Quetzalli alzó la vista apenas lo suficiente para contemplarla sin faltar al respeto. Tlapalizquixochtzin poseía una belleza severa, de esas que imponían distancia en lugar de invitar cercanía. Su piel era de un tono moreno claro, pulido y uniforme como la piedra trabajada, y sus ojos oscuros, profundos, parecían observar más allá de lo visible, como si nada escapara a su comprensión. Era alta para una mujer y mantenía la espalda recta con una naturalidad que hablaba de autoridad más que de orgullo, digna de ser la princesa de Ecatepec; su complexión era esbelta pero firme, la de alguien que no necesitaba alzar la voz para ser obedecida. Su rostro ovalado estaba trazado con líneas finas y decididas, la nariz recta, los pómulos suaves y los labios de un rojo natural que no sonreían ni desaprobaban, simplemente evaluaban. Vestía un huipil de algodón finísimo bordado con hilos carmesí y turquesa que formaban flores y serpientes entrelazadas, símbolos de poder, y sobre los hombros llevaba una tilmatli ligera sujeta con un broche de jade; en el cuello descansaba un pectoral de placas verdes que tintineaba apenas al moverse, mientras brazaletes de oro discreto rodeaban sus muñecas como recordatorio silencioso de su rango.
Se encontraban solas dentro del pabellón real, una estructura temporal levantada para que los pipiltin descansaran durante el banquete y donde se alojaban el tlatoani y su esposa legítima, la Cihuapilli. Las cortinas de algodón habían sido bajadas, aislando el interior del ruido exterior, y sobre ellas se extendía un diseño extraordinario de orquídeas de distintos colores que parecían casi vivas bajo la luz de las antorchas. El aire era más fresco allí dentro, cargado con el aroma de las flores y el incienso, y el silencio se sentía denso, casi ceremonial. La Cihuapilli la observaba directamente a los ojos, escrutándola con una atención tan minuciosa que Quetzalli tuvo la sensación de que cada uno de sus pensamientos estaba siendo pesado y clasificado. Era una mujer astuta, peligrosa en su quietud, capaz de decidir destinos sin mostrar emoción alguna, y Quetzalli permanecía arrodillada ante ella sin atreverse a levantar del todo la mirada, consciente de que estaba siendo evaluada, de que la reina analizaba no solo sus palabras sino las razones que la habían llevado hasta allí y, sobre todo, si debía verla como aliada o enemiga.
El dolor comenzó a instalarse lentamente en sus rodillas por la postura, extendiéndose como un ardor que subía por sus piernas, pero no podía moverse ni hablar hasta que la Cihuapilli se lo permitiera. Pensó que la haría esperar largo tiempo, que aquel silencio era otra prueba más, una forma de medir su resistencia, y se preparó para soportarlo cuanto fuera necesario. Tlapalizquixochtzin habló al fin, y su voz llenó el pabellón con una autoridad serena que no necesitaba elevarse para imponerse.
—Hija de Acolmiztli, nacida en el calpulli de Moyotlan… la Nemontemi, Quetzalli —pronunció con claridad, saboreando cada palabra—. Has osado pedirle a tu Cihuapilli una reunión privada durante el gran banquete. Dime, hija de Acolmiztli, ¿a qué se debe tan severa falta de respeto mostrada el día de hoy?
Quetzalli permaneció arrodillada. El ardor en sus rodillas era ya insoportable, pero el dolor quedaba eclipsado por el latido acelerado de su corazón. Sabía que, si no respondía lo que la Cihuapilli deseaba escuchar, aquello podría interpretarse como una ofensa directa, y ni siquiera su padre tendría el poder suficiente para protegerla del castigo severo que le darían por su insulto. Inspiró profundamente, obligándose a mantener la voz firme.
—Mi Cihuapilli… no era mi intención faltarle al respeto —hablo con timidez—. Mucho menos habría tenido la osadía de solicitar esta reunión en privado si las circunstancias no lo ameritaran…
—¿Circunstancias? —la interrumpió con frialdad—. ¿Acaso crees que porque tienes problemas puedes acudir a mí para que los solucione?
Quetzalli apretó las manos contra la tela de su falda.
—Me casarán con el Ocelopilli —declaro finalmente—.
Al decirlo, levantó apenas la mirada, lo suficiente para observarla de reojo. El cambio fue inmediato. Donde antes había desprecio puro, enojo por la osadía de haberla interrumpido, ahora surgía algo distinto: una sonrisa apenas contenida, una luz astuta encendiéndose en sus ojos. Sus facciones se suavizaron como si la noticia hubiera sido exactamente lo que esperaba escuchar. Intentó disimularlo, pero Quetzalli lo había visto.
—Ese asunto aún no ha sido aclarado oficialmente —respondió con un tono mucho más medido—. ¿Por qué estás tan segura de que se aprobará tu compromiso?
—Mi padre me lo confirmó —dijo Quetzalli con una inocencia cuidadosamente calculada—. No sé si debería decirlo… después de todo, él es el sabio del Calmécac. No quisiera meterlo en problemas.
La reina la observó un momento más y entonces, con una voz inesperadamente dulce, casi maternal, añadió:
—Levántate primero —le pidió—. Puedes alzar la mirada cuando hables conmigo.
Quetzalli obedeció con gratitud silenciosa. Al incorporarse sintió cómo la sangre regresaba dolorosamente a sus piernas; sus rodillas estaban enrojecidas por la presión, pero al menos ya no tenía que soportar aquella postura humillante. Cuando finalmente se atrevió a mirarla de frente, comprendió algo con absoluta claridad: Tlapalizquixochtzin era, sin duda, la mujer más hermosa de Tenochtitlan, pero también la más peligrosa. Su mente trabajaba con una rapidez casi visible, evaluando cada palabra, cada gesto, calculando cómo podría convertir aquella situación en ventaja. Quetzalli lo entendía. La reina vivía rodeada de un harén de mujeres tan hermosas como ambiciosas, todas compitiendo por el favor del tlatoani, todas esperando que su hijo fuera el elegido para heredar el poder. En un mundo así, la bondad era una debilidad mortal. Tenía que ser cruel para sobrevivir, para protegerse a sí misma y a sus hijos. Lo comprendía, pero no la justificaba de ser alguien tan cruel.