El Dia Sin Amanecer

Capitulo 21: Cuando cae la ceniza

Alzó la mirada hacia el cielo y permaneció observándolo fijamente. Allí estaba otra vez: el segundo sol. No era realmente un sol, sino una sombra circular que parecía superponerse junto al verdadero, como si otro astro invisible se interpusiera en el firmamento. La visión seguía siendo inquietante, pero esta vez no le causó sorpresa. Ya lo había visto antes. Sabía exactamente cuándo aparecería y sabía también que desaparecería unos instantes después, como si nunca hubiera estado allí. A su lado escuchó la voz de Izel hablándole con su habitual tono tranquilo, pero Quetzalli no respondió. Ni siquiera giró el rostro para mirarlo. Conocía perfectamente cómo terminaría aquella conversación porque ya la había vivido antes. Sabía qué palabras diría, qué pausa haría, incluso qué gesto acompañaría cada frase. Aquella escena no era nueva para ella, era solo otra repetición.

Esta vez decidió guardar silencio. Caminó a su lado sin intervenir, observando todo con una atención fría, casi distante. Si el mundo estaba atrapado en un ciclo, entonces cada repetición era un recurso precioso, y debía aprovecharlo al máximo. No sabía cuántos ciclos tenía disponibles ni cuánto tiempo podría estudiar aquel fenómeno antes de que algo cambiara. Por eso, en lugar de intervenir, decidió limitarse a mirar. Siguieron el mismo recorrido de la mañana por las calles de Moyotlan mientras la ciudad se preparaba para el gran ritual del Fuego Nuevo. Quetzalli prestó atención a cada detalle: el sonido de los vendedores acomodando sus mercancías, los niños jugando en los callejones, el murmullo de las familias hablando en voz baja sobre la ceremonia que se acercaba. Todo ocurría exactamente igual que antes. Incluso la conversación de Izel se repetía palabra por palabra.

Quetzalli lo escuchaba hablar sin realmente escucharlo, reconociendo cada frase antes de que él la pronunciara. Aquella precisión le provocó un escalofrío. No era solo que los eventos se repitieran, era que lo hacían con una fidelidad absoluta, como si el mundo estuviera siguiendo un guion que nadie más podía ver. Continuaron caminando hasta llegar al mismo punto de siempre, y allí apareció el niño. Quetzalli lo observó correr por la calle persiguiendo su pelota de tela exactamente como lo recordaba. Sabía lo que iba a suceder incluso antes de que ocurriera. El pequeño tropezó, cayó de rodillas contra el suelo y el raspón apareció en su piel, dejando que un hilo de sangre comenzara a deslizarse lentamente. Todo era igual. Cada gesto. Cada palabra. Cada herida. Quetzalli no intervino. Solo observó. Después se despidió de Izel en el mismo lugar de siempre, sin alterar el curso natural de la escena. Continuó su camino de regreso y, tal como esperaba, se encontró con su padre poco después. Acolmiztli la recibió con la misma calma solemne con la que lo había hecho en los ciclos anteriores, hablándole brevemente antes de que ambos comenzaran a dirigirse hacia el cerro de Huixachtécatl junto con el resto de la multitud.

La subida también se repitió con una precisión inquietante. Las mismas voces, los mismos pasos, el mismo murmullo expectante que recorría a la gente mientras ascendían hacia la cima. Cuando finalmente llegaron, Quetzalli volvió a encontrarse rodeada por la misma escena que ya conocía demasiado bien: el altar, los sacerdotes, las antorchas encendidas que comenzaban a iluminar el crepúsculo. Todo estaba preparado para el ritual. El Tlatoani avanzó al frente de la multitud y su voz profunda comenzó a resonar sobre la cima del cerro mientras pronunciaba el mismo sermón que Quetzalli ya había escuchado antes. Hablaba de los dioses, del nuevo ciclo, del fuego que renacería para iluminar los próximos cincuenta y dos años del mundo. Quetzalli lo observó en silencio desde entre la multitud. Las palabras eran las mismas. El tono era el mismo. Incluso los gestos del gobernante parecían calcados de la última vez. Si tan solo supieran lo que ella sabía. Si tan solo entendieran que aquel nuevo ciclo que celebraban con tanta esperanza jamás llegaría. Porque para ellos aquella noche era el inicio de una nueva era. Pero para Quetzalli… era simplemente el final del mundo repitiéndose una y otra vez, muchos si estuvieran en su lugar seguramente les seguiría aterrando el fin del mundo, pero par Quetzalli solo basto que se repitiera dos veces para comenzar a acostumbrarse.

Quetzalli observó con una calma distante cómo el ritual comenzaba a tomar forma una vez más frente a sus ojos. Las antorchas iluminaban el altar, las voces de los sacerdotes se elevaban en los mismos cantos que ya había escuchado antes y el prisionero era arrastrado hacia la piedra ceremonial exactamente igual que en el ciclo anterior. Nada había cambiado. Todo seguía obedeciendo el mismo orden, el mismo guion invisible que parecía repetirse con una precisión insoportable. Mientras contemplaba la escena, un pensamiento pesado cruzó su mente: incluso su encuentro con Zēlotl había sido el mismo. Sus palabras, su mirada, el modo en que había aparecido entre los árboles… todo había ocurrido exactamente igual, y él no recordaba nada. Nadie recordaba nada. Solo ella. Quetzalli apartó con esfuerzo la sensación de vacío que comenzaba a echar raíces en su pecho. No era momento de dejarse arrastrar por la soledad. Aquello solo confirmaba lo que ya había establecido: la segunda y la tercera regla seguían cumpliéndose. Los eventos se repetían… y solo ella conservaba memoria de ellos. Entonces vio cómo arrastraban al prisionero guerrero hasta la tarima, cómo las cuerdas tensaban sus brazos y los sacerdotes se acomodaban alrededor del altar mientras su padre levantaba la daga de obsidiana que brillaba bajo la luz del fuego. Y en ese momento un pensamiento cruzó su mente con la fuerza de una revelación. ¿Qué pasaría si ella intentaba detener el sacrificio? Si intervenía ahora, podría comprobar cuál de las reglas se impondría: la cuarta o la quinta. ¿Intentaría el mundo corregirse a sí mismo para que el sacrificio sucediera de todos modos? ¿O sería una variable donde el resultado cambiara? ¿Tal vez… ella misma terminaría en la piedra? Solo había una forma de saberlo. Antes de que pudiera dudar, echó a correr hacia el frente del altar.




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