Zelotl abrió los ojos lentamente y se quedó inmóvil unos segundos, mirando el techo de su habitación como si esperara que algo cambiara. No lo hizo. Todo estaba exactamente como debía estar… y, aun así, algo no encajaba. Había una incomodidad en su pecho, una sensación extraña, como si despertar ahí, en su propia cama, se hubiera convertido en una rutina demasiado repetida. No recordaba nada en concreto, ningún sueño, ningún evento… pero su cuerpo le decía otra cosa: ese día ya había pasado. Se incorporó con lentitud, quedándose sentado al borde de la cama mientras una leve presión comenzaba a instalarse en su cabeza. Frunció el ceño, llevándose una mano a la sien, intentando ignorarlo. Entonces lo escuchó: el golpe seco de una rama contra la ventana. Giró la mirada hacia ella, observándola moverse con el viento, golpeando una y otra vez contra la madera. Había algo en ese sonido que le resultaba inquietante, demasiado familiar. Ya lo había escuchado, no una vez, varias veces seguidas. Antes de que pudiera profundizar en ese pensamiento, la puerta se abrió con suavidad y Teyácatl entró como cada mañana, con su paso silencioso y medido, el cabello negro recogido en un nudo bajo y el rostro marcado por líneas finas que hablaban de años de servicio; sus ojos marrones claros parecían observar más de lo que decían. Se detuvo a una distancia respetuosa e inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi señor, tengo que recordarle que esta mañana tiene una cita con su madre —le recordó—. La Cihuapilli, quien lo ha invitado personalmente a desayunar en el Tecpán.
Zelotl lo miró unos segundos antes de responder, como si las palabras tardaran en formarse.
—Mi madre desea que sea el primero en darle el saludo de buenos días…
Se detuvo. Algo no estaba bien. Esa frase… la había dicho antes, demasiadas veces. Teyácatl frunció ligeramente el ceño.
—¿Se encuentra todo bien, mi señor? ¿Se siente cansado? —preguntó preocupado—. Si lo desea, puedo excusarlo ante la Cihuapilli.
Zelotl negó con la cabeza, apartando la sensación con un gesto seco.
—No —se negó de inmediato—. No quiero darle excusas a la Cihuapilli para que se queje con el Tlatoani —suspiro cansado—. Dirá que soy desleal a la familia, que no quiero convivir con ellos, que soy yo mismo quien se excluye… además, presiento que desea hablarme sobre mi futura prometida.
Teyácatl asintió con suavidad.
—Seguramente ya estará buscando poner fecha a la boda.
Zelotl dejó escapar una leve exhalación.
—Así podrá ponerle fecha a mi exilio —concluyo—. Bien… no hay que hacerla esperar más, debe de estar tan emocionada por casarme lo más pronto posible para así poder expulsarme lo antes posible. No hay que quitarle esa emoción.
Teyácatl inclinó la cabeza.
—Haré pasar a los sirvientes para que lo ayuden a vestirse.
Zelotl asintió sin decir más. En cuanto el hombre salió, los sirvientes comenzaron a entrar con rapidez y eficiencia, portando las prendas que usaría ese día. El movimiento dentro de la habitación era constante, casi coreografiado, pero Zelotl permaneció en silencio, dejándose vestir sin prestar demasiada atención, con la mente todavía atrapada en esa sensación extraña que no lograba explicar. No era considerado un tlatocapilli, un hijo nacido entre el tlatoani y la Cihuapilli, pero tampoco era tratado como un simple Calpanpilli; sus méritos en la guerra le habían permitido elevar su estatus, ganándose un lugar ambiguo entre los herederos y los olvidados. Era un Ocelopilli, un lugar ganado, no concedido. De pronto, un sonido seco rompió la rutina: la vasija de chocolate cayó al suelo y se hizo pedazos. El sirviente que la sostenía se arrodilló de inmediato frente a él, con la respiración agitada.
—¡Perdóneme, mi señor! ¡Merezco ser castigado!
Zelotl lo miró, y algo en su interior se tensó. Esa escena… también la había vivido. Sintió una extraña familiaridad, como si cada movimiento, cada palabra, ya estuviera escrito antes de suceder, como si estuviera repitiendo algo que no recordaba haber vivido. Lo observó unos segundos más antes de responder con frialdad:
—No te preocupes —lo calmo—. Límpialo.
El sirviente parpadeó, sorprendido, pero asintió rápidamente y comenzó a recoger los restos. Zelotl no añadió nada más, terminó de vestirse y salió de su habitación, ajustando apenas su atuendo. El aire fuera era fresco, pero no logró despejar la presión en su cabeza. De cualquier forma, desayunaría con su madre… y probablemente vería al resto de su familia. Soltó un suspiro cansado. Odiaba tener que involucrarse en los asuntos del Tecpán, pero siempre terminaba arrastrado hacia ellos. Teyácatl caminaba a su lado cuando habló de nuevo.
—Aún está a tiempo de excusarse, mi señor.
Zelotl negó ligeramente, sin detener el paso.
—No se puede retrasar lo inevitable.
Y entonces, por primera vez esa mañana, esbozó una sonrisa.
—Además… es un tema que me interesa —le confeso—. Finalmente, mi madre y yo estamos de acuerdo en algo.
Teyácatl lo miró de reojo, expectante, Zelotl continuó caminando, sin detenerse.
—Hay una boda que apresurar.
Y con esa frase, salió de su hogar, durante el camino, Zelotl notó algo que no pudo ignorar: las calles estaban más desoladas que de costumbre. Normalmente, a esas horas, podía ver a la gente caminando a su lado, los puestos abiertos ofreciendo comida y mercancías, niños corriendo entre los callejones, risas, conversaciones… vida; pero ese día no, todo parecía más callado, más contenido, como si la ciudad entera estuviera conteniendo el aliento sin saber por qué. Frunció ligeramente el ceño mientras avanzaba, observando a su alrededor con una incomodidad que no lograba explicar, y entonces pensó en Quetzalli. Al menos ella sabía que ese día no sería sacrificada, de eso estaba segura… pero seguramente no podía evitar sentirse ansiosa; él mismo lo estaba. Consideró ir a verla, buscarla antes de que todo comenzara, pero descartó la idea casi de inmediato, seguramente ella también estaría preparándose y no quería incomodarla con su presencia, aunque tampoco podía negar que él mismo se sentía inquieto, más de lo normal, como si algo estuviera fuera de lugar.