El Dia Que Te Fuiste

09

Desde ese día, mi vida comenzó a cambiar. Todo aquello quedó convertido en recuerdos... fragmentos de un pasado que aún dolía. Hoy, a dos años de su muerte, en mi cumpleaños número veintiuno, cada memoria en la que él seguía vivo me golpeaba con una realidad imposible de ignorar.

Caminaba junto a Sandra por calles conocidas. El aire era fresco, pero dentro de mí había un peso que no desaparecía. No hablamos mucho; no hacía falta. Hasta que, sin darme cuenta, llegamos a un campo... y lo reconocí.

Me detuve.

Miré a Sandra, y ella solo sonrió.

—Segunda parada... disfruta, Shino.

Antes de que pudiera decir algo, colocó un pañuelo sobre mis ojos. Mi respiración se volvió inestable mientras avanzaba con cuidado, aferrándome a su mano, temiendo tropezar... o tal vez, temiendo lo que venía.

De pronto, me soltó.

El viento rozó mi rostro, moviendo mi cabello con suavidad... y entonces lo sentí.

Una mano sobre mi hombro.

Mi piel se erizó al instante.

Otra mano tomó mi cintura con una delicadeza que mi cuerpo reconoció antes que mi mente. Mi respiración se detuvo cuando mi mano fue colocada sobre un hombro firme... familiar.

Bajé la cabeza.

Y entonces... su aroma.

Ese aroma que creí olvidado.

Sin pensarlo, apoyé mi frente contra su pecho y el mundo dejó de existir. Mis lágrimas comenzaron a caer sin control.

—¿Por qué...? ¿Por qué fue así...?

No hubo respuesta.

Solo una caricia en mi cabello... suave, cálida... suficiente para romperme aún más.

Mis manos temblaron antes de quitarme el pañuelo.

Y entonces lo vi.

Javier.

Con esa sonrisa triste que ya conocía.

Se inclinó y besó mi frente, dejando en mis manos la segunda carta. No dijo nada. Solo se alejó hacia donde estaba Sandra, dejándome sola con el eco de lo que acababa de sentir.

Me senté en el columpio... nuestro columpio.

Respiré profundo antes de abrir la carta.

Feliz cumpleaños... jejeje. La verdad es que esta carta la escribí semanas después... y ahora sé que no estaré contigo aquí. Jejeje... Shino, no sabes cuánto lo siento. Perdóname... pero aún falta una parada más. Sé que podrás.

Mis labios temblaron.

No pude contenerlo más.

Las lágrimas cayeron como una tormenta que llevaba demasiado tiempo contenida. Cubrí mi boca, intentando silenciar el dolor... pero era imposible.

Sentí la mano de Javier sobre mi cabeza... y, sin pensarlo, me giré para abrazarlo con fuerza.

Lloré.

Lloré como si todo volviera a romperse dentro de mí.

—Tercera parada, Shino...

Me separé lentamente, permitiendo que volviera a cubrir mis ojos.

Caminamos con cuidado. Esta vez no pregunté nada. Solo dejé que todo pasara.

Después de unos minutos, sentí cómo me ayudaban a subir a un auto. El trayecto fue silencioso... largo... o tal vez solo lo sentí así.

Cuando bajé, el suelo cambió bajo mis pies. Caminamos unos pasos más hasta que me detuvieron.

—Quítate la venda.

Lo hice.

Frente a mí... una puerta.

—Entra —escuché.

Tomé aire... y obedecí.

—¡Sorpresa!

El grito me envolvió.

El lugar estaba lleno de personas. Amigos... nuestros amigos. Globos, luces, risas... vida.

Me llevé las manos a la boca, sonriendo entre lágrimas.

Sandra y Javier me abrazaron, arrastrándome con ellos al centro. La música comenzó, y sin darme cuenta... estaba bailando.

Saltando.

Riendo.

Eduardo, Javier y Sandra a mi lado.

Y por primera vez en tanto tiempo... fui feliz sin culpa.

Pero entonces...

Me detuve.

En medio de todo.

Y la vi.

Estefanía.

De pie, a unos pasos de mí.

Sonriendo.

Mi sonrisa desapareció lentamente... y la suya también.

Caminé hacia ella.

Y cuando estuve lo suficientemente cerca... la abracé.

Fuerte.

Como si en ese abrazo cupiera todo lo que nunca dijimos.

Entonces, su voz susurró en mi oído:

—Última parada, Shino...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.