El Dia Sin Amanecer

Capitulo 10: Arrastrados por el compromiso

Quetzalli lo analizó en silencio, Zēlotl llenaba la tlapalcalli con su sola presencia. No era solo su estatura ni la anchura de sus hombros lo que la hacía sentir intimidada, sino sus ojos: aquel rojo profundo, antinatural, que parecía arder incluso en la penumbra. Había algo en esa mirada que no observaba, sino que evaluaba, como si midiera cuánto resistía algo antes de quebrarse. Por un instante tuvo la sensación absurda de que, si bajaba la guardia, aquellas pupilas podrían prenderle fuego por dentro. Vestía como lo que era. El atuendo de guerrero jaguar se ajustaba a su cuerpo con la naturalidad de quien lo ha llevado demasiadas veces para notarlo. La piel moteada del jaguar caía sobre uno de sus hombros, oscura y pesada, contrastando con su piel cobriza. Bajo ella, el pectoral de cuero endurecido y los brazales marcados por el uso hablaban de batallas reales, no de ceremonias. Su cabello negro, largo, estaba recogido de forma práctica, dejando el rostro descubierto: facciones duras, nariz recta, labios firmes, una belleza peligrosa que no pedía aprobación. El ambiente que los rodeaba era frío y silencioso, como si la habitación misma contuviera el aliento. Quetzalli sabía perfectamente cómo debía desarrollarse un encuentro formal. Un anfitrión debía ofrecer asiento, agua, cacao; un saludo ritual, palabras medidas, el respeto que marcaba la jerarquía. Pero aquello no era una visita. Ella no era su invitada. Y Zēlotl no era su anfitrión. No había cortesía entre ellos, ni estaba destinada a haberla. Ambos lo sabían. Aun así, Quetzalli no era de las que retrocedían. Dio un paso al frente, rompiendo la distancia ritual sin pedir permiso. Alzó el rostro y lo miró fijamente, sin titubear, sin desviar los ojos.

—Anula el compromiso —exigió, con voz firme—. No tienes ningún derecho sobre mí.

Zēlotl soltó una risa baja, cargada de ironía, que resonó en la estancia como una provocación calculada.

—¿Así agradeces que te haya salvado la vida? —replicó entre risas—. Sin mí, ahora mismo estarías siendo lavada, vestida y bendecida… para que te arranquen el corazón en el Fuego Nuevo.

Se encogió de hombros con una calma que rozaba la crueldad.

—Así que, de nada.

El silencio volvió a caer entre ellos, más tenso que antes, como una cuerda estirada al límite. Y Quetzalli supo, en ese instante, que aquella conversación no sería breve ni sencilla… y que ninguno de los dos pensaba ceder sin arrancarle algo al otro. Los dos eran hostiles entre ambos, y ninguna pensaba ceder ante el otro, no había ninguna cortesía en medio, solo su puro desprecio por el otro. Zēlotl la observó un segundo más, como si calibrara cuánto más podía tensar la cuerda antes de que se rompiera.

—Deberías mostrar un poco más de gratitud —añadió, con la voz baja y afilada—. No todos se interponen entre una Nemontemi y el cuchillo ritual.

—Nunca te pedí ayuda —lo interrumpió Quetzalli, sin alzar la voz, pero con una firmeza que cortó el aire—. No te debo nada.

Zēlotl volvió a reír, esta vez con una mueca ladeada, casi divertida.

—Tal vez tú no —concedió—. Pero tu padre sí.

La sonrisa se le tensó en los labios.

—Si lo hubieras visto en el Calmécac… —continuó burlándose—. Tan desesperado, jamás había presenciado algo así, Acolmiztli parecía dispuesto a humillarse con tal de salvarte. El Consejo estaba decidido a sacrificarte más que nunca, nunca los vi tan obstinados con nadie como lo estaban contigo.

Dio un paso lento, como si paseara dentro de la conversación.

—No voy a mentirte —añadió—. Fue imposible no sentir algo de compasión por él. Sobre todo, cuando su yerno…

Soltó una risa breve, cruel.

—…resultó ser un completo inútil.

Quetzalli apretó los dientes.

—Indeciso, débil —prosiguió Zēlotl, sin molestarse en ocultar el desprecio—. Tan desesperado por parecer razonable que estaba dispuesto a rebajarte a una simple concubina con tal de que el Consejo retirara el cuchillo de tu cuello.

La miró de arriba abajo, evaluándola con descaro.

—¿Eso es lo mejor que puede ofrecerte? —preguntó—. ¿Un hombre que prefiere negociarte como si fueras una concesión antes que enfrentarse a quienes deciden tu muerte?

El silencio se volvió áspero. Zēlotl se detuvo frente a ella, con los ojos rojos brillando con una mezcla peligrosa de burla y verdad.

—Créeme —concluyó—, el desastre era absoluto… hasta que yo entré.

Quetzalli apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Se mordió la lengua para no insultarlo allí mismo. Sintió cómo algo dentro de ella se retorcía, no solo por la crueldad de sus palabras, sino porque, por mucho que le doliera admitirlo, sabía que parte de lo que decía era cierto. Odiaba la forma en que hablaba de Izel, la ligereza cruel con la que lo despojaba de dignidad, pero no se atrevió a defenderlo. No porque no quisiera, sino porque en el fondo sabía que aquellas palabras, por más despiadadas que fueran, tenían verdad. Y eso era lo que más le dolía. Nunca le agradecería, prefería que le clavarán ese cuchillo en su corazón antes que decirle una palabra de agradecimiento a esa bestia. Se sintió impotente, arrancada de su propia decisión, obligada a aceptar una salvación que no había pedido y que ahora pesaba como una deuda que jamás quiso contraer. Ser salvada por él… por ese hombre… le resultaba casi más humillante que la muerte.




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