El Dia Sin Amanecer

Capitulo 7: Bajo el mismo cielo

Quetzalli salió del templo con paso lento, como si el mundo no tuviera prisa por alcanzarla. Había pasado más tiempo del que creyó. El día era uno de los más benignos de toda la temporada: el viento corría cálido, sin aspereza, como una caricia ligera sobre la piel; los rayos del sol caían con suavidad, sin quemar, sin castigar. El cielo se extendía limpio, amplio, de un azul tan claro que parecía recién creado. Alzó la vista y pensó, no sin asombro, en lo extraño que era aquello: todos compartían el mismo cielo… y, sin embargo, cada quien vivía una historia distinta bajo él. Todo era hermoso, en verdad dolorosamente hermoso. Y de pronto, le pareció un desperdicio no poder disfrutarlo un poco más. Suspiró, intentando recuperar la vieja costumbre. Esa sonrisa que solía aparecerle cuando llegaban las malas noticias, como si el gesto pudiera amortiguar el golpe. Sabía que este día llegaría. Siempre lo supo. Solo que, en su imaginación, había sido distinto. Había pensado que sería un día lúgubre, que los cielos estarían pesados, llorosos por su ausencia, que el sol se ocultaría temprano, que el viento rugiría su nombre clamando por justicia, que la naturaleza misma sabría que alguien estaba a punto de irse, que al menos los cielos lloraría por su ausencia, pero para su sorpresa no era como se lo había imaginado. El cielo tenía un clima tan precioso, era demasiado bueno, por un instante, la idea se abrió paso en su mente, cruel y absurda a la vez: Tal vez incluso los cielos se alegraban por su partida, tal vez la estaban esperando con ansias y por eso se estaban regocijando por su inminente llegada. La sonrisa se le quebró apenas, no quería partir, esa era su cruel verdad, quería disfrutar del mundo, quería seguir sintiendo el sol sin medir el tiempo, quería caminar aun al lado de Yaotl, quería seguir viviendo y se había esforzado tanto para poder lograrlo, aguanto todo tipo de desprecio, de miradas enfurecidas, aguanto tanto su odio y se los contesto con una sonrisa sin guardarles resentimiento, ¿Por qué ahora le pagaban así? El viento volvió a rozarle el rostro, tibio, indiferente, y Quetzalli entendió entonces que el mundo no se detenía por nadie. Que la belleza no pedía permiso para existir. Y, aun así, con el corazón apretado y los ojos fijos en el cielo claro, dio un paso más hacia adelante, como quien se obliga a continuar cuando lo único que desea es quedarse. Se obligo a no llorar, no dejaría que le robarán más de lo que ya habían hecho, no quería aceptarlo, no quería aceptar que moriría por ellos, ella tenía tanto derecho de vivir como cualquiera de ellos.

Quetzalli avanzó por las calles sin rumbo fijo, dejándose llevar por el pulso de la ciudad. A su alrededor, los niños corrían, tropezaban y reían, persiguiéndose con torpeza feliz. Sus risas rebotaban contra los muros de las casas y se deslizaban por los canales como si el aire mismo quisiera conservarlas. Las madres los observaban desde la sombra, algunas sentadas, otras conversando entre ellas, con sonrisas tranquilas, confiadas, como si el mundo fuera un lugar seguro por defecto. Todo convivía en una paz cotidiana, sencilla, ajena ¿Por qué no podían convivir de esa manera con ella? ¿Cuál había sido su pecado? ¿nacer? ¿de eso había tenido culpa? ¿por eso todos la odiaban? ¿asi justifican su odio a ella? Y entonces, la ira se abrió paso, no fue súbita; fue densa, acumulada, vieja. Quetzalli sintió cómo le subía desde el pecho hasta la garganta, amarga. Se enojó con todos ellos. Con sus risas fáciles. Con esa felicidad que parecía no costarles nada. Mientras ellos disfrutaban de sus vidas, ella había sufrido desde el primer aliento. Quiso gritarles que no la merecían, quiso romper esa calma, destruirla, como si al hacerlo pudiera equilibrar algo, quiso culparlos de todas sus desgracias, quiso gritarles por qué. ¿Por qué obligaron a su madre a no dar a luz durante tres días consecutivos? ¿Por qué obedecieron al miedo, al augurio, al calendario, mientras su madre se consumía? ¿Por qué, aun así, ella nació? Nació en el último día de los nemontemi, cuando el tiempo no debía parir nada. Quiso borrar esas sonrisas, apagar esas risas, quiso que sufrieran como ella había sufrido, con el temor constante de que cualquier día tocaran a su puerta para ofrecerla como sacrificio, como si su vida fuera una deuda pendiente desde el principio. Los miró con dureza. Por un segundo, la idea de hacerlo todo añicos fue tentadora. Dejar que el odio tomara forma. Dejar de cargarlo en silencio, pero siguió caminando. Porque, aun con el corazón ardiendo, sabía que, si cedía a ese impulso, si hacía de su dolor un arma, solo confirmaría lo que siempre habían dicho de ella. Y eso, incluso ahora, no estaba dispuesta a concederlo, no permitiría que le arrebatarán lo ultimo que le quedaban, no les haría ese favor, no haría que calmará su conciencia que pensarán que estaba bien ofrecerla como sacrificio para calmar a los dioses, no les daría eso, quería que se sintieran culpables por su muerte, como alguien que nunca les causo daño terminaron todos asesinándola, esa sería la maldición que les dejaría Quetzalli, que nunca dejarán de pensar en ella, y se preguntará si su espíritu vengativo vendría por todos ellos, mientras Quetzalli iría al Mictlán para disfrutar del paraíso. Apretó sus puños impidiendo que todo ese odio que tenía acumulado en su corazón explotará ante todos ellos, así que decidió alejarse de la ciudad y adentrarse más hacia el lago para poder disfrutar de su vista.

