El golpe de luz la arrancó del sueño como si alguien la hubiera empujado desde lo alto de un templo. Quetzalli abrió los ojos de golpe, jadeando, mientras los rayos del sol se filtraban entre las rendijas de la ventana y caían sobre su rostro como agujas tibias. Su piel estaba empapada en sudor frío y la tela ligera de su túnica se adhería a su espalda. Su pecho subía y bajaba con violencia, incapaz de encontrar un ritmo tranquilo, como si aún estuviera corriendo para escapar de algo que ya no estaba allí. Alzó lentamente las manos frente a su rostro y las observó como si no le pertenecieran. Sus dedos temblaban. Intentó moverlos uno por uno, comprobando que respondían, que eran reales, que seguían allí y no eran un sueño. El temblor no se detuvo. Entonces el dolor llegó: un latido punzante en las sienes, profundo y persistente, como si alguien golpeara desde dentro de su cráneo. Los recuerdos de aquella noche irrumpieron sin piedad, fragmentados y ardientes. El cielo abierto, las luces cayendo, los gritos, el calor devorándolo todo. Se llevó una mano a la frente, apretando los ojos con fuerza, intentando contener las imágenes. Cuando volvió a abrirlos, miró a su alrededor con desconcierto. Su habitación. Las paredes de siempre, los tejidos colgados, el pequeño altar doméstico, la vasija junto a la ventana. Todo intacto. Todo en su lugar. Demasiado normal para un mundo que ella había visto arder.
—¿Había sido… un sueño? —murmuró con la voz seca.
Se sentía demasiado real para serlo. Podía recordar el olor del humo, la textura del suelo bajo sus pies, el peso del calor envolviéndola antes de que todo desapareciera. Ningún sueño era tan preciso. Su corazón volvió a acelerarse, y entonces lo escuchó: el canto claro de un cenzontle que llegaba desde el exterior, una melodía luminosa que contrastaba con el caos que aún resonaba dentro de ella. Giró lentamente la cabeza hacia la ventana, paralizada. El mismo sonido. El mismo que había oído antes de que todo comenzara aquella mañana que terminó con el cielo cayendo sobre ellos. Se incorporó con torpeza y se sentó al borde de la cama, llevando una mano a su pecho como si quisiera asegurarse de que su corazón seguía allí. Su mente giraba sin encontrar apoyo. ¿Una profecía? ¿Desde cuándo se había convertido en profeta? Negó lentamente, incapaz de convencerse. No, no era eso. No tenía la distancia borrosa de un sueño ni la cualidad extraña de una visión. Había sido vivido. Había estado allí. Lo había sentido en los huesos, en la piel, en la última chispa de aire antes de que la oscuridad la reclamara. El cielo ennegrecido iluminándose por múltiples soles furiosos. Las estrellas cayendo como bestias desatadas. Los Tzitzimime descendiendo para reclamar la tierra. Su respiración volvió a volverse superficial. Si no había sido un sueño, si no había sido una profecía, entonces solo quedaba una posibilidad, una tan imposible que su mente se negaba a nombrarla. Bajó la mirada, apretando las manos sobre sus rodillas mientras el canto del cenzontle continuaba afuera, ajeno a su terror, como si el mundo siguiera girando sin recordar que había terminado.
—Entonces… ¿qué está pasando? —susurró al vacío, con un hilo de voz.
¿A caso se encontraba en el Mictlán? Dudaba que se pareciera a su habitación, debía de encontrar respuestas, dispuesta a conseguirla, se levantó de su cama y siguió con su misma rutina usando el mismo huipil ceremonial que uso en aquel día. Justo cuando termino por cambiarse escucho un ruido fuerte chocar contra su ventana que la sobresalto, recordó ese momento, se acercó rápidamente observando que el colibrí se había vuelto a estrellar, tal cual como había sucedido en esa mañana, entonces comprendió que aquellas señales que había visto, no había sido coincidencia sino todo lo contrario, eran señales que le estaban advirtiendo que el mundo llegaría su fin. Todo parecía tan irreal, seguramente estaba perdiendo la cabeza, lo más lógico de pensar era que todo había sido un sueño, uno muy vivido que pareció ella mismo haberlo vivido, seguramente había sido creado por ella misma debido a la ansiedad que había estado teniendo estos días por el miedo a ser que ella provoque el fin del mundo, y se estaba reflejando ese miedo por medio de sus sueños, solo era eso, y lo que estaba pasando ahora era meramente coincidencia. Se lavó el rostro con agua fresca hasta que el frío le devolvió algo de claridad y descendió hacia la planta baja con pasos decididos, aferrándose a la normalidad de su hogar como si fuera una cuerda lanzada para rescatarla de un abismo invisible. Si veía a Yaotl, si hablaba con ella, todo volvería a tener sentido. La encontró en la cocina, inclinada sobre el fogón, removiendo algo dentro de una olla de cerámica mientras el vapor ascendía en espirales suaves hacia las vigas del techo. Quetzalli intentó sonreír, apoyándose en el marco de la puerta.
—Buenos días, Yaotl…
La reacción fue inmediata. La mujer se sobresaltó con un respingo tan brusco que la olla se le escapó de las manos y cayó al suelo con un estruendo seco, rompiéndose en múltiples fragmentos mientras el agua hirviendo se desparramaba sobre las losas. Quetzalli dio un paso atrás por instinto, pero no fue el accidente lo que la dejó paralizada.
—Vaya susto me diste, niña —dijo Yaotl entre risas, negando con la cabeza—. Casi me mandas con tus antepasados antes de tiempo.
El mundo pareció detenerse. Quetzalli sintió cómo el frío le recorría la espalda, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible detrás de ella. Era la misma frase. Exactamente la misma. La había escuchado antes. No en un recuerdo lejano ni en una conversación olvidada, sino en aquel “sueño” del que acababa de despertar. Sus dedos se tensaron a los costados de su cuerpo mientras intentaba que su expresión no delatara el vértigo que le atravesaba el pecho. Por pura inercia, se ofreció a ayudarla a limpiar, agachándose para recoger los fragmentos, pero Yaotl negó con la mano, repitiendo con naturalidad las mismas palabras que ya estaban grabadas en su mente.