Quetzalli estaba sentada en el comedor, con las manos apoyadas sobre sus muslos, la espalda recta por costumbre más que por voluntad. Frente a ella, en la cabecera, Acolmiztli guardaba silencio, con el rostro serio y cansado. A su lado se encontraban Yaotl, rígida, con los labios apretados, e Izel, que evitaba mirar a cualquiera directamente. El aire se sentía pesado, como si la casa misma contuviera el aliento. Quetzalli aún no lograba comprender lo que estaba ocurriendo. ¿Su vida había empeorado… o se había salvado? La idea de seguir con vida no le traía alivio inmediato, solo más preguntas. Todo se había vuelto confuso, contradictorio, demasiado grande para asimilarlo de golpe. Notando lo abrumada que estaba, Acolmiztli finalmente rompió el silencio.
—El Consejo de Ancianos —dijo con voz grave— estaba decidiendo ofrecerte como sacrificio en la ceremonia del Fuego Nuevo.
Las palabras cayeron con un peso absoluto.
—Has cumplido la mayoría de edad —continuó—. Y consideran que tu existencia, prolongada más allá de la infancia, podría provocar el enojo de los dioses si no se actúa antes de que cierre el ciclo.
Yaotl abrió los ojos con brusquedad.
—¿Sacrificio…? —susurró, llevándose una mano al pecho—. ¿Después de todo este tiempo…?
Izel desvió la mirada, clavando los ojos en el suelo, como si ya hubiera escuchado esa sentencia demasiadas veces. Quetzalli, en cambio, no reaccionó, solo se limitó a asentir. Ya había aceptado esa posibilidad desde hacía años y justo ahora ya había vuelto asimilar esa posibilidad. Tal vez por eso no sintió rabia, ni sorpresa cuando su padre solo le confirmo lo que tanto Quetzalli había pensado. Solo una resignación antigua, gastada, que volvía a acomodarse dentro de ella como una herida conocida. Acolmiztli continuó:
—Fue entonces cuando Tlamacazqui Yaotécatl vino a buscarme al templo. Me llevó de regreso al Calmécac —siguió—. Y fue allí donde los encontré debatiendo si ofrecerte como sacrificio. Pero debo ser honesto —bajó la mirada un instante—, para entonces, la decisión ya estaba casi tomada.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Incluso estaban considerando anular el compromiso con Izel.
Quetzalli levantó la vista lentamente.
—Porque una mujer como yo —concluyo con calma— no puede ser la esposa principal de alguien como él.
Izel apretó los labios.
—Fue mi culpa —admitió, con la voz baja—. No fui firme con mis padres. No supe enfrentarme a ellos.
—No te culpes —intervino Acolmiztli de inmediato—. Entiendo su preocupación. No los juzgo por temer. Yo habría hecho lo mismo de estar en su lugar.
Luego miró a Quetzalli, con una expresión distinta, más inquisitiva.
—Pero hay algo que no entiendo —dijo confundido—. ¿Cómo es que conoces al Ocelopilli?
Quetzalli sostuvo su mirada apenas un segundo… y la desvió.
—¿Qué fue lo que pasó después? —preguntó, evitando la respuesta.
Acolmiztli suspiró.
—Izel y yo continuamos deliberando con el Consejo. Pero debo decir la verdad: íbamos perdiendo —respondió frustrado—. Era difícil hacerlos entrar en razón. Por un momento temí tener que recurrir al tlatoani para detenerlos.
Guardó silencio, como si reviviera la escena.
—Y entonces… —levantó la vista— entonces ocurrió.
Quetzalli sintió un nudo en el estómago.
—El Ocelopilli entró al recinto —continuó Acolmiztli—. Lo hizo sin anuncio previo, seguido de sus guardias. Y declaró, ante todos, que deseaba casarse con la hija del sabio del Calmécac.
Yaotl dejó escapar un suspiro ahogado, Izel añadió, con una sonrisa amarga:
—“Sorprender” se queda corto para describirlo. Nadie esperaba verlo cruzar esa puerta —comentó serio—. Su sola presencia… intimidó incluso a los más osados.
—Algunos se atrevieron a preguntarle sus razones —prosiguió Acolmiztli—. Le recordaron que había rechazado todos los intentos de compromiso anteriores.
Quetzalli sintió cómo todas las miradas volvían a caer sobre ella, Izel fue quien la repitió, como si aún resonara en sus oídos:
—“Tengo una deuda pendiente con ella.”
—Eso fue todo —continuó—. Dijo que deseaba saldarla tomándote como su esposa principal. Y que cualquiera que intentara hacerte daño tendría que pasar primero por él.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier sentencia. Quetzalli bajó la mirada, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. No sabía si acababa de ser salvada… o si acababa de ser entregada a algo aún más peligroso. Quetzalli permaneció en silencio unos instantes, intentando ordenar lo que acababa de escuchar. La confusión le pesaba en el pecho como una piedra.
—¿Entonces… cómo terminó todo? —preguntó al fin, con voz queda, aunque en sus ojos ardía la inquietud.
Acolmiztli se pasó una mano por el rostro antes de responder.
—No terminó —le aclaro—. Algunos miembros del Consejo se opusieron incluso a que el Ocelopilli te tomara como esposa principal. No olvidan que, pese a todo, sigue siendo hijo del tlatoani… y uno que ha dado grandes logros al imperio. La decisión final deberá ser aprobada por su padre.