El Dia Que Te Fuiste

06

Dos años atras.

Habían pasado varios días desde aquella pelea con Riu. Sin darme cuenta ya era Navidad, pero para mí las fiestas no tenían ningún significado ese año. Desde aquella tarde no lo había vuelto a ver. Tampoco me había atrevido a buscar a Javier ni a los demás chicos. Varias veces me habían preguntado si todo estaba bien, si había pasado algo entre nosotros, pero siempre respondía lo mismo: "no". Era más fácil mentir que explicar algo que ni siquiera yo entendía. Sandra se había ido de vacaciones con su familia, así que la casa se sentía demasiado silenciosa y vacía. El tiempo parecía moverse lento, como si el mundo estuviera detenido mientras mi mente seguía atrapada en aquella discusión. Esa tarde decidí salir a caminar. El aire era frío y las calles estaban casi vacías. Sin darme cuenta terminé frente a la fuente del parque, el lugar donde había hablado con Riu por primera vez. Me detuve mirando el agua caer lentamente. Todo parecía igual... y al mismo tiempo completamente distinto. Había algo extraño dentro de mí, una sensación difícil de explicar, como un hueco que no lograba llenar. Pensé que quizá era solo por la pelea. Tal vez solo necesitábamos tiempo.

Actualidad.

—¿Cómo estás el día de hoy? —la voz de la psicóloga me devolvió al presente.

Habían pasado dos meses desde la última vez que había ido a verla.

—Mejor... creo —respondí con un suspiro.

Las cosas en mi vida habían cambiado lentamente. El tiempo seguía avanzando y, sin darme cuenta, mi cumpleaños número veintiuno estaba cada vez más cerca.

La psicóloga hojeó su libreta antes de mirarme nuevamente.

—Shino... hay algo que Estefania tiene para ti.

Levanté la mirada con sorpresa. No había sabido nada de ella desde aquellos días.

—¿Qué es?

Ella sonrió apenas.

—Tendrás que esperar a tu cumpleaños.

Fruncí ligeramente el ceño, confundida, pero no insistí. Había aprendido que algunas respuestas siempre llegaban demasiado tarde.

Dos años atrás

cuando regresé a casa aquella tarde, algo se sintió extraño desde el primer momento. La casa estaba demasiado silenciosa. Cuando entré a la sala vi a mi padre sentado en el sofá... y junto a él estaba Javier. Los dos levantaron la mirada al verme. Fue entonces cuando lo sentí. Esa sensación fría en el pecho que te advierte que algo no está bien.

—Shino... —dijo Javier con la voz quebrada.

Sentí que el corazón comenzaba a latir más rápido.

—Tenemos que hablar.

Caminé hacia ellos con el estómago encogido.

—¿Sobre qué?

Javier tragó saliva. Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Es Riu, Shino... él...

No terminó la frase.

Bajó la cabeza.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—¿Qué pasa, Javier? —pregunté, casi gritando.

Necesitaba que hablara.

Necesitaba entender.

Pero cuando finalmente levantó la cabeza, las palabras que salieron de su boca aún siguen repitiéndose dentro de mí.

—Murió, Shino... Riu está muerto.

Por un segundo el mundo dejó de moverse.

—¿Qué...?

Sentí mis mejillas húmedas antes siquiera de darme cuenta de que estaba llorando miré a mi padre desesperada.

—¿Cómo que está muerto? ¡No! ¡No es cierto!

La habitación comenzó a dar vueltas.

—Murió ayer —continuó Javier con lágrimas en los ojos—. Le diagnosticaron cáncer el día del baile.

Sentí que el aire desaparecía negué con la cabeza una y otra vez.

—No...

Pero Javier ya estaba frente a mí, abrazándome mientras yo me derrumbaba en sus brazos.

Actualidad.

Sandra me miraba con una sonrisa desde el otro lado de la mesa.

—¿Segura que no quieres nada?

La miré y sonreí ligeramente. Había vuelto a sonreír... aunque todavía era difícil.

—No, tranquila. Solo quiero estar contigo y con los chicos.

Sandra se había unido al grupo de amigos de Riu y míos. Con el tiempo ella y Javier se habían llevado bastante bien.

—Entonces... ¿habrá fiesta? —preguntó tomando mis manos.

Me levantó de la silla y comenzó a saltar emocionada.

No pude evitar reír.

—¡Sí! Sí habrá.

Las cosas estaban cambiando poco a poco. Pero en el fondo de mi mente seguía rondando la sorpresa que Estefania tenía para mí.

Dos años atrás.

el día del funeral, no pude vestirme de negro. Simplemente no pude. Mi padre no dijo nada; solo me pidió que bajara al coche. No hablé en todo el camino. Cuando llegamos, la casa de Riu estaba llena de autos y de personas vestidas de negro. Tragué saliva mientras mis manos comenzaban a temblar. Bajé del coche lentamente. Mi padre me rodeó con un brazo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.