El Dia Sin Amanecer

Capitulo 11: Arrastrados por una alianza

Quetzalli llegó a su hogar cuando el sol ya comenzaba a inclinarse, tiñendo el patio interior de tonos dorados que normalmente le habrían resultado reconfortantes. Esta vez no. El cansancio no era físico, sino una presión constante en el pecho, como si cada paso que daba la hundiera un poco más en una decisión que no terminaba de aceptar, pero que ya no podía ignorar. Sentí que su corazón palpitaba con fuerza, aun podía saborear el sabor de su sangre en su boca, aun podía sentir sus labios irritados por aquel beso, y aun podía escuchar latir con fuerza su corazón. Seguía sin creerlo, ¿Por qué tenía que ser tan impredecible? ¿Acaso solo deseaba alimentar el desprecio que ya siente por él? No tenía que poner tanto empeño para lograrlo. Por un momento sintió que algo caliente comenzaba a recorrer todo su cuerpo, esa cercanía a ella podía sentir su aliento sobre su cuello, ese calor que tanto emanaba su cuerpo sentía que en cualquier momento pudo consumirla. Ahora no podía dejar de pensar en él, solo se arrepentía de no haberlo mordido más fuerte, debió de haberlo hecho sangrar más, solo así se calmaría su furia. Apenas cruzó el umbral, Yaotl apareció de inmediato. Sus ojos envejecidos, siempre atentos, la recorrieron con preocupación.

—¿Dónde has estado? —preguntó, con la voz tensa, como si temiera la respuesta.

Quetzalli dudó un instante, luego decidió no mentir.

—Fui a ver a mi prometido.

El rostro de Yaotl palideció un segundo antes de endurecerse. Dio un paso al frente, alarmada.

—¿Qué hiciste? —exclamó—. ¿No habrás arruinado la unión?

Quetzalli negó despacio.

—Mucho a mi pesar… no pude arruinarla.

El aire pareció abandonar los pulmones de la anciana. Yaotl se llevó una mano al pecho y, sin decir nada más, abrazó a Quetzalli con una fuerza inesperada para su edad.

—No podría soportarlo —murmuró, con la voz quebrada—. No podría perderte… y tu padre tampoco. Sé cuánto odias este compromiso, hija mía, lo sé. Pero si esto puede salvarte la vida… te lo ruego.

Quetzalli cerró los ojos y devolvió el abrazo. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió ganas de huir.

—He sido egoísta —admitió en voz baja—. Pensé solo en lo que yo sentía, y no en el dolor que les causaría si desaparezco. Ya lo entiendo… aceptaré el compromiso.

Yaotl se separó lentamente, buscándole el rostro como si necesitara asegurarse de que seguía allí. Entonces sonrió, una sonrisa suave y sincera.

—Tú mereces vivir más que nadie en este mundo —dijo con convicción—. Los dioses te lo concederán, ya verás.

Quetzalli negó con una leve mueca.

—Lo dudo —murmuro incrédula—. Nunca he sido del agrado de los dioses.

Yaotl chasqueó la lengua, como reprendiendo esa idea.

—Entonces tal vez sean ellos quienes te han protegido todo este tiempo —respondió—. Ven, la cena está lista.

Quetzalli asintió y la ayudó a colocar los platos sobre la mesa. El sonido de la cerámica, el aroma de la comida caliente y la rutina sencilla del momento fueron disipando, poco a poco, el torbellino de pensamientos que la habían acompañado todo el día. Mientras acomodaba los utensilios, algo se asentó en su interior con una claridad dolorosa: necesitaba ese compromiso. No por Zēlotl, no por el Consejo, ni siquiera por los dioses. Lo necesitaba porque, si ella moría, su padre y Yaotl morirían con ella. Y eso, ahora lo sabía, era un precio que no estaba dispuesta a pagar, debía de mantener esa unión.

Durante varios días, Quetzalli permaneció en un estado de silenciosa reflexión. Sabía que la decisión que había tomado era la correcta, no solo para ella, sino para todos los que amaba, y aun así no lograba aquietar la inquietud que le anidaba en el pecho. El compromiso era necesario, inevitable incluso, pero había algo que se negaba a disiparse: ese beso. No había sido tierno ni deseado, pero había logrado quebrar algo en ella. Quetzalli siempre se había enorgullecido de no dejarse intimidar, de sostener la mirada, de no retroceder. Sin embargo, aquel gesto había conseguido exactamente eso: hacerla dudar, incomodarla, recordarle que había entrado en un juego peligroso del que ya no podía salir ilesa. Cuando habló con Izel y le contó lo ocurrido, él le rogó una vez más que anulara el compromiso, que juntos encontrarían otra solución. Quetzalli escuchó en silencio, pero las palabras crueles de Zēlotl resonaban con demasiada fuerza en su memoria: cómo había ridiculizado a Izel, cómo había insinuado que estaba dispuesto a rebajarla a concubina con tal de salvarla. No se atrevió a reprochárselo. En el fondo, lo entendía… y esa comprensión la llenaba de una humillación amarga. Se sintió traicionada, no solo por Izel, sino por la idea de que su vida había sido una moneda de cambio, utilizada por otros para escalar, negociar o sobrevivir. Por eso no aceptó su ayuda. Por eso, aun con repulsión, comprendió que solo podía confiar muy a su pesar en Zēlotl.

No había otra forma de seguir con vida. Así que, al día siguiente, apenas despuntó la mañana, Quetzalli se levantó con una determinación que no sentía desde hacía tiempo y se dirigió a la residencia de Zēlotl. Su conversación no había terminado; lo sabía. Yaotl no intentó detenerla. Solo le pidió, con voz baja y cansada, que no lo echara a perder. Esta vez, al cruzar el umbral, el recibimiento fue distinto. Le ofrecieron cacao caliente en una vasija finamente pulida. Un gesto simple, pero significativo: cortesía. Al menos esta vez, pensó, no sería tratada como una intrusa. Aquello ya era una pequeña victoria. Se encontraba aun sosteniendo la bebida entre las manos cuando Zēlotl apareció. Venía recién bañado. Su cabello negro, largo y espeso, caía suelto sobre los hombros, aún húmedo, dejando caer pequeñas gotas de agua que se deslizaban por su cuello y se perdían en la tela de su vestimenta. No llevaba el atuendo de guerrero jaguar. En su lugar, vestía de manera más sobria, casi civil: un xicolli de algodón oscuro, sin adornos militares, ceñido al torso; debajo, un maxtlatl bien ajustado, y sobre los hombros un tilmatli sencillo, de tonos tierra, anudado con descuido elegante. Sin las pieles, sin las garras ni los símbolos de guerra, seguía siendo imponente, pero de una forma distinta, más contenida… y quizá más peligrosa. Zēlotl la observó un instante antes de sonreír, una sonrisa ladeada, triunfal.




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