El Dia Sin Amanecer

Capitulo 19: Cuando cae el silencio

Quetzalli comenzó a comprenderlo mientras ascendía el cerro de Huixachtécatl junto al resto del pueblo. Todo era igual. Las mismas antorchas apagadas, las mismas voces murmurando plegarias, los mismos pasos pesados sobre la tierra oscura del sendero. Las madres cargaban a sus hijos envueltos en mantas, los ancianos avanzaban con lentitud apoyados en bastones, y los sacerdotes caminaban en silencio con la mirada fija en el cielo que pronto habría de juzgarlos. Cada detalle coincidía con lo que recordaba. Al principio había querido creer que todo era una coincidencia cruel, una repetición inevitable de lo cotidiano. Pero mientras más observaba, más claro se volvía: los mismos gestos, las mismas palabras, incluso las mismas discusiones entre algunos hombres que caminaban unos metros más adelante. No era un sueño. No lo había imaginado. Aquello ya había ocurrido. Un escalofrío recorrió su espalda mientras lo comprendía. La naturaleza había intentado advertirlo: el colibrí estrellándose contra su ventana, el silencio extraño de los cenzontles, la sombra imposible junto al sol. Todo había sido una señal. Y nadie la escuchó. Nadie se detuvo a preguntar. Nadie quiso hacerlo.

La garganta de Quetzalli se cerró al recordarlo. Durante tanto tiempo había sido ignorada, apartada, considerada un mal presagio, que cuando el mundo verdaderamente intentó advertir algo, tampoco hubo oídos dispuestos a escuchar. Pero esta vez sería distinto. Esta vez no pensaba quedarse quieta. Cuando finalmente alcanzaron la cima del cerro, la multitud comenzó a dispersarse entre las braceras y los claros entre los árboles. Fue entonces cuando Quetzalli se separó de su padre sin siquiera despedirse. Acolmiztli apenas tuvo tiempo de girar la cabeza, sorprendido por su movimiento repentino, antes de que ella desapareciera entre la gente. Había alguien más. Alguien que también había sentido que algo no estaba bien. Zēlotl. En su sueño él mismo lo había dicho: algo en el ambiente se sentía extraño. Si ella había logrado recordar lo que ocurrió… entonces tal vez él también. La esperanza la impulsó a avanzar con rapidez entre la multitud. Debía encontrarlo. Los guerreros jaguar siempre se mantenían juntos, y Zēlotl era imposible de perder entre ellos. No solo por el brillo inusual de sus ojos rojos, sino porque sobresalía entre los demás como una torre: más alto, más ancho de hombros, con esa presencia que obligaba a cualquiera a mirarlo incluso sin querer hacerlo. No tardó en distinguirlo. Estaba rodeado por varios guerreros, conversando con ellos mientras aguardaban el inicio de los rituales. Quetzalli avanzó hacia él sin detenerse, pero antes de que pudiera acercarse lo suficiente, dos guerreros se cruzaron frente a ella bloqueándole el paso.

—No puedes pasar —dijo uno con firmeza—. Regresa con el resto de la gente.

Quetzalli frunció el ceño, respirando con dificultad por la prisa.

—Debo ver al Ocelopilli.

Los dos guerreros se miraron entre sí con incredulidad, y uno de ellos no pudo evitar soltar una pequeña risa.

—¿Y quién crees que eres tú para pedir la presencia del Ocelopilli? —preguntó el otro con una sonrisa burlona.

Quetzalli abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera hacerlo una voz grave habló detrás de ellos.

—Mi prometida.

Los dos guerreros se giraron de inmediato. Zēlotl se había acercado sin que ella lo notara. La luz de las braceras iluminaba parcialmente su armadura ceremonial de guerrero jaguar, haciendo brillar las placas de cuero oscuro y las incrustaciones de obsidiana. Sus ojos rojos, encendidos por el reflejo del fuego, parecían observarlo todo con una calma peligrosa.

—Así que les sugiero —continuó con una sonrisa ligera, pero firme— que la próxima vez no se interpongan en su paso.

Los dos guerreros cambiaron de expresión al instante. Inclinaron ligeramente la cabeza en señal de respeto.

—Perdón, Ocelopilli.

—No sabíamos…

—No volverá a suceder.

Sin esperar una respuesta, se apartaron inmediatamente y se marcharon, dejando a Quetzalli sola frente a él. El silencio que quedó entre ambos fue breve, pero cargado de algo que Quetzalli no sabía cómo nombrar. Porque si él también recordaba… entonces ambos sabían exactamente lo que estaba a punto de ocurrir. Antes de que cualquier otra persona pudiera interponerse entre ellos, Quetzalli tomó a Zēlotl de la muñeca y lo arrastró consigo hacia lo más profundo de los árboles que rodeaban la cima del cerro. Las braceras y el murmullo de la multitud quedaron atrás, amortiguados por los troncos oscuros y el crujir suave de las hojas bajo sus pasos. Zēlotl se dejó guiar sin oponer resistencia, sin pedir explicaciones, sin siquiera preguntar por qué ella actuaba de una forma tan repentina. Simplemente la siguió. Aquello era algo que Quetzalli agradecía profundamente de él. Zēlotl la apoyaba sin condiciones, sin exigir respuestas inmediatas. Y el hecho de que hubiera reafirmado delante de sus compañeros que era su prometida —cuando aún ni siquiera era oficial su compromiso— solo hacía que los pensamientos de Quetzalli sobre él se volvieran más confusos, más difíciles de ordenar. Pero no tenía tiempo para detenerse en aquello. Había algo más importante que cualquier otra cosa. Cuando se aseguró de que estaban lo suficientemente apartados, lejos de cualquier oído curioso, soltó su muñeca y se volvió hacia él con una expresión seria. Zēlotl la miró con el ceño ligeramente fruncido, claramente consternado por su comportamiento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.