El ciclo comenzaba de nuevo, el número treinta, y a esas alturas solo Quetzalli llevaba la cuenta de su propia condena, aferrándose a esos números como la única prueba de que todo estaba ocurriendo, de que no estaba perdiendo la cordura… o tal vez sí y si no era así estaba segura de que muy pronto la perdería. Se despertó como siempre, en el mismo día, en el mismo instante exacto que tantas veces había repetido, pero esta vez no se levantó de inmediato, no corrió a escribir ni pensó en sus estúpidas reglas o intentos fallidos; solo se quedó recostada, mirando el techo, con la mente en blanco, o intentando que lo estuviera, dejando que el peso de todo cayera sobre ella. Otro día más, otro día siendo prisionera, sin emoción, sin esperanza. El canto de los cenzontles llenó el aire, como siempre, como cada vez que despertaba, pero ya no le resultaba bello ni reconfortante; ahora era un sonido irritante, repetitivo, casi insoportable. El colibrí volvió a estrellarse contra su ventana con ese golpe seco que ya conocía demasiado bien, y Quetzalli ni siquiera se movió, solo soltó un suspiro cansado; antes lo habría visto como una señal, una pista, algo que debía interpretar… ahora no era más que ruido, una molestia más en un ciclo que parecía no tener fin. Cerró los ojos por un instante… y lo vio. La flecha atravesando el pecho de su padre, la escena tan clara, tan vívida, que parecía estar ocurriendo de nuevo frente a ella; podía ver su expresión, su cuerpo cayendo, su sangre… y su sonrisa, esa última sonrisa que le dedicó antes de morir.
Recordó cómo había luchado, cómo se había interpuesto entre ella y todos, cómo había dado todo para protegerla… y eso fue lo que más le dolió, porque había sido su culpa, todo. Se sintió egoísta, una mala hija. Su respiración se volvió pesada mientras apretaba los ojos con fuerza, no podía volver a hacerlo, no podía permitir que eso se repitiera, no podía volver a exponer a su padre a ese destino, nunca más. No quería verlo sufrir de esa manera otra vez, no quería verlo morir por ella… no podría soportarlo, no otra vez. Recordó lo que sintió al despertar después de verlo morir, cómo el dolor la había consumido por completo, cómo había llorado hasta quedarse sin fuerzas, como si su pecho fuera a romperse; durante tres ciclos enteros no hizo nada más que llorar, desconsolada, atrapada en ese dolor que no disminuía y que nadie más podía entenderla… hasta que, eventualmente, las lágrimas simplemente se acabaron. Y ahora… ya no quedaba nada más que solo el vacío que no podía dejar de sentir.
Durante los ciclos que se repetían una y otra vez sin fin, Quetzalli terminó por excluirse por completo en su habitación abrazando por completo a su soledad; Yaotl iba a verla todos los días preocupada, preguntándole si se encontraba bien, pero ella siempre respondía lo mismo, un simple “sí” que lo hacía marcharse, dejándola nuevamente sola, hundida en su propia tristeza. Se había cansado, había luchado tanto contra la corriente que al final quedó completamente exhausta, había dejado de resistirse, había perdido ese impulso que alguna vez la motivó a cambiar las cosas, a mejorar, a seguir intentando; ahora simplemente quería dejarse llevar, flotar con la marea sin oponer resistencia, no deseaba cambiar nada… solo existir. No quería hacerle daño a nadie más. Había llegado a una conclusión que la perseguía constantemente: mientras más intentaba cambiar su destino, más personas terminaban sufriendo, más daño causaba a aquellos que más amaba, y no iba a volver a pasar, no lo permitiría otra vez.
Desde aquel momento, desde que su padre murió frente a sus ojos por su culpa, Quetzalli no había sido capaz de verlo nuevamente; no quería verlo, no podía, la vergüenza la consumía, no tenía el valor para enfrentarlo, para mirarlo a los ojos sabiendo lo que iba a ocurrir, así que comenzó a evitarlo… no solo a él, también a Yaotl, a Izel, a todos. Prefirió encerrarse en su propia tristeza, porque al menos de esa manera nadie saldría herido por su culpa. Hubo ocasiones en las que intentó de nuevo, en las que el hartazgo la vencía, en las que se cansaba de no hacer nada, de simplemente dejar que todo pasara, y la rabia la empujaba a actuar; en uno de esos intentos siguió la segunda pista que había encontrado en el lago, en el fondo había un espejo de obsidiana, podía verlo, podía sentir que ahí había una respuesta, lograba alcanzarlo, pero como si la misma vida se burlara en su cara. Cada vez que ella intentaba ascender con el espejo en sus manos, cada vez que estaba a punto de llegar a la superficie, su cuerpo fallaba, el aire se agotaba y terminaba ahogándose en el intento de regresar a la superficie; fallaba siempre, y con cada intento fallido su voluntad se quebraba un poco más. Se rindió simplemente, era más fácil que seguir intentándolo, sabiendo que el resultado sería siempre el mismo. Se cansó de intentar y perder, así que dejó de luchar y se dejó hundir.
Había días, como ese, en los que despertaba sin ganas de sentir nada, inexpresiva, vacía, dejando que el tiempo pasara sin intervenir; otros días se los pasaba llorando, consumida por el dolor de su condena, por todo lo que había perdido y por lo que sabía que volvería a perder, y había días en los que despertaba furiosa, llena de rabia, rompiendo todo a su alrededor, intentando liberar algo que no podía contener. Pero nada cambiaba. Nada funcionaba. Se estaba hundiendo lentamente, se estaba ahogando… y lo peor de todo era que sabía que nadie vendría a salvarla de su propia tristeza. Pero había otros días… días en los que la tristeza se clavaba tan profundo en su corazón que el simple hecho de respirar se volvía una agonía, días más oscuros que otros, en los que no existía ni un solo rayo de luz, ni una esperanza a la cual aferrarse, donde el tiempo se volvía interminable, pesado, eterno, alargándose hasta desesperarla, hasta hartarla, porque sentía que su sufrimiento no tenía fin. Hoy era uno de esos días. Uno de esos en los que ya no quería esperar más, en los que la idea de seguir existiendo le resultaba insoportable, así que se dirigía hacia el lago con un solo propósito: ahogarse, porque al menos así podía sentir algo… cualquier cosa.