El despertador sonó a las siete y media y lo apagué con la seguridad de quien cree sinceramente que cinco minutos pueden cambiarle la vida.
Cuando volví a abrir los ojos eran las ocho y cuarto.
—Genial.
Me levanté tan rápido que conseguí ponerme unos vaqueros mientras avanzaba hacia el baño dando pequeños saltos porque una pierna había decidido quedarse atrapada a mitad de camino. Llegué frente al espejo con el pantalón colocado de una manera aproximada y el pelo confirmando que dormir cuarenta y cinco minutos de más tenía consecuencias.
Mientras me lavaba la cara vi el móvil sobre la cama.
No había sonado.
Eso no significaba nada, porque estaba en silencio.
Aun así lo cogí cuando terminé.
Nada de Hugo.
Me quedé mirando la pantalla un par de segundos y la bloqueé.
El domingo había decidido no correr detrás.
No había decidido que hacerlo fuera fácil.
Bajé a la cocina con la mochila colgada de un hombro. Mi madre ya estaba desayunando y levantó la vista cuando entré.
—Buenos días.
—Buenos…
Me acerqué a darle un beso en la mejilla.
No hablamos del sábado.
Tampoco del domingo.
La discusión seguía existiendo en algún sitio entre las dos, pero parecía que ninguna tenía demasiadas ganas de empezar un lunes utilizándola como desayuno.
Mi madre señaló la mochila.
—¿Hoy tienes clase todo el día?
—Hasta las dos.
—¿Llevas la práctica?
Me quedé quieta.
Miré la mochila.
Luego a mi madre.
Ella no dijo nada.
—Ahora vuelvo.
Subí las escaleras corriendo y regresé menos de un minuto después con el portátil bajo el brazo.
—Ahora sí.
Mi madre negó con la cabeza.
—No sé cómo sobrevives.
—Yo tampoco, pero de momento funciona.
Marc entró en la cocina justo entonces, despeinado y con una tostada en la boca. Observó el portátil, después la mochila y finalmente me miró.
—Cinco euros a que te has dejado el cargador.
Me quedé inmóvil.
No.
No podía ser.
Abrí la mochila.
Miré dentro.
Cerré los ojos.
Marc empezó a sonreír alrededor de la tostada.
—No digas nada.
Subí otra vez.
Su risa me siguió desde abajo.
—¡He ganado!
—¡No había apuesta!
Cuando salí de casa llevaba portátil, cargador, mochila y una dignidad bastante más difícil de localizar.
El aire frío terminó de despertarme de camino al metro. Saqué el móvil en la entrada de la estación para consultar la hora y durante un segundo mi dedo estuvo a punto de abrir automáticamente el chat de Hugo.
No lo hizo.
Guardé el teléfono.
Tres minutos después, ya dentro del vagón, volví a sacarlo.
Esta vez sí abrí WhatsApp.
Nada.
—Muy bien, Marina —murmuré.
Una mujer sentada delante levantó la cabeza.
Aparté la mirada hacia la ventana.
Hablar sola en transporte público probablemente tampoco ayudaba a mi imagen.
Volví a guardar el teléfono y apoyé la frente contra el cristal frío.
No quería escribirle.
Eso seguía teniéndolo claro.
Lo complicado era que una parte bastante importante de mí esperaba que cada vibración resolviera el problema por su cuenta.
Cuando llegué al campus encontré a Patri en nuestro banco de siempre. Aunque estudiáramos cosas diferentes, aquella zona se había convertido en una especie de estación intermedia antes de que cada una se marchara hacia su edificio.
Levantó una mano al verme.
—¡Eh!
Me acerqué y dejé la mochila en el suelo.
Patri me observó durante un par de segundos.
—Tienes mala cara.
—Gracias. Me he esforzado.
—No lo digo por las ojeras.
—Eso mejora muchísimo el comentario.
Sonrió y se desplazó para dejarme sitio.
—¿Has dormido?
—Sí.
—¿Bien?
Hice una mueca.
—Técnicamente.
—Eso significa que no.
—Eso significa que he estado inconsciente varias horas. No exijamos más.
Patri soltó una risa y consultó la hora.
—Tengo realización en diez minutos.
—Entonces deberías irte.
—Probablemente.
No se movió.
Esperé.
Ella me miró.
—¿Te ha escrito?
Ahí estaba.
Negué con la cabeza.
Patri abrió la boca, pero yo continué antes de que pudiera decir nada.
—Y yo tampoco.
Su expresión cambió ligeramente.
—Vale.
—¿Vale bien o vale Patri?
—Vale normal.
—Eso no existe.
—Hoy sí.
Me sostuvo la mirada durante un momento y después cogió la mochila.
—Entonces luego comemos.
—Vale.
—¿Aquí?
—Aquí.
Se puso en pie.
—A las dos.
—Sé interpretar una hora.
Patri señaló mi mochila.
—Hace cinco minutos habías olvidado un cargador.
—Son habilidades distintas.
—Claramente.
Me dio un pequeño golpe en el hombro antes de marcharse.
—Luego te veo.
—Luego.
La observé alejarse durante unos segundos y después entré en mi edificio.
La profesora estaba encendiendo el proyector cuando llegué al aula. Encontré sitio en una de las últimas filas y saqué el portátil, la libreta y un bolígrafo.
El móvil se quedó dentro de la mochila.
Al menos durante los primeros veinte minutos.
La clase era sobre ecosistemas costeros y, en condiciones normales, seguramente me habría interesado. Tomé apuntes. Conseguí seguir una explicación completa sobre zonas intermareales y hasta anoté una referencia que quería buscar después.
Luego la cabeza se me fue.
No directamente a Hugo.
Primero pensé en el mar.
En el domingo.
En lo bien que me había sentado estar allí sin hacer absolutamente nada útil.
Después pensé en la práctica.
En cuánto me había costado obligarme a terminar una página.
Y solo entonces apareció Hugo.
Supongo que mi cerebro había decidido tomar la ruta panorámica.
Volví a mirar la pantalla.
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Editado: 14.09.2026