El Dia Sin Amanecer

Capitulo 22:Cuando cae el tiempo

Comenzaba su tercer ciclo, abrió los ojos de golpe y durante un instante permaneció inmóvil, escuchando. El canto de los cenzontles llegaba desde la ventana con la misma claridad de siempre, como si el mundo entero estuviera repitiendo una escena que ya conocía demasiado bien. Esta vez no hubo sorpresa en su rostro, solo una certeza silenciosa que se asentó en su pecho. Se incorporó rápidamente y bajó de la cama sin perder tiempo. Su mente ya no estaba atrapada en la confusión de las primeras veces; ahora sabía exactamente qué debía comprobar primero. Caminó hasta la pequeña mesa de madera junto a su cama y abrió el cajón donde había guardado sus notas. Sus dedos se detuvieron apenas cuando vio el papel. Estaba completamente en blanco. Quetzalli lo observó durante unos segundos. No había ni una sola marca de tinta, ni rastro alguno de las reglas que había escrito con tanto cuidado en el ciclo anterior. Todo había desaparecido como si nunca hubiera existido. Un suspiro silencioso escapó de sus labios mientras comprendía lo que aquello significaba: el mundo no solo reiniciaba los acontecimientos, también borraba cualquier intento suyo de dejar evidencia.

Sin embargo, aquella revelación no la desanimó, mientras seguía mirando el amate vacío, recordó con claridad las palabras de Zēlotl resonando en su mente: “Si alguien es lo suficientemente lista para entender esto… eres tú. Así que no te rindas.” Quetzalli cerró los ojos un instante, respiró hondo y volvió a abrir el cajón con decisión. No importaba cuántas veces el mundo intentara borrar lo que ella escribiera. Lo volvería a escribir todas las veces necesarias. Una y otra vez. Hasta que su mano se cansara. Hasta que su mente se hartara de recordarlo. Y solo cuando finalmente lograra salir de aquel ciclo interminable podría descansar. Hasta entonces, tenía demasiado trabajo por hacer. Sacó nuevamente el amate, tomó el pincel y lo sumergió en la tinta negra. Las primeras palabras surgieron con rapidez, copiando las reglas que ya había memorizado perfectamente. Reglas del ciclo. Escribió con pulso firme: primera regla, punto de reinicio fijo: el ciclo siempre comienza en la misma mañana del día del Fuego Nuevo. Segunda regla, los eventos se repiten: ciertos sucesos ocurren siempre sin importar lo que ella haga. Tercera regla, solo Quetzalli recuerda. Cuarta regla, el mundo intenta corregirse. Quinta regla, los eventos mayores no cambian. Se detuvo un momento antes de continuar. Luego inclinó de nuevo el pincel sobre el papel. Era momento de añadir nuevas conclusiones.

Regla número seis: el mundo siempre se acaba. No importa lo que ella intente cambiar o evitar, todo termina cuando los Tzitzimime descienden del cielo. El final del ciclo siempre llega.

Al lado dejó una pequeña anotación: esto podría cambiar si logro encontrar la forma de romper el ciclo. Continuó escribiendo.

Regla número siete: el conocimiento se acumula. Aunque todo lo que escriba desaparezca cuando el mundo se reinicia, el conocimiento que obtiene en cada ciclo permanece en su mente. Nada de lo aprendido se pierde. Cada repetición la vuelve más consciente, más preparada.

Quetzalli levantó el pincel por un instante antes de escribir la última idea que rondaba su cabeza.

Regla número ocho: ¿el ciclo tiene un tiempo limitado?

Observó la frase durante unos segundos mientras el canto de los cenzontles seguía llegando desde la ventana. No sabía la respuesta todavía. Tal vez el ciclo podía repetirse para siempre. Tal vez tenía un número fijo de repeticiones. Tal vez el universo estaba esperando algo de ella.

Debajo escribió una pequeña nota final: esto debe comprobarse en este ciclo.

Dejó el pincel sobre la mesa y contempló las palabras que acababa de escribir. Aún quedaban demasiadas preguntas sin respuesta, pero por primera vez desde que el mundo había comenzado a repetirse, Quetzalli sentía que no estaba completamente perdida, dejó el pincel sobre la mesa y se levantó con rapidez. No tenía tiempo que perder. Se cambió con movimientos ágiles, atando su cabello y ajustando su vestimenta mientras repasaba mentalmente todo lo que debía hacer en ese ciclo. Cada instante contaba ahora que comprendía mejor cómo funcionaba el bucle y cuánto podía aprender de él. Apenas terminó de arreglarse cuando escuchó el sonido seco que ya esperaba. El colibrí volvió a estrellarse contra la ventana.

Quetzalli se detuvo un instante y giró la cabeza hacia el cristal. La pequeña criatura revoloteó desorientada unos segundos antes de alejarse, perdiéndose entre el aire claro de la mañana. Durante un momento se quedó observando el lugar donde había golpeado, sintiendo una punzada incómoda en el pecho. No pudo evitar pensar que aquel pobre animal estaba condenado a repetir el mismo error una y otra vez, sin comprender por qué siempre terminaba golpeando el mismo obstáculo invisible, atrapado en su propio destino. La idea la golpeó con una claridad amarga. ¿No era eso lo que estaba viviendo ella también? Estrellándose contra el mismo día una y otra vez, sin encontrar todavía la manera de romperlo. Pero entonces un pensamiento aún más doloroso cruzó su mente. ¿Y su padre? ¿Cuántas veces tendría que verlo sufrir? ¿Cuántas veces tendría que presenciar sus gritos, su desesperación, su miedo… solo porque ella seguía atrapada en ese ciclo? Quetzalli apretó los dientes. No. No iba a permitir que aquello continuara para siempre. Liberaría a todos. A su padre, a Izel, a Zēlotl, a toda la ciudad… incluso a la más pequeña criatura que se estrellaba contra aquella ventana sin entender por qué. Con esa determinación ardiendo en el pecho, salió de su habitación y atravesó el patio con rapidez. Atravesó el pasillo casi corriendo y entró en la cocina justo cuando Yaotl se encontraba frente al fogón. La mujer apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que Quetzalli gritara su nombre.




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