Quetzalli siguió caminando, y mientras sus pasos la llevaban más lejos del templo, la comprensión comenzó a asentarse con una claridad incómoda. Ella sabía de qué se trataban los sacrificios. Siempre lo había sabido. No eran simples muertes. No eran castigos arbitrarios. Eran la forma de mantener al Quinto Sol con vida. Así como los dioses se habían sacrificado para ponerlo en movimiento, los hombres debían responder del mismo modo. Era un intercambio antiguo, un pacto sostenido con sangre y voluntad. Quetzalli lo entendía. Lo había aprendido desde niña, sentada junto a su padre, escuchando sin interrumpir. Lo entendía… pero, aun así, la pregunta persistía. ¿Por qué ella? Normalmente, los sacrificados eran prisioneros de guerra o ixiptla. Y los ixiptla no eran vistos como víctimas, todo lo contario eran vistos como el mismo dios caminando sobre la tierra. Se elegía a alguien físicamente perfecto, a veces un esclavo, a veces un joven guerrero. Durante meses —incluso un año entero— vivía rodeado de lujos, vestido como la deidad, educado, venerado. El pueblo lo adoraba, lo alimentaba, lo escuchaba cantar y reír, sabiendo que su muerte sería sagrada, necesaria, casi gloriosa. Quetzalli apretó los labios, ella nunca había vivido entre lujos, nunca había sido adorada y su muerte no sería para nada gloriosa, nunca había sido celebrada como encarnación divina. La educación que poseía se la debía únicamente a su padre, no a la benevolencia del pueblo. No era esclava. No era prisionera. No era una guerrera de alto rango. Ni siquiera encajaba en la figura ritual del sacrificio perfecto. Y además… ni siquiera era el tipo de ceremonia donde se exigía una mujer. No se trataba de un festival dedicado a Toci, ni a Xilonen, ni a ninguna de las diosas de la tierra que reclamaban sacrificios femeninos. En esos rituales, además, siempre había voluntarias. Mujeres que se ofrecían, conscientes del honor y del peso de su elección. Aquí no había elección. Quetzalli sintió un nudo formarse en su estómago. Entonces, si no era por su belleza ritual, ni por su rango, ni por su voluntad, ni por la deidad invocada… ¿Por qué ella? La respuesta comenzó a dibujarse sola, oscura, inevitable: porque no la veían como una ofrenda, la veían como un problema porque no era una ixiptla, era una Nemontemi. No la querían por lo que representaba ante los dioses, sino por lo que representaba para el miedo de los hombres. No para honrar el ciclo… sino para cerrarlo. Para borrar el error. Para devolver al mundo una ilusión de orden. Quetzalli apretó los puños mientras avanzaba, sintiendo cómo la comprensión se convertía en algo más pesado que el miedo. No la estaban escogiendo para salvar al Sol. La estaban escogiendo para tranquilizarse a sí mismos. Y esa verdad, más que cualquier presagio, fue la que más le dolió.




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