El Dia Sin Amanecer

Prologo

El mundo ha sido creado y destruido a lo largo de incontables eras. Durante siglos sin número, el universo ha presenciado el renacer de la vida y su desaparición en un ciclo eterno que se repite una y otra vez. Un ciclo sostenido por un equilibrio perfecto, donde la vida no puede florecer sin la muerte, y donde la muerte no representa solo el final, sino también el principio de un nuevo renacer. Todo cuanto existe tiene un comienzo y, de la misma forma, todo está destinado a tener un fin. Así como el universo ha conocido el suyo, también nosotros estamos destinados a conocerlo. Pero ¿qué ocurre cuando ese equilibrio se rompe? ¿Qué sucede cuando alguien que nunca debió haber nacido lo hace? Cuando surge un error que el propio universo reclama como ajeno a su orden, solo puede significar una cosa: el final se aproxima.

Sin embargo, antes de hablar del fin, es necesario conocer el comienzo. ¿Cómo nació la vida en nuestro universo? Una antigua leyenda, heredada de un pueblo anterior al nuestro —cuyo nombre significa los constructores, conocidos como los toltecas—, relata el origen de todas las cosas. De este pueblo poco se sabe, pero fue su legado el que conservó la historia de la creación. La leyenda cuenta que, en un principio, no existía nada. Entonces Ometeotl, el dios de la dualidad, aquel que se creó a sí mismo, concibió a Tonacatecuhtli, el Señor de Nuestra Carne, y a Tonacacihuatl, la Señora de Nuestra Carne, para que poblaran el universo. De su unión nacieron cuatro hijos: Xipe Tótec, Tezcatlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Se dice que los dioses crearon la ciudad de Teotihuacan en una era anterior a la existencia de los humanos. Antes de poder engendrar a la humanidad, fue necesario crear cinco mundos distintos. A esos mundos se les conocería como los Cinco Soles. Los Cinco Soles fueron los cinco intentos del universo por alcanzar el equilibrio perfecto, los cinco cielos que precedieron al mundo destinado a dar origen a la humanidad.

El Primer Sol, conocido como Nahui-Ocelotl, cuenta que al inicio de los tiempos el fuego y el agua combatían sin tregua en un espacio de caos primordial. Su lucha era interminable, hasta que los dioses decidieron poner fin a ese enfrentamiento y, a partir de su quietud, dar origen a la vida. El fuego y el agua se apaciguaron, y de su unión nació un reino de oscuridad: aquel mundo sería conocido como el Sol de la Tierra. Este primer Sol era gobernado por Tezcatlipoca. Su era fue cálida e inclemente, hostil para la vida, pues el ardor de la Tierra impedía que los cultivos crecieran y marchitaba todo cuanto intentaba florecer. Durante el tiempo del Primer Sol, los gigantes humanos —los Tzocuiliceque— caminaban sobre la Tierra alimentándose de raíces y semillas, mientras Tezcatlipoca reinaba supremo. Pero Quetzalcóatl, movido por los celos y la ira, ascendió a los cielos y atacó ferozmente a Tezcatlipoca. El golpe lo paralizó y lo hizo caer desde lo alto. Al estrellarse contra la Tierra, Tezcatlipoca se transformó en el espíritu de su animal sagrado: el jaguar. Bajo esa forma, desató su furia y destruyó a todas las criaturas vivientes que habitaban el mundo. Así llegó a su fin el tiempo del Primer Sol de la Tierra. Las tinieblas cubrieron todo cuanto existía y el mundo fue devorado por la oscuridad. La fecha de su destrucción fue 4-Jaguar, tras 676 xiuhmolpillis, marcando el final de la primera era.

El segundo ciclo fue el Sol del Viento, conocido como Nahui-Ehécatl. En esta era, Quetzalcóatl reinaba supremo y se corporizó en el Sol, enfrentando y venciendo a las tinieblas que aún amenazaban a la Tierra, creada por segunda vez. Este Sol fue más benévolo con la vida: permitió que las cosechas crecieran con abundancia y que los hombres vivieran en relativa dicha. Pero el equilibrio volvió a quebrarse. Esta vez fue Tezcatlipoca quien, consumido por los celos y el deseo de recuperar su dominio, ascendió a los cielos y derribó a su hermano de un solo zarpazo. En su caída, Quetzalcóatl desató un vendaval incontenible que desgarró los cerros y arrasó con todo a su paso. Los hombres, incapaces de mantenerse en pie, se vieron obligados a caminar encorvados, aferrándose desesperadamente a cuanto encontraban para no ser arrastrados por el viento. Algunos lograron sobrevivir, pero fueron transformados en monos. Así terminó el tiempo del Segundo Sol. El final ocurrió en el día 4-Viento, después de 376 xiuhmolpillis, cuando los vientos furiosos desgarraron las montañas y destruyeron todo cuanto existía.

El tercer ciclo fue el Sol de la Lluvia, conocido como Nahui-Quiahuitl. Tras la devastadora batalla entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, que había provocado la destrucción de la Tierra en los dos Soles anteriores, los dioses decidieron que ninguno de ellos debía volver a cargar con el honor de conducir al Sol. En su lugar, eligieron a Tlaloc, señor de la lluvia. Tlaloc reinó supremo durante la tercera creación del mundo. Sus aguas nutritivas devolvieron la vida a la Tierra, cubriéndola de ríos, lagos y océanos. La vegetación floreció nuevamente y los hombres se alimentaban de cereales, viviendo bajo un cielo generoso y fértil. Sin embargo, con la abundancia llegó la corrupción. Los hombres olvidaron los preceptos morales impuestos por los dioses y se entregaron a placeres malsanos, alejándose del orden que sostenía al mundo. Ante esta decadencia, tanto Quetzalcóatl como Tezcatlipoca comenzaron a conspirar contra Tlaloc. El dios de la lluvia, herido y furioso ordenó entonces a Xiuhtecuhtli, señor del fuego, que destruyera a la humanidad. Xiuhtecuhtli emergió como un volcán colosal y el cielo comenzó a llover fuego. Las llamas y las cenizas cayeron sin descanso, consumiendo y sepultando al mundo entero. Algunos hombres lograron sobrevivir, pero fueron transformados en aves. Así terminó el tiempo del Tercer Sol. Esta era perduró 78 xiuhmolpillis, antes de desaparecer bajo la lluvia ardiente del cielo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.