Zelotl abrió los ojos poco a poco, parpadeando mientras la luz tenue del sol se filtraba por la ventana de su habitación, dibujando sombras suaves sobre las paredes. Permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada perdida en el techo, intentando adaptarse… pero algo no encajaba. Había una sensación extraña en su pecho, incómoda, persistente. ¿Por qué sentía que ya había vivido eso? Frunció el ceño y llevó una mano a su cabeza cuando un dolor punzante comenzó a expandirse por sus sienes, como si su mente estuviera siendo forzada a recordar algo que no podía alcanzar; era una presión constante, insoportable, como si le hubieran arrancado recuerdos y dejado solo el vacío. Sabía que había algo… algo importante que debía recordar, pero no podía. Todo se sentía familiar, demasiado. Cerró los ojos con fuerza, intentando apartar esa sensación absurda. Hoy era un día importante, su madre lo había llamado al Técpan, y eso era suficiente motivo para no perder el tiempo en pensamientos inútiles. Se incorporó lentamente, quedándose sentado al borde de la cama, respirando hondo. Entonces lo escuchó: el golpe seco de una rama contra la ventana. Zelotl giró la cabeza de inmediato, clavando la mirada en el vidrio mientras la rama volvía a chocar contra la madera, una vez… y otra. Ya lo había escuchado, esa misma escena, ese mismo sonido… pero antes de que pudiera pensar más en ello, la puerta se abrió y Teyácatl entró con la misma puntualidad de siempre, inclinando la cabeza con respeto.
—Mi señor —le recordó—. Tengo que recordarle que esta mañana tiene una cita con la Cihuapilli en el Técpan.
Zelotl lo miró apenas un segundo; esta vez no discutió, no respondió con ironía ni desgana, solo asintió.
—En un momento estaré listo.
Teyácatl pareció sorprendido por la facilidad con la que aceptó, pero no dijo nada y se retiró. Poco después, los sirvientes comenzaron a entrar, portando sus prendas, moviéndose con rapidez y eficiencia a su alrededor. Zelotl permaneció en silencio, dejándose vestir sin intervenir, pero su mente no estaba ahí, seguía atrapado en esa sensación, en ese eco constante de algo que ya había ocurrido; todo se sentía repetido, como si estuviera caminando sobre huellas que ya había dejado. Fue un ruido seco lo que lo sacó de su ensimismamiento. Una taza de cerámica cayó al suelo, rompiéndose en varios pedazos, el chocolate derramándose sobre la piedra. El sirviente responsable se arrodilló de inmediato frente a él, tembloroso.
—¡Perdóneme, mi señor! ¡Merezco ser castigado!
Zelotl lo observó en silencio, y entonces lo sintió otra vez, esa familiaridad, ese momento ya había pasado. Sin pensarlo demasiado, respondió con la misma frialdad que parecía salirle de forma automática.
—Solo límpialo.
Incluso sus propias palabras le resultaron conocidas, como si ya las hubiera dicho antes. El sirviente parpadeó, sorprendido, pero obedeció de inmediato. Zelotl no añadió nada más, terminó de vestirse con rapidez y, sin esperar, salió de su habitación; ni siquiera se despidió de Teyácatl. Había algo que necesitaba comprobar, y no pensaba perder más tiempo. El camino al Técpan le era tan conocido que podría recorrerlo incluso con los ojos cerrados sin equivocarse; cada paso, cada giro, cada piedra parecía estar grabada en su memoria. Por un momento pensó en desviarse, en ir a ver a Quetzalli, sabía que por más fuerte que intentara aparentar, ese día estaría nerviosa… especialmente ese día, pero también sabía que la Cihuapilli no toleraba retrasos, ni siquiera de un minuto, y desviarse no era una opción. Apretó ligeramente la mandíbula y continuó avanzando. El cielo estaba despejado, el sol brillaba con normalidad… pero por un instante algo no encajó. Entrecerró los ojos. Había dos, o eso le pareció; el sol… y sobre él, una especie de sombra, como si estuviera superpuesto, como si algo lo cubriera sin cubrirlo realmente. Parpadeó, confundido, volvió a mirar… solo había uno. Frunció el ceño. Tal vez estaba viendo mal, tal vez era el dolor de cabeza. Sin darle más vueltas, siguió avanzando. Al cruzar hacia el patio central, la vio. Xochimitl, su hermana menor, la tercera hija real. Zelotl apenas necesitó un segundo para comprender lo que venía y soltó un suspiro profundo, resignado, antes de seguir caminando hacia ella. La conversación comenzó como siempre… o al menos así lo sintió. Cada palabra, cada gesto, cada pausa le resultaban inquietantemente familiares, como si ya hubieran tenido ese mismo intercambio una y otra vez; no era solo una sensación vaga, era precisión, sabía lo que ella diría antes de que lo dijera. Y eso lo inquietaba. Se perdió en esos pensamientos hasta que la voz de Xochimitl lo sacó de golpe.
—¿Acaso me estás escuchando? —le reclamo—.
Zelotl parpadeó, regresando al presente, y soltó un suspiro leve.
—Lo siento. Entiendo todas tus dudas respecto a mi matrimonio, pero no pienso retroceder —dijo cansado—. Si tienes alguna queja, háblalo con la Cihuapilli… ella también concordó este matrimonio. Y no te preocupes, no pienso ser un estorbo para nuestro hermano mayor.
No esperó respuesta, no tenía tiempo para discusiones ni para los reproches disfrazados de preocupación de su hermana. Dio media vuelta dispuesto a marcharse, pero apenas avanzó unos pasos cuando se detuvo. Ahí estaba, el tlatocapilli. Zelotl cerró los ojos un segundo, exhalando con cansancio; de todos los momentos… tenía que encontrárselo justo ese día. Los dioses, sin duda, estaban en su contra ese día. Mantuvo la misma conversación con su hermano, o al menos así lo sintió; las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas pausas incómodas disfrazadas de cortesía. Escuchó en silencio sus quejas, sus comentarios cargados de ironía y sus falsas felicitaciones por su próximo matrimonio, y aunque respondió lo necesario, su mente no estaba realmente ahí; todo se sentía demasiado familiar, demasiado exacto, como si estuviera repitiendo un guion que ya conocía de memoria. No podía evitar pensar en ello, en esa sensación insistente que no lo dejaba en paz. Cuando la conversación terminó, Zelotl se adelantó antes de que alguno de sus hermanos pudiera añadir algo más.