El jardín interior del Tecpán parecía pertenecer a otro mundo cuando caía la noche. Quetzalli avanzó lentamente por el sendero de piedra pulida, temiendo que cualquier paso demasiado brusco rompiera el hechizo silencioso que envolvía el lugar. La luz de la luna descendía sin obstáculos desde el cielo abierto del patio, derramándose como una capa de plata líquida sobre las flores, los estanques y los troncos oscuros de los árboles antiguos. Todo brillaba con un resplandor tenue, como si el jardín respirara al ritmo de la noche. Se detuvo junto a un pequeño espejo de agua donde crecían lirios acuáticos y hojas de nenúfar que flotaban inmóviles, reflejando el disco blanco de la luna con tal perfección que parecía haber dos cielos enfrentados. El aire estaba impregnado de aromas dulces y frescos: el perfume intenso de las flores de cempasúchil nocturno, el toque delicado de las magnolias abiertas bajo la penumbra y el olor húmedo de la tierra regada horas antes. Entre los arbustos trepaban enredaderas cargadas de pequeñas flores blancas que brillaban como diminutas estrellas atrapadas entre las hojas.
Más allá, los xochicuahuitl —árboles de flores— extendían sus ramas formando bóvedas naturales. De ellas colgaban racimos de pétalos rojos y anaranjados que el viento apenas movía, dejando caer de vez en cuando una lluvia silenciosa sobre el suelo de petates finos. Aquí y allá se alzaban vasijas de barro pulido con arreglos florales cuidadosamente dispuestos, evidencia de que aquel lugar no era solo un jardín, sino un santuario dedicado a la belleza y al poder. El murmullo lejano del banquete apenas llegaba hasta allí, convertido en un eco distante que hacía sentir el jardín aún más aislado, como si estuviera suspendido entre dos mundos: el del bullicio humano y el del silencio de los dioses. Solo se escuchaba el canto ocasional de algún ave nocturna y el roce del viento entre las hojas. Quetzalli alzó el rostro hacia la luna. La contempló como si buscara en ella una respuesta, o tal vez consuelo. La luz plateada delineaba su silueta y hacía brillar sus ojos con un reflejo húmedo que no provenía solo del resplandor nocturno. Por un instante, allí, rodeada de flores y sombras, pudo fingir que no había intrigas, ni compromisos, ni destinos escritos por manos ajenas. No era capaz de ver a Zēlotl, se sentía avergonzada por como lo había tratado, lo estaba tratando como todas las personas la trataban a ella, se avergonzaba de ella misma, solo que no podía creer lo cruel que podía ser las personas a su alrededor. Al haber escuchado como su propia madrastra le había confesado querer asesinarlo, ser despreciado por sus propios hermanos y ni siquiera ser visto por su propio padre, entendía porque llegaba a tener una actitud salvaje, era como Quetzalli, solo con la diferencia en que Zēlotl nunca ha tenido a nadie en quien apoyarse.
—Quetzalli —hablo sereno—. Supongo que entonces tu encuentro con mi madre salió mal…
Quetzalli giró sobresaltada al escuchar su nombre pronunciado a sus espaldas. Al voltearse observo aquellos ojos rojos que se iluminaban en medio de la oscuridad, Zēlotl estaba allí, emergiendo de entre las sombras como si hubiera sido parte de ellas desde el principio. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad casi sobrenatural bajo la luz tenue de la luna, dos brasas encendidas en medio de la oscuridad. Su cabello negro caía suelto sobre los hombros, fundiéndose con la noche hasta hacerlo parecer una extensión de ella misma, y su piel morena reflejaba la luz opaca con un resplandor suave que delineaba la dureza de sus facciones. La línea firme de su mandíbula, el puente recto de su nariz y la curva apenas insinuada de sus labios componían un rostro hermoso de una manera peligrosa, como un arma finamente tallada. Vestía de forma sencilla aquella noche, sin armadura ni símbolos de guerra, y aun así su sola presencia imponía más que cualquier uniforme. Sonreía. Era una sonrisa burlona, ladeada, casi provocadora… pero Quetzalli alcanzó a percibir lo que se escondía detrás: cansancio, algo roto, una tristeza antigua que ni siquiera él parecía dispuesto a reconocer. Lo había juzgado como todos los demás, lo había odiado como el mundo la odiaba a ella, lo había despreciado del mismo modo en que el mundo la despreciaba a ella.
Él le había salvado la vida… y ella lo había recompensado diciéndole que prefería morir antes que casarse con él. Se preguntó cuántas de esas palabras le habrían dolido. Cuánto daño le había hecho. Zēlotl nunca respondió a sus ataques, nunca la humilló de vuelta. Bueno… salvo aquel beso atrevido que aún ardía en su memoria, y del que, muy en el fondo, sabía que también había sido cómplice. Ahora estaba allí, frente a ella, bajo la luna. Seguramente la había seguido al verla abandonar el pabellón de la Cihuapilli. Fingiría que lo hacía por estrategia, por su plan… pero en el fondo Quetzalli comprendía la verdad: había venido porque se preocupaba por ella. Tal vez porque se veía reflejado en ella. Solo sabía una cosa con certeza: el hombre que tenía delante no merecía el odio que todos le profesaban. Todos le debían una disculpa. Ella la primera. No dijo una palabra. Cruzó la distancia entre ambos y lo abrazó con fuerza. Zēlotl se quedó completamente inmóvil, como si el mundo acabara de romper una de sus leyes más fundamentales. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, rígidas, incapaces de decidir si debía corresponder o apartarla. Parecía más desconcertado por ese gesto que por cualquier amenaza.
—¿Salió mal? —preguntó finalmente, con una cautela inusual en él.
Quetzalli negó contra su pecho.
—No… todo salió según lo planeado.
Zēlotl frunció el ceño, todavía sin comprender.