El Dia Sin Amanecer

Capitulo 2: Bajo el mismo fuego

Compartir la comida era una de las tradiciones más milenarias que sin importar tu raza todos tenían en común. Era el momento de día en el que sin importar que tan duro había sido tu trabajo, podías compartir el mismo tazón de sopa caliente con tus seres amados reunidos todos en una sola mesa a la misma hora compartiendo sus risas y sus anécdotas. Era un momento especial que podías compartir en familia, que junto a sus risas y un buen tazón de comida caliente bastaba para desaparecer todas tus preocupaciones. Para Quetzalli la mesa siempre estuvo sola, o al menos solo era acompañada por Yaotl, la cual hizo que se sintiera menos solitaria, pero nunca tuvo la compañía de su padre. No podía culparlo su trabajo es exigente y lo era todavía el doble por culpa de ella, la única razón por la que seguía viva era porque su padre había implorado al mismo tlatoani piedad por su hija. Al ser el sabio del Calmécac mostraron piedad y compasión ante él por su hija maldita y su esposa fallecida, pero sabía Quetzalli que pronto esa compasión podía expirar al igual que expira el aliento de un animal salvaje. Supuso que también su padre presentía lo mismo por lo cual pasaba más tiempo en Calmécac que en su propia casa, no podía culparlo por su ausencia, pero tampoco podía evitar sentirse sola.

Todos las mañanas compartía la comida con la única familia que tiene Yaotl, gracias a ella la casa se siente menos sola. La mesa era pequeña y baja, hecha de madera oscura, marcada por los años y por las manos que la habían rodeado incontables veces. Quetzalli y Yaotl se sentaban frente a frente, acompañadas solo por el sonido discreto del fuego y el roce de la comida servida en jícaras sencillas haciendo compañía mutua. Entre ambas, como siempre, había una silla vacía. La silla del padre. Permanecía allí cada mañana, intacta, sin ser retirada nunca, era una manera para Quetzalli de sentirse acompañada de su padre, a veces solía imaginarse a los tres sentados disfrutando de su compañía, tenía la esperanza que esa silla fuera ocupada por su dueño, así que se negaba a retirarla. Su padre siempre llegaba cuando el sol ya había descendido, cenaba en silencio y, antes de que el amanecer se asentara del todo, ya no estaba. Con la cercanía de la ceremonia del Fuego Nuevo —faltaba apenas un mes—, su ausencia se había vuelto aún más constante. Las responsabilidades del sabio crecían, se multiplicaban, y la casa aprendía a respirar sin él.

Para Quetzalli, aquello no era nuevo. Había aprendido desde niña que su padre era una figura de paso, una sombra respetada, una voz grave que enseñaba, pero no permanecía. Su verdadera familia estaba sentada frente a ella. Observó a Yaotl mientras comía. La anciana lo hacía despacio, con movimientos medidos, como si cada gesto tuviera un propósito que no necesitaba explicarse. Quetzalli sintió entonces una gratitud profunda, casi dolorosa, que le subió desde el pecho hasta la garganta. Le sonrió, una sonrisa suave, sincera, cargada de todo lo que no decía en voz alta. Le agradecía haberla escogido. Sabía lo que Yaotl había perdido. Sabía de la vida dura que había quedado atrás mucho antes de que ella naciera. La pérdida de su único hijo, un vacío que nunca se llenó. El esposo que se marchó junto con su familia, dejándola sola cuando más necesitaba compañía. El día en que dejó de ser llamada partera del calpulli, relegada a los márgenes por haber ayudado a su madre a traerla al mundo, como si el simple acto de permitirle nacer hubiera sido una ofensa imperdonable.

Ambas habían sido juzgadas sin haber elegido nada. Quetzalli bajó la mirada hacia su comida y luego volvió a alzarla, encontrándose con los ojos de Yaotl, no podía evitar pensar en las grandes similitudes que ambas comparten; las dos habían sido abandonadas por sus propias familias. En ese intercambio silencioso entendió algo que no necesitaba palabras: el mundo podía señalar, condenar y apartar, pero allí, en esa mesa incompleta, no estaba sola. Su única familia era su tlamatlqui. Y eso, pensó, había sido una elección que ninguna de las dos lamentaba, al menos ambas se hacían compañía mutua y eso bastaba para ambas. Quetzalli dejó que el silencio se alargara mientras masticaba despacio. Sus pensamientos, como siempre, regresaron a Yaotl, a la historia que había aprendido a reconstruir a partir de fragmentos, miradas esquivas y palabras dichas a medias.

Yaotl había tenido un hijo varón en su juventud. Lo sabía porque alguien se lo había contado una vez, en voz baja, como si pronunciarlo pudiera traer mala fortuna. El niño enfermó cuando aún era pequeño. No hubo señales extraordinarias, ni augurios claros, solo fiebre y un cuerpo que se fue apagando con los días. El calpulli dijo que era la voluntad de los dioses, una explicación suficiente para todos menos para ella. El cuerpo fue enterrado, el nombre se dejó de pronunciar, y el mundo siguió adelante como si nada esencial se hubiera perdido. Pero para Yaotl, todo cambió. Después de la muerte del niño, su pareja se marchó. No hizo ruido al irse. La familia de él tampoco volvió a mirarla de la misma forma; no la acusaron abiertamente, no la señalaron con palabras, pero el silencio fue más cruel que cualquier reproche. Yaotl aprendió entonces lo que significaba ser culpable sin que nadie lo dijera en voz alta.

Con el tiempo, dejaron de llamarla para los nacimientos importantes. Las mujeres del calpulli comenzaron a buscar otras manos. A Yaotl le quedaron los trabajos menores, las tareas domésticas, el fuego ajeno. Nadie la expulsó formalmente, pero el lugar que había ocupado desapareció poco a poco, como si nunca hubiera existido. Y luego llegó el día de su nacimiento. Una niña nacida en Nemontemi. Quetzalli sabía que aceptar ser su nodriza había sellado definitivamente el destino social de Yaotl. Ya no quedaba nada que perder. Aceptarla significaba cargar con el miedo de otros, con el rechazo definitivo, con la certeza de no volver a ser vista como antes. Yaotl lo sabía. No era ingenua. Entendía perfectamente lo que implicaba cruzar ese umbral. Y aun así aceptó. Y por eso Quetzalli estaría eternamente agradecida con ella.




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