Ver las estrellas se había convertido en una costumbre para mí.
A veces iba sola al parque en mitad de la noche, cuando todo estaba en silencio y el viento movía suavemente las hojas de los árboles. Me sentaba en una de las bancas frías, levantaba la vista al cielo oscuro y trataba de encontrar entre las estrellas algún recuerdo que aún no doliera demasiado.
En esos momentos siempre imaginaba que él estaba sentado a mi lado.
Que levantaba la vista conmigo.
Que seguía ahí.
Pero no lo estaba.
Y tal vez ese era el único recuerdo que realmente me quedaba.
Esta es la última vez que cuento esta historia.
Dos años atrás
Era mi último año en la preparatoria. En general, las cosas en mi escuela siempre habían sido fáciles. Muchos profesores ni siquiera se presentaban a clases y, cuando lo hacían, era común escuchar que algunos alumnos pagaban para pasar las materias. También corrían rumores desagradables sobre ciertos maestros y algunas chicas.
Era una escuela llena de secretos, pero para la mayoría de nosotros eso ya era parte de la rutina.
Aun así, para mí había algo que hacía aquellos días diferentes.
Mi mejor amigo.
Riu.
—¡Shino!
La voz de Sandra me sacó de mis pensamientos.
Sandra era mi mejor amiga desde hacía años. Tenía el cabello largo, negro y ligeramente ondulado que caía sobre su espalda. Era delgada, de figura estilizada, y su rostro siempre transmitía dulzura... hasta que alguien lograba hacerla enojar. Entonces su carácter fuerte aparecía y era mejor no provocarla demasiado.
—¿Mande? —respondí al verla acercarse.
Ella se detuvo frente a mí con una expresión seria.
—Recuerda que este fin de semana es mío, no de él.
Su voz sonaba suave, pero había algo apagado en ella. Me encogí de hombros con una pequeña sonrisa incómoda.
—Sandra, yo...
Suspiré antes de continuar, pero ella me interrumpió.
—Vamos, soy tu mejor amiga desde hace años —dijo mientras tomaba mi mano—. Y él solo llegó a tu vida hace unos meses.
Mordí ligeramente mi labio mientras sostenía su mirada.
Tenía razón.
A Riu lo conocía desde hacía poco tiempo. Se había cambiado a la escuela hacía unos meses y apenas comenzábamos a hablar, pero había algo en él que hacía que pareciera que lo conocía desde siempre.
Y eso era justo lo que Sandra estaba empezando a notar. Antes pasábamos casi todo el tiempo juntas. Ahora, muchas veces, yo estaba con él.
—Hablaré con él —dije finalmente.
Sandra sonrió de inmediato al escucharme.
—Pero hoy no vino a la escuela —añadí mientras me levantaba del asiento.
—Lo sé —respondí acomodando mi cabello—. Pero vendrá a buscarme más tarde. Quiere que lo acompañe a un lugar.
Sandra hizo una pequeña mueca de disgusto sabía exactamente lo que estaba sintiendo pero había algo que ella no sabía. Riu se había vuelto importante en mi vida por una razón muy específica había aparecido justo cuando más lo necesitaba.
Una semana antes
—¡¿Coño, ya quieres soltarla?!
La voz de mi hermano retumbó en la sala.
Mi padre tenía a mi madre tomada del cuello contra la pared.
Yo no podía hacer nada más que llorar.
Mis manos temblaban mientras veía cómo mi hermano Eduardo trataba de separar a mi padre de ella. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que iba a romperme el pecho. El aire parecía desaparecer dentro de la casa.
Había vivido escenas así desde pequeña... pero nunca dejaban de doler.
Nunca dejaban de asustarme las lágrimas caían sin control por mis mejillas no sabía qué hacer, no sabía cómo ayudar. Solo podía ver cómo mi madre luchaba por respirar después de unos segundos que parecieron eternos, mi padre finalmente la soltó. Mi madre cayó al suelo tosiendo mientras Eduardo la ayudaba a levantarse con manos temblorosas, mi hermano sacó su teléfono.
—Amigo... por favor ven rápido a mi casa.
Su mirada se encontró con la mía por un momento. En sus ojos solo había tristeza y frustración colgó el teléfono unos segundos después. Pasaron unos minutos en silencio.
Mi madre trataba de recoger algunas cosas mientras mi padre fumaba en el patio para "calmarse". Yo seguía llorando al verla con el rostro golpeado y los ojos vacíos.
Entonces alguien tocó la puerta Eduardo corrió a abrir y fue en ese momento cuando lo vi era alto, delgado, con el cabello negro ligeramente despeinado. Su piel era pálida y sus ojos color miel parecían observar todo con una calma extraña. Cuando entró, sus ojos se encontraron con los míos por un instante me miró en silencio sentí tanta vergüenza que bajé la cabeza.