Quetzalli lo miró un instante más, midiendo la distancia, el peso del silencio, evaluando sus opciones las cuales no eran muy favorables para ella, en todas terminaba perdiendo. Pensó que lo más sensato sería irse, dejarle el conejo, dejarle el territorio. No valía la pena perder la vida por su culpa, sabía lo irascible que podía llegar a ser Zēlotl. Había una razón por la cual Izel insistía en tanto que Quetzalli evitará a Zēlotl, no era simplemente por su personalidad violeta y por la fama de ser uno de los guerreros más sangrientos de todo el imperio, eso era lo de menos, la razón por la que tanto insistía Izel en que evitará a Zēlotl era por una riña pasada que habían tenido ambos en la infancia, una que no termino muy bien y que por poco pierde la vida en sus manos pequeñas cuando era joven, ahora no se imaginaba cuando era un adulto, todo porque Quetzalli había humillado al joven orgulloso Ocelopilli y él juro vengarse de ella, de ahí la insistencia de Izel en que lo evitará, siempre pensó que era demasiado precavido, ahora entendía su preocupación, lástima que era demasiado tarde para ella, pero aún tenía una oportunidad, aprovechando una pequeña distracción se giró sobre sus talones y echó a correr. El aire silbó detrás de ella. Quetzalli se detuvo en seco y se giró por instinto, justo a tiempo para ver su lanza atravesar el aire con violencia. El arma voló a su lado y se incrustó en el tronco de un árbol, temblando aún, con el conejo todavía clavado en la punta. La corteza se astilló. El impacto resonó en el humedal. El corazón le golpeó el pecho. Se volvió, furiosa. Zēlotl la observaba con calma, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
—¿No te han enseñado —le reprocho— que es de mala educación darle la espalda a alguien cuando te está hablando?
—¿De verdad me estás regañando por mis modales —escupió ella— cuando casi me matas?
Zēlotl rio, una risa corta, sin alegría.
—Si no hubieras pensado en huir, no habrías tenido que olvidarte de ellos —respondió—. Y considéralo una advertencia.
Sus ojos rojos se endurecieron.
—Si vuelves a intentarlo… no fallaré.
Quetzalli no corrió. En lugar de eso, avanzó decidida y con firmeza, mirándolo con sus ojos marrones desafiantes. Cada paso fue deliberado, firme, ignorando el barro, el peligro, la cercanía. Se detuvo frente a él, lo suficientemente cerca como para sentir su sombra.
—¿Qué quieres de mí? —escupió de golpe.
La sonrisa de Zēlotl regresó, lenta, complacida.
—Si quieres salir viva de aquí —le advirtió—, deberías ser más… agradable. Tu vida depende de qué tan buen humor tenga hoy.
Dio un paso más, invadiendo su espacio.
—Y créeme —añadió severo—. estoy empezando a perderlo.
Quetzalli no le sonrió.
—Si crees que voy a temerte —respondió, con la voz firme—, te equivocas. He vivido demasiado tiempo con miedo. Ya no tengo lugar para más.
La sonrisa de Zēlotl desapareció. Por primera vez, su expresión se volvió fría, afilada. Se inclinó hasta quedar a su altura, cortando toda distancia, su presencia aplastante. Su voz descendió a un murmullo oscuro junto a su oído.
—Eso es porque aún no me conoces.
Se acercó un poco más.
—¿Sabes qué podría en este momento arreglar el error que cometió el mundo contigo? —susurró sombrío—. Podría matarte en este momento, en este bosque y nadie me culparía por ello, ¿Crees que alguien lloraría por tu ausencia?
Quetzalli sintió el peso de esas palabras clavarse más hondo que cualquier arma.
—Sabes tan bien como yo lo que pasaría —continuó divertido—. Si todos se enteraran de tu ausencia… celebrarían tu muerte, suspirarían aliviados, dejarías de ser una carga.
Su voz fue apenas un hilo, cruel y certero.
—Para tu padre y para todos.
Quetzalli sintió como si aquella lanza que antes había fallado en darle al blanco ahora se hubiera clavado justo en su corazón, sentía que la habían apuñalado porque la verdad es lo que más duele en vez de un golpe. Y ella sabía que esa era su verdad, pero no dejaría que saliera ileso de esa contienda. Zēlotl sonreía orgulloso como si el hecho de haberle hecho daño solo con sus palabras bastaba para ganar esa contienda, tal vez pensó que Quetzalli le lloraría, que buscaría refugio en él o que le rogaría por su misericordia abogando a que su era una repudiada odiada por todos. Pero lejos de hacer lo que el esperaba, Quetzalli levantó la mirada, sus ojos irradiaban el odio que sentía a su persona, lo cual desequilibrio por un instante a Zēlotl que la miro consternado por su reacción ya que no era la reacción que él esperaba de ella, en cambio solo obtuvo su desprecio, en vez de llorar, Quetzalli se río de él, lejos de alejarse de él como cualquier otra persona razonable haría en su lugar, hizo lo contrario, rompió toda distancia que los separaba y lo miro fijamente a esos ojos rojos, como cuando una presa mira a su depredador.
—¿Crees que los dos somos diferentes? —le escupió—. ¿Qué se siente tener todo para ganar todo y aun así seguir perdiendo?
Quetzalli soltó una carcajada llena de ironía.
—¿En verdad te atreves a burlarte de mi cuando tu situación es todavía más lamentable que la mía? —replico molesta, sabía que probablemente terminaría muerta después de decir todo esto, pero bueno que al menos valiera la pena—. ¿Qué se siente heredar esos ojos rojos que demuestran tu linaje tan noble? ¿y aun asi seguir a la sombra de tus hermanos? ¿Qué se siente tener la fuerza y el poder para tomar todo, sabiendo que todos te odiaran de igual manera? ¿Qué se siente que tu madre por ser una simple concubina no puedas heredar el puesto del tlatoani?