El Dia Sin Amanecer

Capitulo 17: Arrastrados por el fuego

Desde su posición, Quetzalli observó cómo las primeras hileras de personas comenzaban a abandonar la ciudad en dirección al cerro de Huixachtécatl, cuya silueta oscura se recortaba contra el cielo agonizante. Era allí donde, como dictaba la tradición, se llevaría a cabo la procesión y el ritual del Fuego Nuevo, el único acto capaz de asegurar que el sol volvería a levantarse al día siguiente. Familias enteras caminaban en silencio durante el anochecer, envueltas en mantas, con los rostros tensos y la mirada fija al frente, como si temieran que cualquier distracción pudiera provocar la desgracia. Quetzalli y su padre habían decidido esperar. No subirían junto a la multitud ni ocuparían un lugar visible entre los primeros grupos. Ambos sabían que su sola presencia bastaba para enrarecer el ambiente, y aquel día el aire ya estaba demasiado cargado de presagios como para añadir más tensión. Permanecieron en los márgenes hasta que la mayor parte de la ciudad se hubo puesto en marcha. Solo entonces, cuando el flujo humano disminuyó decidieron subir con los rayos del sol acompañándolos.

Los únicos que permanecían en sus hogares eran aquellos que no podían subir el cerro: ancianos, enfermos y algunos niños demasiado pequeños. Yaotl era una de ellas. Quetzalli sintió un breve nudo en el pecho al pensar en la anciana sola en la casa oscura, aguardando noticias que quizá jamás llegarían. Los últimos en abandonar la ciudad eran las madres con sus hijos, algunas cargándolos en brazos, otras guiándolos con firmeza de la mano. Muchas preferían subir al final, cuando el gentío se hubiera disipado, mientras otras se marchaban juntas como un solo cuerpo familiar, como si la unión pudiera protegerlas del destino incierto. Cuando finalmente cruzaron los límites de la ciudad, Quetzalli percibió el cambio de inmediato. El ambiente que los rodeaba era de un silencio casi antinatural. No era el silencio apacible de la noche común, sino uno denso, expectante, como si el mundo mismo contuviera el aliento. Sus pasos sobre la tierra parecían demasiado ruidosos en comparación con la quietud que los envolvía. Incluso el murmullo del lago había desaparecido a lo lejos.

Lo que más la inquietó fue la ausencia del canto de los cenzontles. Aquellas aves, que solían llenar el aire con sus voces incluso en los momentos más oscuros, se habían callado por completo. Quetzalli alzó la vista hacia los árboles, esperando escuchar, aunque fuera una nota aislada, pero no hubo nada. Solo el roce del viento entre las hojas secas y el eco lejano de la multitud ascendiendo por el sendero del cerro. Demasiado tranquilo, pensó. Demasiado quieto para una noche en la que el mundo entero aguardaba su sentencia. El ascenso final fue el más difícil. A medida que Quetzalli y Acolmiztli se acercaban a la cima del Huixachtécatl, el murmullo lejano del pueblo quedó atrás hasta desaparecer por completo, reemplazado por un silencio tan profundo que parecía presagiar algo antiguo y terrible. No era el silencio de la paz, sino el de la espera… como si el mundo contuviera el aliento. Cuando finalmente alcanzaron la cumbre, Quetzalli comprendió por qué todos hablaban de aquel lugar con temor reverente.

No había un gran templo ni esculturas majestuosas como en Tenochtitlan. La cima era un espacio abierto, desnudo, expuesto al cielo nocturno como una herida. En el centro se alzaba una plataforma baja de piedra oscura, desgastada por el tiempo y por ceremonias olvidadas. Sobre ella reposaba la piedra de sacrificio, inclinada hacia el cielo, manchada por sombras que ningún sacerdote había logrado borrar por completo. Alrededor, los braseros permanecían apagados, llenos de copal sin encender. Aquello resultaba perturbador: el imperio entero estaba a oscuras, esperando que una sola chispa naciera allí para devolverle la vida al mundo. Más allá de la plataforma, dispuestos en orden rígido, se encontraban los sacerdotes del Calmécac con sus túnicas ceremoniales negras, el cabello suelto y los cuerpos marcados con ceniza. Sus rostros eran inexpresivos, como si ya no pertenecieran al mundo de los vivos. Detrás de ellos, protegidos por guerreros de élite, se hallaban el tlatoani, la Cihuapilli y los herederos reales, observando en silencio absoluto. Ni siquiera los niños lloraban. Era como si todos comprendieran que cualquier ruido podría romper el frágil equilibrio que sostenía al sol en su curso.

La cima del cerro de Huixachtécatl se había convertido en un mar de sombras inmóviles. Miles de personas aguardaban en silencio, como si el más mínimo ruido pudiera romper el delicado equilibrio del mundo. Nadie hablaba en voz alta. Sólo se escuchaban murmullos de plegarias, suspiros entrecortados y el roce de las telas ceremoniales moviéndose con cautela. Algunos tenían los ojos cerrados, otros miraban al cielo con una desesperación silenciosa, como si intentaran obligar a los dioses a mirarlos también. El aire olía a copal y a tierra fría. Los sacerdotes se movían como figuras fantasmales alrededor del altar improvisado en la cima, preparando lo necesario sin pronunciar palabra. Más abajo, familias enteras permanecían abrazadas, aferrándose unas a otras como si ese contacto pudiera impedir que la oscuridad los devorara. Todos esperaban lo mismo: que el cielo siguiera su curso, que el Sol no abandonara al mundo. Quetzalli sentía ese miedo colectivo como un peso sobre el pecho. A su lado, Acolmiztli permanecía erguido, solemne, envuelto en su túnica ceremonial blanca que parecía brillar débilmente bajo la luz moribunda del atardecer. Por un momento, ella deseó que todo terminara ahí, que el tiempo se detuviera antes de que llegara la verdadera noche.

—Debo prepararme —dijo su padre finalmente, con una voz suave pero cargada de responsabilidad—. Permanece aquí. Izel seguramente vendrá a reunirse contigo.




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