El Dia Sin Amanecer

Capitulo 24:Cuando caen las estrellas

Cuando Quetzalli levantó finalmente la mirada, el aire pareció quedarse atrapado en su pecho. Había imaginado muchas veces cómo sería el interior del Calmécac, pero nada se parecía a lo que tenía frente a ella. La biblioteca sagrada ocupaba una sala amplia y rectangular, construida con los mismos muros de piedra clara que el resto del edificio. Las paredes eran gruesas y frescas, formadas por bloques perfectamente ajustados que creaban una superficie sólida y silenciosa. A lo largo de la base de los muros corría una franja pintada en rojo profundo y azul turquesa, los colores rituales que señalaban que aquel espacio estaba dedicado al conocimiento sagrado. El suelo estaba cubierto por grandes losas de piedra volcánica pulida que reflejaban débilmente la luz que entraba desde arriba. No había grandes ventanas abiertas al exterior; en su lugar, estrechas aberturas cercanas al techo dejaban pasar la luz del sol en haces inclinados que iluminaban partes de la sala mientras el resto permanecía en una penumbra tranquila. El techo era alto y estaba sostenido por vigas gruesas de madera oscura que cruzaban la estancia de un extremo al otro. Entre ellas colgaban pequeños braseros de barro donde ardía lentamente copal. El humo ascendía en espirales suaves hasta perderse entre las vigas, impregnando todo el lugar con ese aroma profundo y resinoso que acompañaba siempre a los espacios sagrados.

Pero lo que verdaderamente dominaba la sala eran los códices. A lo largo de las paredes se extendían estanterías bajas de madera hechas con tablones gruesos y sencillos. No eran muebles altos como los que existirían en otras culturas; los códices se guardaban cerca del suelo para protegerlos y para facilitar su consulta mientras los sacerdotes trabajaban sentados. Sobre esas repisas descansaban pilas cuidadosamente ordenadas de códices hechos con largas tiras de amate o piel de venado dobladas en forma de acordeón. Cuando estaban cerrados parecían bloques compactos, pero al abrirse se desplegaban en largas páginas cubiertas de glifos, colores y figuras. Algunos códices estaban envueltos en telas de algodón teñidas, señal de que contenían información especialmente importante o delicada. Otros permanecían abiertos sobre pequeñas mesas de trabajo, mostrando páginas llenas de símbolos: calendarios, dioses, movimientos de estrellas, genealogías de gobernantes y registros de ceremonias antiguas. En el centro de la sala había varias mesas bajas de madera pulida por años de uso. Sobre ellas descansaban recipientes de barro con pigmentos minerales, pinceles hechos con fibras vegetales finamente atadas y pequeños cuencos donde se mezclaban tintas de negro, rojo y azul.

Junto a las mesas se encontraban petates extendidos sobre el suelo, los mismos en los que los aprendices del Calmécac pasaban largas horas copiando códices o aprendiendo a interpretar los signos sagrados. A un lado de cada espacio de trabajo había pequeñas cajas donde se guardaban pinceles, cuchillos de obsidiana y tablillas de práctica utilizadas para raspar el amate cuando un trazo salía mal. Las paredes tampoco estaban completamente vacías. En varios tramos podían verse pinturas murales algo desgastadas por el tiempo que representaban escenas cosmológicas: serpientes emplumadas recorriendo el cielo, los soles que habían existido antes del mundo actual, dioses sosteniendo el firmamento y calendarios circulares llenos de glifos que narraban el paso de los ciclos del universo. En uno de los rincones descansaba un gran tambor ceremonial de madera, un teponaztli cubierto con una tela protectora, utilizado para marcar momentos importantes de enseñanza o ritual dentro del recinto. Sobre algunas repisas más altas también había pequeñas esculturas de piedra y barro representando a los dioses principales: Quetzalcóatl, Tonatiuh y Tlaloc, como si vigilaran silenciosamente el trabajo de quienes estudiaban los secretos del mundo.

Todo el lugar estaba impregnado de un silencio especial, distinto al silencio de un templo vacío. Era el silencio de un lugar donde durante generaciones se había observado el cielo, contado el tiempo y registrado la memoria del mundo. Quetzalli permaneció inmóvil en la entrada, recorriendo la sala con la mirada lentamente, absorbiendo cada detalle como si temiera que todo desapareciera si parpadeaba. Nunca había visto tantos códices reunidos en un solo lugar, nunca había estado tan cerca del conocimiento que los sacerdotes guardaban con tanto celo. Por un momento incluso olvidó respirar. El Calmécac no era solo una escuela; era un santuario del conocimiento, y ella, una mujer que jamás debería haber cruzado esas puertas, estaba allí dentro.

—¿Qué es lo que estás buscando? —preguntó Izel curioso—.

—Textos que hablen los otros cuatro soles —respondió seria—. Necesito averiguar algo.

—Te traeré los códices que hablan sobre eso —le ayudo—. Puedes ponerte cómoda, somos los únicos que quedamos ahora en el Calmécac.

Izel no perdió el tiempo. En cuanto Quetzalli terminó de recorrer la sala con la mirada, él ya se había movido con soltura entre las estanterías bajas, agachándose frente a distintos compartimientos como si conociera de memoria la ubicación de cada códice. Apartaba algunos con cuidado, revisaba otros y finalmente regresó con varios entre los brazos, acomodándolos sobre una de las mesas bajas frente a ella con una delicadeza casi reverente.

—Estos son los más antiguos que tenemos sobre los soles anteriores —murmuró mientras los colocaba—. No todos están completos… pero es lo que hay.

Quetzalli asintió y se sentó sobre el petate, acercándose de inmediato a los códices, pasando los dedos con cuidado sobre el amate desgastado como si temiera romperlo. Izel la observó unos segundos, con el ceño apenas fruncido.




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