El Dia Sin Amanecer

Capitulo 4: Bajo el asecho del jaguar

Quetzalli se internó en el bosque, aunque le había prometido a Izel que se regresaría inmediatamente a su hogar, no le gustaba esa sensación, de tener que esconderse de todos, ella tenía tanto derecho de disfrutar el sol como cualquiera otra persona nacida en estas tierras, no le gustaba sentirse aprisionada, por eso cada vez que podía se adentraba al bosque. Esperaba cuando el sol ya había comenzado a inclinarse para adentrarse, observaba como se filtraba su luz entre las copas irregulares de los árboles. Aquí, lejos de los canales ordenados y de las calles trazadas por la voluntad humana, el mundo respiraba de otra manera, lejos de todos esas miradas que siempre la juzgaban al pasar, se podía sentir libre, sentía que podía estar respirando después de haber aguantado por tanto tiempo la respiración, podía ser ella misma. El suelo era blando bajo sus pies, cubierto de hojas húmedas, raíces expuestas y manchas de barro oscuro que obligaban a caminar con cuidado.

El aire olía a tierra mojada, a vegetación viva y a agua estancada. Había también un aroma más denso, casi metálico, que no siempre se percibía pero que advertía de la presencia de animales. El bosque no estaba vacío. Nunca lo estaba siempre tenía compañía que al igual que ella era temida y cazada. Avanzó despacio, atenta a cada sonido. Entre las hierbas altas podían ocultarse serpientes, silenciosas y pacientes, listas para morder si alguien pisaba demasiado cerca. Sabía distinguirlas por el leve movimiento ondulante entre los tallos, por el silencio repentino de los insectos. También estaban los felinos menores, ocelotes y jaguares jóvenes que merodeaban las orillas del bosque, no siempre en busca de presas grandes, pero sí curiosos ante lo que se movía fuera de su rutina. Más arriba, en las ramas, los tecolotes observaban con ojos inmóviles, anunciando con su presencia que la noche no tardaría en reclamar el territorio. Quetzalli sonrió emocionada, la noche era su parte del día favorita, podía esconderse de todos, prefería la noche que el día.

Quetzalli ajustó el agarre de su lanza, la escondía en el mismo roble por el que siempre pasaba para adentrarse más en lo profundo, nunca sabía con quién podía encontrarse en el camino, con algún depredador o peor aún: alguno de su propia especie. No tenía miedo, pero tampoco confianza ciega. En ese lugar, sobrevivir dependía de reconocer que no se estaba en la cima de nada, con el tiempo se había dado cuenta de algo; si tu respetas a la naturaleza ella también te respeta, nunca tuvo algún encuentro con algún depredador que terminara despiadado, habían cruzado una que otra mirada con un jaguar, pero era como si los dos entendieran que, si tú no lo molestabas, él tampoco te molestaría. Y desde que aprendió esa regla básica y natural del bosque, ha podido vagar libremente, solo caza lo necesario, nunca de más, y da gracias por la vida que te sirve de alimento para ti, esa es la ley para Quetzalli, aunque hay algunos que la olvidan. Quetzalli desde joven aprendió a ser una cazadora nata, le enseño su propio padre a como caminar en el bosque, que frutos eran comestibles y que otros te mataban, le enseño a leer las estrellas y le enseño también a luchar. Sabiendo que no era posible protegerla todo el tiempo y sabiendo que su vida podía ser arrebatada por cualquier persona, su padre se encargo desde joven a enseñarla a luchar, a cazar y sobre todo, a sobrevivir por su propia cuenta y es algo de lo que siempre estará agradecida a él, ya que no era una enseñanza común que le dieran sus padres a sus hijas, pero ya debería saberlo, nada en Quetzalli era normal.

El sonido del bosque cambiaba conforme avanzaba. Los pasos ya no crujían tanto; el suelo se volvía más húmedo, más esponjoso. La vegetación se hacía espesa, con carrizos que crecían altos y cerrados, rozándole los brazos y el rostro. El cielo apenas se veía ya, fragmentado en parches de azul pálido entre hojas anchas. Las nubes pasaban lentas, pesadas, como si también observaran. Finalmente, el bosque se abrió. Ante ella se extendía el humedal. No era un claro seco ni un lago definido, sino una extensión viva de agua poco profunda, tierra empapada y vegetación anfibia. El suelo allí no era firme: cada paso podía hundirse varios dedos, y el agua afloraba con facilidad, formando pequeños espejos turbios que reflejaban el cielo y las ramas retorcidas. Plantas acuáticas crecían en abundancia, y los carrizos se mecían suavemente con la brisa, produciendo un susurro constante, casi hipnótico. Un humedal era un lugar de tránsito entre mundos: ni tierra firme ni agua abierta. Allí se refugiaban animales heridos, presas cautelosas y depredadores expertos. Era un sitio fértil, peligroso, cambiante. El tipo de lugar donde nada permanecía quieto por mucho tiempo.

Quetzalli se detuvo en el borde, respirando hondo. El aire era más frío allí, más pesado, cargado de humedad. Podía escuchar el chapoteo lejano de algo moviéndose bajo la superficie, el zumbido grave de los insectos y, más allá, un silencio profundo que no pertenecía a la calma, sino a la espera. Quetzalli se aferró a la lanza con ambas manos y avanzó un paso más, lenta, midiendo su respiración intentando contenerla. A lo lejos, apenas visible entre los carrizos, un conejo bebía del borde del agua. Sus orejas se alzaban y descendían con pequeños espasmos, atento, pero todavía confiado. Era joven, delgado; lo justo. Cazar lo necesario, no de más. El lema le cruzó la mente como una oración breve. Sonrió apenas. Tenía el ángulo. Tenía la distancia. El humedal se abría frente a ella como un espejo roto, y el animal estaba justo donde debía estar. Se inclinó, cuidando que el barro no delatara su peso, y dio otro paso. Entonces, de pronto se escuchó un ruido a su espalda. No fue fuerte, pero sí suficiente como para alertar a su presa. El conejo se irguió de golpe y, con un salto seco, se internó más allá, hacia la zona donde el agua se volvía traicionera y los carrizos crecían tan densos que el cuerpo debía abrirse paso a empujones. Quetzalli apretó los dientes maldiciendo a quien provoco aquel ruido.




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