El canto del cenzontle entraba por la ventana como una melodía demasiado familiar, clara y persistente en la quietud del amanecer. Un sudor frío recorría su espalda mientras su pecho subía y bajaba con rapidez. Durante unos instantes permaneció inmóvil sobre el lecho, mirando el techo de su habitación mientras una punzada dolorosa le atravesaba la cabeza. No necesitó pensar demasiado para que los recuerdos regresaran con una claridad brutal. La piedra del sacrificio bajo su espalda. Las manos que la sujetaban con fuerza. La voz desesperada de su padre gritando su nombre entre la multitud. El brillo intenso de los ojos rojos de Zēlotl intentando abrirse paso entre los guerreros. El cielo iluminándose de repente. Las bolas de fuego descendiendo desde lo alto. Los Tzitzimime cayendo como demonios del firmamento. Y después… el calor. El calor abrasador que devoró el mundo entero en un solo instante. Quetzalli cerró los ojos con fuerza mientras el eco de aquellos gritos todavía parecía vibrar dentro de su mente. Permaneció en silencio unos segundos, respirando lentamente, intentando ordenar aquel torrente de recuerdos que golpeaban su conciencia. Esta vez no entró en pánico. Abrió los ojos con calma y susurró para sí misma, con una voz baja y áspera que apenas rompía el silencio de la habitación.
—Entonces… esto es real.
Sus dedos se cerraron sobre las sábanas.
—El mundo terminó… y aun así estoy aquí.
Alzó las manos frente a su rostro y movió lentamente los dedos, observando cada movimiento con atención. No había heridas. No había sangre. No había rastro alguno del sacrificio ni del fuego que había devorado el cielo. Su piel estaba intacta, su cuerpo entero estaba intacto, como si nada hubiera ocurrido. Aquella constatación hizo que se incorporara de golpe. Bajó de la cama con rapidez y recorrió la habitación con la mirada, reconociendo cada rincón con una mezcla de incredulidad y certeza. Todo estaba exactamente igual. La misma luz dorada del amanecer filtrándose por la ventana. Las mismas mantas desordenadas sobre el lecho. El mismo silencio de la casa antes de que el día comenzara a moverse. Estaba otra vez en su habitación. En el mismo momento donde todo había empezado.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras la verdad tomaba forma definitiva dentro de su mente. No había sido un sueño. No había sido una visión. Era un ciclo. Un bucle en el que el día avanzaba inevitablemente hacia el fin del mundo… solo para volver a comenzar desde el amanecer, como si el tiempo se negara a continuar su curso. Y ella lo recordaba todo. El canto del cenzontle seguía escuchándose afuera, indiferente a la catástrofe que había destruido el mundo horas antes. Quetzalli permaneció unos instantes de pie en medio de la habitación, completamente inmóvil, dejando que aquella realidad terminara de asentarse en su mente. Si ese día iba a repetirse una y otra vez, entonces debía entenderlo. Debía observarlo. Debía estudiarlo. Sin perder más tiempo, aún vestida con su ropa de dormir, cruzó la habitación con pasos rápidos hasta su escritorio. Abrió uno de los cajones y sacó varias hojas de papel amate junto con el pequeño recipiente de tinta que utilizaba cuando copiaba textos del Calmécac. Tomó el pincel con firmeza y se sentó frente a la mesa. Respiró profundamente una vez antes de comenzar.
La punta del pincel tocó el amate y empezó a escribir. Anotó todo lo que recordaba con rapidez, intentando capturar cada detalle antes de que la memoria pudiera traicionarla: el canto de los cenzontles al amanecer, el colibrí golpeando la ventana, la olla que Yaotl dejaba caer en la cocina, las palabras exactas de Izel, el ascenso al cerro de Huixachtécatl, el sacrificio del prisionero, las Pléyades cruzando el cielo nocturno y, finalmente, la falsa aparición del sol antes de que los Tzitzimime descendieran para devorar el mundo. Mientras escribía, su mente comenzó a ordenarse con mayor claridad. Si el día se repetía exactamente igual cada vez, entonces debía existir una forma de alterar algo, por pequeño que fuera. Alguna variable que pudiera cambiar el curso de los acontecimientos. El pincel se detuvo un instante sobre el papel mientras esa idea terminaba de tomar forma dentro de su mente. Si el mundo estaba condenado a terminar una y otra vez… entonces ella tenía tantas oportunidades como ciclos para descubrir por qué. Y quizá, con suficiente tiempo, también podría descubrir cómo detenerlo.
Con esa nueva motivación ardiendo en su pecho, Quetzalli se propuso algo que apenas unas horas antes habría parecido imposible: detener el fin del mundo. Aquella decisión no llegó como un impulso desesperado, sino como una resolución fría y firme que se asentó lentamente en su mente mientras observaba las líneas de tinta aún húmedas sobre el papel amate. Sin embargo, apenas tomó forma aquella determinación, surgió de inmediato la verdadera pregunta que debía enfrentar. ¿Cómo lograría algo así? No podía confiar en nadie. Aquello lo tenía completamente claro. Nadie debía enterarse de lo que estaba ocurriendo. La última vez que intentó advertirles, cuando gritó desesperada que el sol no saldría y que los Tzitzimime caerían del cielo, lo único que consiguió fue convertirse en un sacrificio. Aún podía sentir el frío de la piedra bajo su espalda y recordar el peso de las manos que la sujetaban mientras los sacerdotes la inmovilizaban para ofrecerla a los dioses. Si no fuera porque los Tzitzimime descendieron antes de que el cuchillo alcanzara su corazón, aquella habría sido su última visión del mundo.
Quetzalli apretó el pincel entre los dedos, obligándose a apartar esos recuerdos. Ahora tenía demasiadas preguntas y necesitaba respuestas. Demasiadas piezas dispersas que no encajaban entre sí. Sabía que si dejaba que todos esos pensamientos giraran sin control dentro de su cabeza terminaría perdiéndose entre ellos. Tenía que ordenar su mente, del mismo modo que ordenaba los textos cuando copiaba los códices del Calmécac. Primero debía imponer un orden. No solo en sus pensamientos, sino en ese misterioso ciclo que parecía repetirse sin fin. Mientras observaba las notas que había comenzado a escribir, recordó algo que su padre le había enseñado cuando era niña. En aquel entonces, mientras estudiaban juntos los antiguos registros del calendario, Acolmiztli le había explicado con paciencia cómo comprender los mecanismos del tiempo y de los rituales. Aquella lección había quedado grabada en su memoria con un claridad sorprendente: Si quieres destruir algo, primero debes aprender cómo funciona.