El Dia Que Te Fuiste

08

Actualidad.

El aire frío de la mañana me golpeó al salir de casa. Sandra y Javier bajaron las escaleras rápidamente, llenos de esa energía que siempre los caracterizaba. Eduardo los siguió con pasos más pausados, con la mirada firme pero dulce, y cuando bajé, los encontré parados en la puerta. Los tres sostenían en sus manos una rosa de papel, cuidadosamente hecha, como si cada pétalo contuviera un pedazo de la historia que había compartido con Riu.

—¿Qué hacen? —pregunté, con un nudo en la garganta, sorprendida y confundida. Solo me sonrieron, y fue entonces cuando Eduardo dio un paso al frente.

—Primera sorpresa será conmigo, así que vamos —dijo, tomando mi mano con suavidad, sin darme oportunidad a responder. Sentí cómo un cosquilleo recorrió mi brazo mientras él me guiaba. La mezcla de miedo y expectación hizo que mi corazón latiera más rápido, casi queriendo escapar de mi pecho.

Subimos al carro, y mientras Eduardo conducía, miré por la ventana todo el camino. Reconocí las casas, los árboles y el parque al que Riu y yo solíamos ir, donde por primera vez lo había abrazado. Cada recuerdo me golpeaba suavemente, trayendo consigo ese vacío que todavía no sabía cómo llenar. Cada esquina parecía murmurar su nombre, cada sombra me recordaba sus pasos, su risa, su presencia que ya no estaba.

—¿A dónde vamos? —pregunté en un susurro, más por necesidad de guía que por curiosidad. No recibí respuesta. Solo silencio. Y cuando llegamos, el carro se detuvo frente al parque, frente a aquella fuente donde tantas veces habíamos compartido momentos que ahora parecían tan lejanos.

Nos sentamos en el borde de la fuente. El agua chispeaba suavemente con la brisa, y por un instante, todo quedó en silencio. Los recuerdos de Riu comenzaron a danzar en mi mente, golpeando mi corazón con un dolor sordo. Apreté mis labios, intentando contener las lágrimas, y miré a Eduardo, buscando consuelo en sus ojos.

—Creo que es momento de superar y saber la verdad —dijo, con esa calma que me daba fuerza, mientras sacaba una carta de su chaqueta. La tomé con manos temblorosas, y al ver el sobre con mi nombre escrito con la letra redonda y grande de Riu, una mezcla de sorpresa y emoción me paralizó.

—Eduar... —traté de decir, pero él ya se había alejado hacia el carro, dejándome allí con la carta en la mano y un nudo en la garganta que no podía desatar.

Respiré hondo y abrí el sobre. Su letra, inconfundible, parecía hablarme directamente al corazón, y al leer sus palabras, una sonrisa se escapó entre mis lágrimas:

"Shino, todo esto lo preparé para este último cumpleaños juntos, pero como es obvio, no llegué jejeje. Es gracioso, al menos para mí. Hay mucho que explicar, y te diré: esta es la primera parada. No llores, disfruta como si estuviera ahí, porque lo estaré, ya verás."

Tapé mi boca con ambas manos, sintiendo cómo las lágrimas se deslizaban por mis mejillas sin control. El dolor y la nostalgia se mezclaban con la calidez de su recuerdo. Me quedé sentada en la fuente, escuchando el sonido del agua que parecía acompañar mi llanto, hasta que sentí la mano extendida de Sandra.

—Segunda parada, vamos —dijo con suavidad, y tomé su mano, limpiando mis lágrimas mientras caminábamos juntas. Cada paso parecía acercarme un poco más a aceptar lo que había perdido y a sentir que, aunque Riu ya no estaba, su amor aún me acompañaba.

Dos años atrás

Un mes había pasado desde aquel día, y mi hermano seguía insistiendo en que comiera algo.

—Tienes que comer —dijo, con esa mezcla de paciencia y preocupación que siempre me daba seguridad.

—No tengo hambre —respondí, bajando la cabeza, sintiéndome derrotada y vacía.

—Shino... él no querría que estuvieras así —insistió. Suspire y bajé la mirada, sintiendo que nadie parecía querer decirme la verdad.

—Nadie me quiere decir —murmuré con un hilo de voz. Mi hermano me miró con sorpresa y me tomó la cabeza entre sus manos, como si quisiera sostenerme entera y no dejar que me rompiera.

—Creo que deberías ver a Estefani —dijo, y en ese momento las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos. Me aferré a él, llorando con todo el peso del mundo sobre mis hombros.

Pasaron dos horas hasta que finalmente escuché su voz. Quitándome los audífonos, bajé las escaleras y ahí estaba ella Estefani, la hermana de Riu. Solo me miraba, y su mirada me rompía el corazón porque sabía que yo no podía entender completamente su dolor. Me senté frente a ella, y Eduardo nos dejó solas.

—Sé cómo te sientes —comenzó, con voz temblorosa—. Shino, ¿recuerdas esa pelea que tuvieron...?

Apreté los labios, sintiendo cómo el vacío en mi pecho crecía con cada palabra que decía.

—No sabes por qué pasó eso, ¿cierto? —negué con la cabeza. Noté cómo tragaba saliva antes de continuar—. Él solo vino a gritarte... y esta es la verdad el día del baile, en la mañana, antes de ir a buscarte, se enteró junto con mamá que tenía cáncer... pero él... —su voz se quebró y limpió una lágrima que caía por su mejilla— no quiso luchar ni decírtelo. Tomó la decisión de evitar que vieras cómo le afectaba, para que no fingieras que no te importaría y para hacerte sentir bien.

Abrí la boca, dejando que más lágrimas salieran sin mi permiso.




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