El Dia Sin Amanecer

Capitulo 26: Cuando cae la muerte

Quetzalli abrió lentamente los ojos, quedándose inmóvil mientras su mirada se perdía en el techo sin realmente verlo, era el sexto ciclo, no había logrado detenerlo. Su respiración era suave pero pesada, como si su cuerpo hubiera despertado antes que su mente. No se movió, no quiso hacerlo; permaneció ahí, atrapada entre el presente y aquello que aún se aferraba a ella con demasiada fuerza. Todavía podía verlo: los ojos de Zelotl mirándola, desesperados. La sensación seguía ahí, demasiado reciente, demasiado real. El instante en que las lanzas atravesaron su cuerpo no se había desvanecido con el reinicio; seguía clavado en su memoria como si aún estuviera ocurriendo. El dolor, el impacto, la forma en que el aire le fue arrebatado… todo seguía intacto. Cerró los ojos un momento. No podía creerlo. No podía creer que Zelotl hubiera sido capaz de hacer algo así, de matar a su padre por ella. Su ceño se frunció levemente, como si la idea misma fuera demasiado absurda para aceptarla. ¿Por qué lo había hecho? ¿Cómo podía tener sentido? Quetzalli lo había rechazado, lo había herido, había sido fría, cruel incluso; le había dicho cosas que sabía que lo destruirían, palabras que eligió con intención, sabiendo exactamente dónde golpear, y aun así él se había interpuesto, había alzado su arma, la había elegido a ella por encima de sus valores, de su integridad, de su propia familia.

Apretó ligeramente la mandíbula, sintiendo cómo algo dentro de su pecho se contraía. ¿Hasta qué punto podía llegar por ella? La respuesta ya la tenía: demasiado lejos, mucho más de lo que ella había sido capaz de imaginar. A pesar de todo lo que le hizo, de cada palabra, de cada rechazo, de cada herida, él estuvo dispuesto a protegerla, incluso si eso significaba matar a su propio padre, incluso si eso significaba destruirlo todo. Se quedó en silencio, incapaz de apartar esos pensamientos, atónita, confundida, y lentamente la culpa comenzó a filtrarse: por él, por la forma en que lo trató, por todo lo que ignoró. Dejó escapar una respiración temblorosa, apenas perceptible. ¿Qué más podía esperar de alguien que le había ofrecido un imperio entero si tan solo ella lo pedía? Negó levemente con la cabeza, como si intentara ordenar sus pensamientos. Estaba demente, no había duda de eso, pero aun así no podía evitar sentirse conmovida, porque en medio de todo ese caos, de toda esa locura, lo que él le había mostrado… había sido amor, mientras que Quetzalli lo único que le seguía mostrando era desprecio, cuando hace un tiempo ya dejo de sentirlo. Quería verlo, pero sabía que debía de hacer algo más importante.

Había comenzado el sexto ciclo eso significaba que no había logrado nada, ¿tal vez el resultado se debía que se derramo sangre esa noche? Tal vez nadie debía de morir para que se aceptará como tal el sacrificio, pero seguía repitiendo una y otra vez las mismas palabras que se había encontrado en aquella cámara abandonada: no sacrificio sin…Todavía recordaba la palabra extraña que no sabía reconocer, rápidamente se paró de su cama, tomo amate y un pincel, con la tinta que comenzó a preparar, comenzó escribir los detalles de la palabra antigua que había visto, intentando recordar como la había marcado en su propio cuerpo para evitar olvidarla, debía de investigar que significaba, eso seguramente sería la clave para poder entender lo del sacrificio, ya que dudaba mucho que solo sacrificándose rompería el ciclo, había algo más, algo que no estaba viendo, faltaban varias pistas para completar su horizonte. Podía empezar con seguir explorando el resto de las localizaciones que le marcaron en el mapa de las estrellas, pero sabía que antes debía de hacer algo más importante.

Hasta ahora había escrito ocho reglas en las que se basaba aquel ciclo infinito, pero había una que todavía no había averiguo y con lo que paso ayer, sabía que debía de hacerlo, solo que había querido postergarlo, pero sabía que no podía hacerlo por más tiempo. Tenía la sospecha de que si ella llegará a morir antes de tiempo, antes de que se cumpliera la regla ocho, que el ciclo dura catorce segmentos antes de que los Tzitzimime arrasen con todo, el fin del mundo se adelantaría, pero solo era una mera especulación, nada sólido, pensó que en el escenario en que ella muriera antes del tiempo podría suceder dos cosas: la primera que el fin del mundo sucediera posterior a su muerte o que no podía morir hasta que llegarán los Tzitzimime, parece que es más segura la primera opción, pero debía de confirmarlo. No estaba realmente segura si había muerto justo cuando llegaba los Tzitzimime o había muerto antes, debía de averiguarlo, si su sospecha era cierta, entonces añadiría una nueva regla en la que Quetzalli no puede morir, de forma literaria, ya que literalmente si puede morir, pero todo se reinicia con su muerte. Sabiendo eso, volvió a escribir nuevamente las reglas del ciclo recordándolas una por una. No era tan valiente como lo creía, bueno quien lo sería cuando se trata de la muerte, una cosa era ser asesinada y otra causar tu propia muerte. Para su gente la vida era prestada, no era un regalo de los Dioses, era un préstamo por el sacrificio que ellos habían hecho para que el Quinto Sol existiera, para que ellos existiera, así que su vida no pertenecía completamente a ellos y lo retribuían mutuamente al hacer sacrificios en nombre de los Dioses.

Morir tenía valor solo si cumplía una función sagrada, el suicidio se considera una ofensa a los dioses, era llevar un deshonor para toda tu familia y tus ancestros, era como si el regalo que les había dado los dioses lo tiraras a la basura, era una gran ofensa, ya que esa muerte no te otorga ningún tipo de honor. Era completamente diferente la situación cuando te ofreces como sacrificio, cuando mueres por el destino o mueres como un guerrero en batalla, esas son muerte que se consideran que lleva un gran honor a tu familia. Y dependiendo de la muerte que tenías era como serías juzgado al llegar al Mictlán, no eras juzgado por tu moralidad, sino por como te morías. Si morías como un guerrero en batalla estaban destinados a acompañar al sol, si una mujer moría en el parto era lo más similar a morir en batalla como un guerrero y tenían el mismo destino. Si morías ahogado iban al Tlalocan, que es el paraíso de Tlaloc, y si te suicidabas sucedía algo diferente.




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