El Dia Sin Amanecer

Capitulo 6: Bajo las Estrellas

Quetzalli despertó antes del amanecer, usualmente eso hacía todos los días para observar el amanecer desde su propio refugio para después poder mostrarse ante la sociedad, pero ese día iba a ser diferente. Cuando la casa aún estaba en silencio y el aire conservaba el calor suave del día. Abrió los ojos con una emoción contenida, distinta a la inquietud que solía acompañarla. Hoy acompañaría a su padre al templo, y esa sola idea la impulsó a levantarse sin demora, era de las pocas oportunidades que Quetzalli tenía para poder pasar tiempo con su padre y no pensaba desaprovecharla. Se sentó en el borde del petate y comenzó a cambiarse con cuidado, eligiendo prendas que no llamaran la atención. No buscó colores vivos ni bordados llamativos; prefirió un atuendo modesto y tenue, de tonos claros, casi apagados, aunque ese tipo de vestimenta es la que normalmente suele usar a pesar de ser una pipiltin, una noble, pero era mal visto por la sociedad que al ser la hija del sabio del calmécac usará ropa que normalmente vestiría un pipiltin, pero se esperaba que ella vistiera humildemente, por eso normalmente su ropa consistía en colores opacos, nada llamativos, ni hablar sobre el uso de joyas.

Su huipil era sencillo, de tela ligera, cayendo recta sobre su cuerpo, sin adornos innecesarios. La cueitl, larga y amplia, rozaba el suelo al moverse, del mismo color suave, pensada para pasar desapercibida más que para ser admirada. Luego se ocupó de su cabello. Normalmente lo llevaba suelto o apenas recogido como se esperaría de cualquier señorita soltera, únicamente las mujeres casadas podían llevar su cabello recogido, pero aquella tarde quiso verse distinta. Lo peinó con paciencia, separándolo en dos secciones iguales, y trenzó cada una con cuidado, ajustándolas al final con listones blancos. El gesto era simple, casi infantil, pero le daba una apariencia ordenada, serena, como si también su mente intentara alinearse con el momento que se aproximaba. Por último, calzó sus cactli, bien ajustados, gastados por el uso, pero firmes. Al atarlos sintió el suelo bajo los pies, real, presente. Era un detalle pequeño, pero importante: quería caminar junto a su padre sin tropezar, sin retrasarse, sin ser una carga. Se miró un instante en el reflejo apagado del agua. No parecía una joven destinada a grandes ceremonias ni a miradas expectantes, estaba su corazón rebosante de felicidad, no solo por el hecho de que pasaría tiempo con su padre, sino por el hecho de que podría asistir al templo.

Cuando salió al exterior, el cielo comenzaba a cambiar. El sol comenzaba a ascender lentamente, y la luz se volvía más cálida, más profunda. Quetzalli respiró hondo, siempre evitaba salir cuando el amanecer empezaba a salir, se sentía desnuda, como si los dioses pudieran verla y supieran que ella era un error y que debía de desaparecer. Siempre evitaba salir a los amaneceres, pero esta vez el miedo que normalmente sentía cada día, se hizo más débil, comparado a la emoción que sentía de estar con su padre. Respiro profundamente, dio un paso saliendo de su hogar, ajustó las trenzas sobre sus hombros y se dispuso a reunirse con su padre, con una calma nueva en el pecho, como si, al menos por esa tarde, el mundo hubiera decidido concederle un respiro. Quetzalli cruzó el umbral y lo vio a su padre esperándola junto a la puerta, inmóvil, como si hubiera estado allí desde siempre. La luz del atardecer lo envolvía con suavidad, delineando su figura contra el cielo que comenzaba a tornarse dorado.

Su cabello negro caía largo sobre su espalda. Los sabios del Calmécac tenían prohibido cortarlo, y en él el paso de los años no había restado dignidad, sino que parecía haberla acumulado. Lo llevaba anudado con un cordel de algodón, sencillo, sin adornos, manteniéndolo recogido con la misma disciplina con la que mantenía sus pensamientos. Algunos mechones plateados se mezclaban ya entre el negro profundo, discretos, inevitables. La piel de Acolmiztli era morena, curtida por el sol y el tiempo, marcada no por el combate, sino por las horas de estudio, vigilia y responsabilidad. Su rostro era alargado, de líneas firmes, con pómulos suaves y una mandíbula que denotaba determinación más que dureza. Los años habían trazado arrugas finas alrededor de sus ojos, no de amargura, sino de observación constante. Sus ojos, de un color oscuro y profundo, casi obsidiana, eran tranquilos, atentos, como si siempre estuvieran midiendo algo que los demás no alcanzaban a ver. En ellos no había juicio cuando la miraban, solo reconocimiento.

Vestía con la sobriedad que exigía su oficio. Sobre el torso llevaba un xicolli de algodón fino, impecable, adornado con flecos delicados en el borde inferior que se mecían apenas con la brisa de la tarde. Encima, envolviendo sus hombros, caía su tilmatli, anudado detrás del cuello con precisión ritual. Todo era blanco puro, sin una sola mancha, como si cada prenda hubiera sido pensada no para destacar, sino para servir. Al verla, Acolmiztli no sonrió de inmediato. La observó un segundo más de lo habitual, deteniéndose en las trenzas, en los listones blancos, en la quietud con la que se mantenía de pie. Luego, su expresión se suavizó.

—Estás lista —dijo simplemente.

Quetzalli asintió, sintiendo algo acomodarse en su pecho. Se colocó a su lado y, sin necesidad de más palabras, ambos emprendieron el camino. Bajo la luz menguante del día, padre e hija avanzaron juntos, vestidos de blanco, como dos figuras que aún no sabían que el mundo estaba a punto de pedirles algo demasiado alto.

El camino los condujo hasta el templo de Quetzalcóatl, y Quetzalli sintió el cambio incluso antes de verlo por completo. El murmullo de la gente crecía conforme se acercaban, mezclándose con el sonido de pasos, voces bajas y el golpeteo rítmico de instrumentos rituales afinándose a lo lejos. La fachada se alzaba imponente frente a ellos, sólida y perfectamente trazada. No era un edificio tosco, sino geométrico y preciso, construido en piedra clara y recubierto en algunas secciones con estuco que aún conservaba restos de pigmento antiguo. Las escalinatas anchas ascendían hacia una plataforma elevada, flanqueadas por muros inclinados que guiaban la mirada hacia lo alto. A ambos lados, relieves tallados representaban serpientes emplumadas, sus cuerpos ondulantes recorriendo la piedra como si aún se movieran, las plumas delineadas con tal detalle que parecían vibrar con la luz del atardecer. En lo alto, el santuario principal se erguía con sobriedad. No estaba recargado de ornamentos innecesarios; su diseño respondía al orden y al equilibrio. Las columnas y muros mostraban motivos astronómicos y símbolos del viento, recordatorios constantes de que Quetzalcóatl no era solo dios, sino principio: movimiento, conocimiento, ciclo.




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