El Dia Que Te Fuiste

07

Dos años atrás.

Abrí los ojos lentamente. Sentía los párpados pesados e hinchados por haber llorado tanto la noche anterior. Solté un suspiro largo mientras miraba el techo de mi habitación. Todo estaba en silencio. Me incorporé despacio sobre la cama y giré la cabeza hacia la ventana. El cielo estaba gris, cubierto de nubes espesas que parecían reflejar exactamente cómo me sentía por dentro. Me levanté con movimientos torpes y en ese momento escuché que la puerta se abría. Era Eduardo. Se quedó en el marco de la puerta unos segundos antes de hablar.

—Shino... iremos al entierro. ¿Vendrás?

Negué con la cabeza sin mirarlo directamente. Sentí cómo entraba al cuarto y se acercaba a mí. Dejó un beso suave en mi frente.

—Tranquila...

Levanté la mirada por un instante. En sus ojos también había dolor. Él también había perdido a su amigo. Por un momento me sentí egoísta por pensar solo en mi propio vacío, pero aun así no podía dejar de sentir ese hueco enorme dentro de mí.

Pasaron alrededor de dos horas. La casa quedó en silencio y supuse que todos ya estarían en el panteón. Permanecí sentada en la cama mirando el suelo durante un largo rato hasta que finalmente me levanté. Me puse una blusa negra y una chaqueta del mismo color. Antes de salir respiré hondo. No sabía si tenía fuerzas para hacerlo... pero aun así caminé en dirección al panteón.

Actualidad.

Un grito de "¡Feliz cumpleaños!" me despertó de golpe.

Me senté en la cama sobresaltada, tallándome los ojos mientras trataba de entender qué estaba pasando. Cuando abrí bien los ojos vi a Sandra, Eduardo y Javier dentro de mi habitación.

—¡Feliz cumpleaños, Shino! —dijo Sandra lanzándose a abrazarme.

Aún medio dormida los miré confundida.

—¿Quién los dejó entrar?

Eduardo se cruzó de brazos con una pequeña sonrisa.

—Te recuerdo que yo todavía vivo aquí.

Suspiré mientras acomodaba mi cabello.

—Está bien... ¿y qué haremos?

Sandra me miró con una sonrisa misteriosa.

—Primero cámbiate y prepárate. Hoy será un día... emotivo.

La miré unos segundos y entendí inmediatamente a qué se refería.

Estefania.

Dos años atrás

cuando finalmente llegué al panteón, vi que la mayoría de las personas ya estaban saliendo. Me detuve en la entrada. Mis amigos y la familia de Riu caminaban lentamente hacia la salida y todos se detuvieron al verme.

Eduardo fue el primero en acercarse.

—Shino, ya aca...

Lo interrumpí antes de que terminara la frase.

—Me quedaré.

Él me miró en silencio. Sabía que todos habían escuchado. Poco a poco comenzaron a marcharse. Javier se acercó a mí y dejó un beso en mi mejilla antes de irse. Estefania fue la última en pasar frente a mí. Se detuvo un momento y acarició mi mejilla con ternura. Yo solo apreté los labios intentando no romperme frente a ella.

Cuando todos se fueron, el panteón quedó casi vacío.

Caminé lentamente entre las tumbas hasta llegar a la suya. Mis manos temblaban.

Cuando vi su nombre grabado en la lápida sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Me agaché frente a la tumba y respiré profundamente.

—Hola... idiota.

Una gota cayó sobre mi cabeza. Levanté la mirada y vi el cielo oscuro. La lluvia comenzaba a caer.

Entonces ya no pude detener las lágrimas.

—¿Por qué...? ¿Por qué te fuiste así? —susurré mientras mi voz se quebraba—. ¿Por qué, joder?

Las imágenes de nuestra pelea aparecieron en mi mente. Sus gritos. Su mirada llena de rabia. Las palabras que me habían destrozado.

Golpeé la lápida con fuerza.

El vacío dentro de mí parecía crecer cada segundo más.

—Riu...

El recuerdo de aquel beso volvió a mi mente como un relámpago.

De repente entendí algo que había estado evitando aceptar.

Me quedé en silencio unos segundos mirando su nombre.

Las lágrimas seguían cayendo sin detenerse.

—Te amo, Riu.

Las palabras salieron de mis labios casi en un susurro roto.

Sentí una mano posarse suavemente sobre mi hombro. Me giré y vi a un anciano sosteniendo un paraguas. Caminaba con dificultad. Miró la tumba por un momento antes de hablar.

—Ya vamos a cerrar.

Asentí en silencio. Me levanté lentamente y caminé hacia la salida sin decir una sola palabra. Cuando crucé la reja del panteón volví a sentirlo. Ese vacío enorme dentro de mí que parecía no desaparecer nunca.

Con el paso de los días dejé de dormir. Apenas comía. Mis padres comenzaron a preocuparse al verme cada vez más apagada. Fue entonces cuando decidieron llevarme con una psicóloga.




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