El Dia Sin Amanecer

Capitulo 29: Hundido en los recuerdos

La terraza del Técpan se abría como un balcón elevado hacia el corazón de Tenochtitlan, desde donde la ciudad se extendía en todas direcciones, cruzada por calzadas y canales que reflejaban la luz del sol como fragmentos de espejo. A lo lejos se alzaba el Templo Mayor, imponente, dominando el horizonte, mientras el murmullo lejano de la ciudad ascendía en un eco suave, contenido, como si incluso el ruido respetara aquel espacio. La terraza estaba rodeada de columnas de piedra tallada y delimitada por barandales bajos decorados con relieves de serpientes entrelazadas; entre los espacios abiertos crecían macetas de barro con plantas cuidadosamente seleccionadas, flores de colores intensos, hierbas aromáticas y pequeños arbustos que liberaban un perfume fresco al ser rozados por la brisa. El ambiente era sereno, casi engañoso, demasiado tranquilo para lo que realmente representaba ese lugar.

En el centro de la terraza, bajo una ligera sombra creada por telas finas sostenidas entre columnas, se encontraba la mesa donde desayunaban. Era baja, de madera pulida, rodeada por asientos cubiertos con textiles bordados. Sobre ella había platos cuidadosamente dispuestos: tortillas recién hechas aun desprendiendo vapor, frutas cortadas con precisión —papaya, guayaba, tunas abiertas—, pequeños cuencos con miel y cacao espeso, así como jarras de atole caliente cuyo aroma dulce se mezclaba con el del maíz y las flores cercanas. Zelotl permanecía sentado frente a ella, en silencio, con la postura recta, contenida, controlada; a simple vista cualquiera diría que estaba tranquilo, pero no lo estaba. Sabía que nada bueno venía de la Cihuapilli, nunca lo había hecho, y por eso se mantenía alerta, atento a cada gesto, a cada palabra, desconfiando incluso de esa calma que parecía envolverlos. Ella lo notó, como siempre. Una leve risa escapó de sus labios mientras llevaba un pequeño trozo de fruta a su boca, mordiendo con elegancia antes de hablar.

—Estás demasiado tenso… ¿acaso no estás disfrutando de mi compañía?

Zelotl no apartó la mirada de ella.

—¿Desea que le responda con sinceridad?

La Cihuapilli negó con la cabeza, aún con esa leve sonrisa dibujada en sus labios.

—No es necesario… ya sé cuál es la respuesta.

Zelotl la observó en silencio, recorriendo su figura con la mirada como si intentara descifrarla, como si buscara algo más allá de lo evidente. La Cihuapilli era una mujer cuya sola presencia imponía sin necesidad de alzar la voz; su cabello oscuro estaba perfectamente recogido en elaborados arreglos adornados con piezas de jade y oro que brillaban con cada movimiento sutil, su piel era clara, impecable, y sus ojos, de un marrón profundo, tenían una intensidad fría, calculadora, como si constantemente estuviera evaluando todo a su alrededor. Su rostro era elegante, de facciones finas y precisas, pero no había suavidad en ellas, cada línea parecía marcada por el control, por la intención; sus labios, bien definidos, rara vez mostraban emociones genuinas, y cuando lo hacían, era difícil distinguir si eran sinceras o parte de algo más. Vestía con la riqueza que correspondía a su posición, un huipil finamente bordado con símbolos de su linaje y poder, acompañado de una tilma ligera que caía con gracia sobre sus hombros; los colores eran sobrios pero intensos, cuidadosamente elegidos, y las joyas que llevaba no eran excesivas, pero sí lo suficientemente visibles como para recordar a cualquiera quién era. Zelotl dejó escapar el aire con impaciencia antes de hablar, rompiendo el silencio que se había instalado entre ambos.

—¿Cuál es la razón por la que me convocó al Técpan? —preguntó directamente—. Pensé que no extrañaría fácilmente mi compañía.

La Cihuapilli lo observó con una calma helada, como si la pregunta le resultara innecesaria.

—¿A estas alturas no sabes la razón por la cual te he citado? —inquirió seria—.

Zelotl no dudó en responder.

—Debe de estar tan ansiosa por planear mi matrimonio.

Por primera vez, la Cihuapilli esbozó una sonrisa que parecía genuina.

—Finalmente estamos de acuerdo en algo —respondió satisfecha—. Pensé que la pelea sería más duradera… no imaginé que nunca comenzaría.

Zelotl soltó una breve risa.

—Para empezar, nunca hubo ninguna pelea —le aclaro—. Más que la que usted misma se imaginó.

Ella no respondió de inmediato, solo mantuvo esa sonrisa mientras tomaba un sorbo de su bebida.

—Ya he hablado con los sacerdotes mayores. En una semana celebraremos un ritual para purificar a la nemontemi —le informo—. Serán necesarios varios rituales… debemos asegurarnos de que no maldiga nuestro linaje.

Zelotl frunció apenas el ceño.

—Pensé que primero anunciaríamos el compromiso formalmente —menciono extrañado—.

La Cihuapilli negó con la cabeza.

—Eso no funcionará, cuando la gente se entere de que una nemontemi se unirá a nuestra familia, estarán aterrados —le explico—. Pensarán que el linaje del tlatoani corre peligro, para apaciguar ese miedo, es necesario realizar los rituales primero así cuando anunciemos el compromiso podemos decir que la nemontemi se sometió a rigurosos rituales para asegurar que no traerá la desgracia a nuestra familia, te lo aseguro será más fácil que sea aceptado. Después, Acolmiztli podrá explicarte los detalles… después de todo, es su hija. Estoy segura de que él también está feliz por esta unión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.