansada.

Y quizá por eso preferí no insistir.

Marc apareció entonces arrastrando los pies, abrió la nevera y sacó un yogur.

—¿Has sobrevivido al desprendimiento?

—Buenos días para ti también.

Señaló hacia el techo con la cuchara.

—Tu habitación.

—Mi habitación está perfectamente.

Mi madre dejó la taza sobre la mesa.

—No.

Marc asintió.

—Gracias.

—No os aliéis.

—No es una alianza —dijo él—. Es evidencia científica.

La tostadora saltó justo entonces.

Una tostada estaba bien.

La otra tenía un lado bastante más oscuro de lo recomendable.

Marc la miró.

Después me miró a mí.

Vi perfectamente cómo preparaba una frase.

—Ni se te ocurra.

Cerró la boca.

Sonrió.

Eso fue peor.

Cogí un cuchillo y empecé a rascar la parte quemada.

—Hoy la recogeré —dije.

Mi madre no necesitó recordarme que había prometido lo mismo el día anterior.

Lo pensé yo sola.

Subí con el desayuno y cerré la puerta de mi habitación detrás de mí. El móvil estaba donde lo había dejado.

No lo miré.

Dejé el plato sobre el escritorio, recogí el rotulador del suelo y me agaché para buscar el tapón.

Encontré dos bolígrafos.

Una goma del pelo.

Un calcetín.

El tapón apareció bastante más al fondo.

—¿Cómo llega todo hasta ahí?

Nadie respondió.

Empecé por el suelo porque parecía la única estrategia posible. Guardé los bolígrafos, cerré el estuche, llevé la taza a la puerta para bajarla después y fui separando ropa limpia de ropa que probablemente ya había perdido ese derecho.

Al principio recogía deprisa.

Después empecé a entretenerme con cada cosa.

Un recibo.

Una entrada vieja.

Un jersey que llevaba meses sin ponerme.

Era increíble la cantidad de tiempo que podía emplear una persona en decidir dónde guardar un objeto con tal de no pensar en otra cosa.

Cuando levanté una de las sudaderas encontré la libreta azul.

Me quedé quieta con ella en la mano.

No era un diario. Nunca había conseguido llevar uno más de tres días seguidos. Aquello era otra cosa. Un lugar al que iban a parar frases que escuchaba, cosas que se me ocurrían en el metro, pensamientos que me parecían importantes durante cinco minutos y después olvidaba por completo.

La abrí.

Entre las páginas estaba la servilleta doblada de la noche anterior.

La saqué con cuidado.

Hay conversaciones que terminan y otras que se quedan haciendo ruido.

Más abajo:

Hay días en los que nadie hace nada enorme y aun así algo se rompe.

La segunda me dio un poco de vergüenza.

Quizá porque había dormido.

Quizá porque de día todo parecía siempre ligeramente menos dramático.

Estuve a punto de arrugar la servilleta y tirarla.

No lo hice.

Volví a doblarla y la dejé entre las páginas.

En la libreta estaba la frase que había escrito antes de salir de casa:

Estudiar el mar no siempre se parece a quererlo.

Esa me hizo quedarme un poco más.

Había pasado tanto tiempo dando por hecho que estudiaría Biología Marina que cuestionarlo parecía casi una traición a una versión anterior de mí misma.

La Marina de diez años habría tenido clarísimo que aquello era exactamente lo que quería.

La de diecinueve estaba empezando a descubrir que querer algo y querer dedicarle tu vida entera podían ser cosas distintas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.