El Dia Sin Amanecer

Capitulo 27: Cuando cae el fin

Quetzalli abrió lentamente los ojos y, por un instante, no hizo nada. No se levantó de golpe, no buscó el amate, no intentó observar el entorno como en los ciclos anteriores; permaneció inmóvil, con la mirada fija en el techo, sintiendo una calma extraña, helada, como si algo dentro de ella se hubiera quebrado definitivamente. Sabía que estaba en el séptimo ciclo, no necesitaba comprobarlo, pero esta vez era distinto, porque aún podía sentirlo: la garganta le ardía como si el veneno siguiera ahí, aferrado a su interior, y la sensación de ahogamiento no había desaparecido del todo; su cuerpo recordaba cada segundo, cada espasmo, cada intento desesperado por respirar. Por un momento, sus manos temblaron ligeramente, como si su propio cuerpo reviviera aquel final una vez más, y todo le resultó demasiado, demasiado para procesarlo. Cerró los ojos un instante intentando ordenar sus pensamientos, pero entonces lo entendió: nunca sería libre.

Si decidía sacrificarse para que todos los demás pudieran vivir en ese día eterno, en esa ilusión de felicidad, siempre habría alguien como ella, alguien condenado a recordar, a sufrir, a cargar con todo. ¿En verdad quería eso? ¿Repetir el mismo día una y otra vez? ¿Vivir el fin del mundo por toda la eternidad? No, no lo quería. Quería que terminara. Se estaba cansando, cansando de morir, de arder, de asfixiarse, de ver cómo todo se destruía una y otra vez sin poder cambiarlo realmente. ¿Eso la convertía en egoísta? La pregunta apareció en su mente, pero no encontró respuesta inmediata, y aun así había algo que ahora tenía claro: ella no podía morir. Si lo hacía antes de tiempo, el fin del mundo simplemente se adelantaba, todo colapsaba antes, pero el resultado era el mismo, el ciclo volvía a empezar. Esa era la nueva regla, la número nueve: Quetzalli no puede morir.

La idea la recorrió por completo, pesada, inevitable. No quería vivir eso, no quería existir atrapada en algo infinito, y sin embargo una parte de ella dudó, porque si vivir significaba poder ver todos los días a las personas que amaba, escuchar sus voces, compartir momentos, aunque fueran repetidos… ¿no valdría la pena? La imagen de Yaotl, de su padre, de Izel… de Zelotl cruzó por su mente, pero entonces la verdad se impuso: si terminaba con el ciclo, todos morirían, el fin del mundo no desaparecería, solo dejaría de repetirse, sería el final definitivo. Y por primera vez lo comprendió con claridad absoluta, no era ella quien estaba condenando al mundo, era su existencia la que lo estaba manteniendo con vida. Quetzalli era el ancla. La razón por la que todo seguía repitiéndose. Si ella aceptaba ese papel, todos vivirían ese día una y otra vez, en una ilusión eterna; si lo rompía, todo terminaría. La pregunta era simple: ¿estaba dispuesta a sacrificarse para siempre? La respuesta llegó sin titubeos, por más cruel, por más egoísta que sonara: no. No estaba dispuesta. Apretó lentamente los dedos sobre las sábanas, sintiendo una nueva determinación formarse dentro de ella, distinta a todas las anteriores, más fría, más firme. Debía acabar con todo… y esta vez sabía cómo hacerlo.

Ahora que sabía lo que debía hacer para poner fin a todo aquello, lo tenía claro: debía sacrificarse, ella misma, por voluntad propia, pero también sabía que no sería tan sencillo, porque si lo hacía en ese momento nadie lo aceptaría; ya tenían un sacrificio preparado, un orden establecido, y no lo cambiarían solo porque ella lo pidiera, así que tenía que hacerlo de otra manera. Esta vez no cometería el mismo error. La vez anterior había fallado porque impidió el sacrificio, porque creyó que evitando ese acto rompería el ciclo, pero ahora entendía que tal vez había interpretado todo mal, debía haber un sacrificio, eso era parte del mecanismo, la diferencia no era evitarlo sino comprenderlo. “No sacrificio sin…” Las palabras volvieron a su mente. La última seguía siendo un misterio, pero ahora tenía una sospecha: voluntad. Tal vez eso era lo que significaba, tal vez lo que faltaba no era el acto sino la intención detrás de él, un sacrificio sin voluntad no era suficiente, por eso el mundo seguía terminando, por eso el ciclo continuaba. Quetzalli apretó ligeramente los labios; debía comprobarlo, se ofrecería, esta vez sin interrumpir, sin huir, sin romper el orden. Si tenía suerte… todo acabaría.

Aquella tarde la pasó en la habitación de su padre, revisando los textos antiguos que él guardaba con tanto celo, códices viejos, fragmentos incompletos, símbolos que apenas podía reconocer; buscaba esa palabra, aquella que no comprendía, la que parecía escrita en un lenguaje más antiguo que todo lo demás, pero no encontró nada, ninguna pista, ningún significado, solo silencio. Cuando finalmente la luz comenzó a cambiar y supo que el momento se acercaba, cerró los textos con cuidado; ya no había más tiempo. Salió de la habitación y lo encontró, Acolmiztli ya estaba listo, y la miró apenas la vio, su expresión cambiando de inmediato, cargándose de preocupación.

—¿Todo está bien, hija?

Quetzalli asintió con suavidad.

—Sí… solo estoy un poco cansada.

Su padre frunció levemente el ceño.

—Entonces quédate, puedes descansar hoy.

Quetzalli negó con una pequeña sonrisa.

—No, quiero acompañarte.

Acolmiztli la observó unos segundos más, como si intentara leer algo más en ella, pero finalmente su expresión se suavizó y sonrió; la abrazó con calidez.

—Soy afortunado de tenerte.

El pecho de Quetzalli se tensó, sintiendo cómo algo dentro de ella se quebraba en silencio, pero no lo dejó salir; correspondió al abrazo, aferrándose a él con una suavidad que contrastaba con todo lo que llevaba dentro.




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