Quetzalli abrió los ojos en el quinto ciclo sin sobresaltarse. No hubo jadeo, ni confusión, ni ese peso inmediato en el pecho que solía acompañarla al despertar. Esta vez fue distinto. Permaneció unos segundos recostada, en silencio, observando el techo de su habitación mientras escuchaba el canto lejano de los cenzontles y el suave murmullo del viento filtrándose entre las paredes de caña. Sabía que no podía hacer nada hasta que comenzara a anochecer así que aprovecho su tiempo para ordenas sus ideas, volvió a escribir sus reglas y anoto sus ideas sobre los quintos soles uniéndolo todo en el suelo mientras lo observaba pensativa, le grito a Yaotl que esta vez no desayunaría que estaría encerrada en su habitación, al principio se había negado, pero después de la insistencia de Quetzalli tuvo que ceder. Paso toda la mañana y parte de la tarde acostada en su cama mientras miraba los papeles tirados en el suelo intentando buscar alguna solución o al menos intentar comprender lo que estaba sucediendo. Luego se incorporó con calma y salió al exterior cuando la noche comenzó a cubrir el cielo. Alzó la mirada y observó las estrellas, que brillaban con una intensidad casi irreal, extendiéndose como un manto infinito sobre el mundo. Ya no las veía con asombro, sino con propósito. Sabía lo que debía hacer.
Regresó al interior, tomó un nuevo trozo de amate, su pincel y la tinta, y con movimientos seguros comenzó a trazar el patrón que había memorizado en el ciclo anterior. No dudó ni una sola vez; cada punto, cada conexión, cada forma quedó plasmada con precisión. Luego, con el punzón, perforó uno a uno los puntos hasta completar el mapa. Salió nuevamente y alzó el amate hacia el cielo, girándolo lentamente hasta que los orificios comenzaron a llenarse de luz. Las Pléyades, Aldebarán, el cinturón de Orión… todo encajó como debía. Cuando la figura estuvo completa, Quetzalli exhaló suavemente. Ya tenía una dirección, y esta vez iba a seguirla. Antes de marcharse, pasó por la cocina. Yaotl estaba allí, como siempre, moviéndose con rapidez entre los utensilios mientras preparaba el caldo. Quetzalli se detuvo en la entrada un instante, observándola, sintiendo algo tenso en el pecho.
—Yaotl —dijo con suavidad—.
La mujer levantó la mirada, sorprendida.
—¿Finalmente ya te dignaste a salir de tu habitación niña? —menciono cansada—. Tu padre ya se ha marchado, le pase tu mensaje de que esta vez no lo acompañarías
Quetzalli sonrió apenas.
—¿Qué tal se lo tomo? —preguntó con tacto—.
Yaotl frunció ligeramente el ceño, pero asintió.
—Ese padre tuyo solo sabe complacerte ¿Qué te diría? —replico irritada—. ¿A dónde vas ahora a estas alturas de la noche?
Quetzalli negó con la cabeza, restándole importancia.
—Volveré después —respondió tranquila—. Volveré antes de la medianoche.
—Solo ten cuidado niña.
El aire de la noche era fresco, cargado con el olor húmedo de la tierra y la vegetación. La oscuridad se extendía entre los árboles, profunda pero no absoluta, iluminada apenas por el tenue resplandor de las estrellas que se filtraba entre las ramas. A medida que avanzaba, la luz del firmamento dibujaba siluetas irregulares en el paisaje, creando sombras alargadas que se movían suavemente con el viento. El camino hacia el cerro de Huixachtécatl se extendía frente a ella, apenas visible bajo la penumbra, guiado más por la memoria y la intuición que por la vista. A cada paso, los sonidos de la noche la envolvían: el crujir de las hojas secas bajo sus pies, el canto lejano de aves nocturnas, el zumbido constante de insectos ocultos entre la maleza, el ulular ocasional de algún animal que se perdía entre los árboles.
El viento soplaba con suavidad, haciendo que las ramas se rozaran entre sí y produjeran un susurro continuo, casi como un murmullo que la acompañaba en su trayecto. A lo lejos, el cerro se alzaba como una silueta oscura contra el cielo estrellado, imponente y silencioso. Quetzalli no se detuvo; caminaba con decisión, siguiendo la dirección que había trazado con las estrellas, sin mirar atrás. A medida que se alejaba del camino principal, la vegetación se volvía más densa y el sendero más incierto, como si pocos hubieran pasado por ahí antes. Las raíces sobresalían del suelo, las ramas bajas rozaban su ropa y la tierra bajo sus pies se volvía irregular. Entonces lo vio: un desvío, un sendero estrecho apenas visible entre la maleza, oculto bajo la sombra de los árboles, como si hubiera sido borrado del mundo. Se detuvo un instante. Nunca lo había visto antes, y sin embargo sabía que debía seguirlo. Sin dudar más, dio el primer paso hacia ese camino oculto. avanzó por el sendero oculto sin detenerse, apartando con las manos las ramas bajas que intentaban cerrarle el paso. La vegetación era más espesa ahí dentro, como si aquel lugar hubiera sido olvidado incluso por el bosque mismo. El suelo era irregular, cubierto de raíces y piedras que obligaban a cuidar cada paso, pero aun así continuó, guiándose por la certeza que había nacido en ella al trazar el mapa. El sendero no se desviaba ni se abría, solo avanzaba… hasta que terminó.
Frente a ella se alzaba un muro de piedra cubierto por una gruesa capa de musgo. La humedad lo había devorado casi por completo, tiñéndolo de un verde oscuro que apenas dejaba ver la superficie original. No había más camino, ni una abertura, ni una grieta. Quetzalli se detuvo, frunciendo ligeramente el ceño. Por un instante pensó que se había equivocado, que tal vez había trazado mal la dirección o interpretado mal las estrellas. Dio un paso más cerca del muro y lo observó con detenimiento. No… algo no encajaba. Se acercó aún más y extendió la mano, comenzando a retirar el musgo con cuidado. La humedad lo hacía fácil de desprender; se deshacía entre sus dedos mientras caía en pequeños fragmentos al suelo. Avanzó poco a poco, limpiando la superficie, buscando cualquier marca, cualquier símbolo, cualquier indicio de que no había llegado hasta ahí por error, hasta que lo sintió: una diferencia. La piedra no era uniforme. Sus dedos recorrieron una línea… luego otra. Apartó más musgo con rapidez, revelando la forma oculta bajo la superficie: una puerta de piedra perfectamente encajada en el muro, tan bien disimulada que era imposible distinguirla a simple vista.