El canto del cenzontle volvía a llenar la habitación y los primeros rayos del sol se filtraban por la ventana de caña, pero esta vez ya no había sorpresa de despertar nuevamente sino había certeza. Estaba comenzando el cuarto ciclo, se levantó de la cama con rapidez, como si cada movimiento ya estuviera ensayado, caminó directo hacia su mesa, abrió el cajón y sacó nuevamente el amate, la tinta y su pincel. Sin perder tiempo comenzó a escribir las reglas del bucle, una debajo de la otra, con la precisión de alguien que ya había repetido el mismo gesto varias veces. Cuando llegó a la última, añadió una nueva anotación: regla número ocho: el ciclo dura catorce segmentos. El pincel quedó suspendido un instante sobre el amate mientras Quetzalli asentía con satisfacción. Bien. Tenía suficiente tiempo para investigar. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. Debía entrar al Calmécac. Si existía algún lugar donde pudieran encontrarse respuestas, sería entre los códices que los sacerdotes guardaban allí desde generaciones atrás. Con esa nueva determinación dejó el pincel, se levantó y comenzó a arreglarse rápidamente. Esta vez no esperó a que el colibrí se estrellara contra su ventana; antes de que el pequeño cuerpo pudiera repetir su destino, Quetzalli ya había salido de su habitación. Al bajar al interior de la casa se encontró con la escena familiar que ya conocía demasiado bien: Yaotl acababa de sobresaltarse en la cocina y la olla de cerámica se le escapaba de las manos para romperse contra el suelo, derramando el agua caliente por el piso.
—Buenos días, Yaotl.
La mujer levantó la mirada, todavía recuperándose del susto.
—Vaya… hoy amaneciste de buen humor —comentó sorprendida—. ¿A qué se debe tanta alegría en este día?
Quetzalli se encogió de hombros mientras tomaba asiento.
—Es un día más para mí —respondió calmada—. No tiene mucha importancia.
Yaotl soltó una pequeña risa, visiblemente aliviada.
—Bueno, al menos eso suena mejor que tus silencios de otros días.
Se giró hacia el fogón y comenzó a servir el caldo.
—Come antes de que se enfríe.
Quetzalli asintió. Aunque el ciclo se siguiera repitiendo, su cuerpo seguía teniendo las mismas necesidades básicas, y además llevaba ciclos enteros esperando ese momento: el caldo de Yaotl. El vapor cálido subía del cuenco mientras lo tomaba entre las manos. Era un atole salado de masa, espeso y reconfortante, mezclado con frijoles tiernos molidos, trozos suaves de calabaza y hojas de epazote que perfumaban el aire con un aroma fresco. Pequeños hilos de chile seco flotaban en la superficie y en el fondo descansaban granos de amaranto tostado. Quetzalli lo devoró en apenas unos minutos. Yaotl la observó con desaprobación.
—¡Niña, tranquila! Nadie va a robarte la comida.
Pero Quetzalli ya estaba terminando el último sorbo cuando unos pasos entraron en la cocina, justo a tiempo antes de que Izel apareciera con una sonrisa deslumbrante en su rostro.
—Buenos días. ¿Qué van a desayunar hoy?
Quetzalli dejó el cuenco vacío justo en ese momento. Yaotl abrió la boca para servirle otro, pero Quetzalli se adelantó.
—Hoy saldremos temprano.
Antes de que Izel pudiera reaccionar, lo tomó de la muñeca y lo jaló fuera de la cocina.
—¡Eh! —protestó él mientras tropezaba tras ella.
Desde la cocina, Yaotl alzó la voz.
—¡Bravucona! ¡Primero pides de comer y luego no dejas que Izel lo haga!
Pero para cuando terminó de hablar, ambos ya estaban lejos. Quetzalli lo arrastró hasta el patio central de la casa. Izel finalmente logró detenerse y la miró con indignación.
—¡Oye! Yo no he desayunado nada.
Quetzalli levantó la mano para callarlo.
—Eso no tiene importancia.
Izel abrió la boca para quejarse de nuevo, pero ella habló más rápido.
—Necesito tu ayuda.
Las palabras hicieron que Izel se quedara en silencio. Ya que en todos los años en los que conocía a Quetzalli que prácticamente era toda su vida nunca la había visto pedir ayuda, ni siquiera cuando estuvo en problemas por lo del Ocelopilli, asi es ella, sabía que si había acudido a él para pedir su ayuda era por algo grave.
—¿Qué es lo que necesitas?
Sabía Quetzalli que lo que estaba a punto de pedirle iba en contra de todo lo que conocía, pero necesitaba hacerlo, aunque no sabía si su amistad con Izel la ayudaría con su petición.
—Necesito entrar al Calmécac.
Izel la miro con sus ojos marrones claros abriéndose poco a poco ante la incredulidad, soltó una pequeña risa al mismo tiempo en que negaba una y otra vez con su cabeza.
—Debes de estar bromeando —dijo entre risas—. O ya debiste de haber perdido el poco sentido común que tenías, ¡estas loca! —miro de un lado a otro nervioso por si alguien los escuchará—. ¡Como puedes pensar en colarte al Calmécac! —la regaño en voz baja—. ¡es un castigo que ni tu padre te salvaría!
Quetzalli sabía que sería difícil convencerlo, para Quetzalli sabía que era como cualquier otro día que se repetía y que no traería ninguna consecuencia, pero para Izel no era así, si lo descubrían que había ayudado a una mujer sin importar que fuera Quetzalli a colarse al Calmécac todo el esfuerzo que había puesto de su vida se derrumbaría, los castigarían o peor podría ser hasta expulsados, era demasiado riesgoso, esa era la diferencia entre ambos, para Quetzalli el tiempo se había congelado, pero para Izel el tiempo seguía corriendo.